Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
– Gracias, Clarissa. Estoy seguro de que así será. -«En cuanto descubra qué se propone Augusta», agregó Harry para sí, mientras salía de la sala de estudio.
Media hora después, Harry aguardaba aún una respuesta a sus preguntas. Por lo menos, el ánimo de Meredith se había transformado en un infantil entusiasmo. Estaba adorable con un traje de montar verde idéntico al de Augusta y un sombrerito adornado con pluma que coronaba sus brillantes rizos.
Harry observó a su hija que azuzaba al poni tordo y se adelantaba, y entonces lanzó a Augusta una mirada especulativa.
– Me complace que haya podido acompañarnos esta tarde, señora mía -dijo, decidido a quebrar el silencio.
Augusta, sentada con gracia sobre la silla, sujetaba con elegancia las riendas entre sus manos enguantadas.
– Me pareció que sería saludable que su hija disfrutara de un poco de aire fresco. Últimamente, la casa parece poco ventilada, ¿no?
Harry alzó una ceja.
– Así es.
Augusta se mordió el labio y aventuró una breve mirada interrogativa.
– Ah, demonios, ya debes de saber por qué he aceptado acompañaros.
– No, señora, no lo sé. No te confundas. Si bien he dicho que me complace tu compañía, eso no significa que entienda por qué has venido.
Ella suspiró.
– He decidido entregarte el poema de Richard.
Harry sintió que lo invadía una oleada de alivio.
Estuvo a punto de desmontar a Augusta del caballo y sentarla sobre su regazo, pero se contuvo. En los últimos tiempos sufría repentinos impulsos. Tendría que tener cuidado.
– Gracias, Augusta. ¿Puedo saber por qué motivo has cambiado de opinión? -Tenso, esperó la respuesta.
– He pensado mucho en el tema y he comprendido que no tenía alternativa. Como has dicho en numerosas ocasiones, mi deber como esposa es obedecerte.
– Ya veo. -Harry guardó silencio largo rato, sintiendo que el alivio se agriaba-. Lamento que te haya guiado solamente el deber.
Augusta frunció el entrecejo.
– Si no fuese el deber, ¿qué otra cosa podría haberme impulsado?
– La confianza, quizá.
Augusta hizo una reverencia cortés.
– Puede ser. He llegado a la conclusión de que cumplirías tu palabra. Dijiste que no expondrías al mundo los secretos de mi hermano y te creo.
Harry no estaba acostumbrado a que se dudara de su palabra y no pudo ocultar su irritación.
– Señora mía, ¿te ha costado casi tres días convencerte que podías confiar en mi palabra?
La joven suspiró.
– No, Harry. Creí en tu palabra desde el comienzo. Si quieres que te diga la verdad, ése no fue el problema. Eres un hombre de honor, todos lo saben.
– Entonces, ¿cuál era el problema? -preguntó el conde con aspereza.
Augusta mantuvo la vista fija entre las orejas de la yegua.
– Milord, tenía miedo.
– ¡Por el amor de Dios!, ¿miedo de qué? ¿De lo que podrías descubrir acerca de tu hermano? -Le costó considerable esfuerzo mantener la voz baja para que no lo oyese Meredith.
– No se trata de eso. No he dudado de la inocencia de mi hermano, pero me inquietaba imaginar qué pensarías de mí después de leer el poema si llegabas a la conclusión de que Richard era culpable.
Harry la miró atónito.
– ¡Maldición, Augusta! ¿Acaso imaginabas que pensaría mal de ti por algo que hubiese hecho tu hermano?
– Milord, yo también soy una Ballinger de Northumberland -señaló con voz estrangulada-. Si creyeras a uno de nosotros capaz de traición, tendrías derecho a cuestionar la integridad de otros miembros de la familia.
– ¿Pensaste que podría cuestionar tu integridad? -Lo dejaron perplejo las vueltas que había dado a la cuestión la mente de su esposa.
Augusta se mantuvo erguida sobre la montura.
– Sé que me consideras frívola y con tendencia a la travesura, pero no quería que cuestionaras también mi honor. Milord, estamos ligados para siempre. Si pensaras que los Ballinger de Northumberland carecen de honor, el nuestro se convertiría en un camino muy duro para los dos.
– ¡Que el diablo me lleve! Lo que cuestiono es tu falta de cerebro, no de honor. -Harry detuvo el caballo y estiró los brazos para bajar a Augusta de la montura.
– ¡Harry!
– ¿Acaso todos los Ballinger de Northumberland han sido tan obtusos? Espero que no se herede.
La acomodó sobre sus muslos y la besó con fuerza. La pesada falda del traje de montar onduló sobre los cascos del caballo, haciéndolo remolonear. Harry tiró de las riendas sin apartar su boca de la de Augusta.
– ¡Harry, mi yegua! -gritó Augusta en cuanto pudo, sujetándose el absurdo sombrerito verde-. Escapará.
– Papá, papá, ¿qué estás haciendo con Augusta? -Meredith trotó hacia su padre con la voz traspasada de ansiedad.
– Estoy besando a tu madre, Meredith. Por favor, ocúpate de la yegua que escapa.
– ¿La estás besando? -Los ojos de Meredith se redondearon de asombro-. Ah, ya entiendo. No te preocupes por la yegua, papá, yo la alcanzaré.
La cabalgadura de Augusta se había alejado hasta una mata de hierba y a Harry no le preocupaba lo más mínimo. En ese momento, lo único en que pensaba era en llevar a Augusta a la cama. La batalla había durado dos noches y tres días y ya era demasiado.
– ¡Caramba, Harry! Déjame inmediatamente. ¿Qué va a pensar Meredith? -Augusta, acurrucada entre los brazos de su esposo, lo miró con aire de reproche.
– Señora esposa, ¿desde cuándo te preocupa tanto el pudor?
– Me preocupa cada vez más desde que tengo una hija -refunfuñó Augusta.
Harry estalló en carcajadas.
Esa noche Harry abrió la puerta que comunicaba su dormitorio con el de Augusta y la halló sentada ante el tocador. La doncella la ayudaba a acostarse.
– Gracias, Betsy -dijo Augusta con los ojos fijos en la imagen de Harry en el espejo.
– De nada, señora. Buenas noches, señor. -Betsy adoptó una expresión complacida y comprensiva mientras se inclinaba y salía.
Augusta se levantó con una sonrisa vacilante. Se le abrió la bata y Harry vio un camisón de finísima muselina. Los pechos suaves de su esposa alborotaban la sutil tela. Bajó la mirada y descubrió el triángulo oscuro que coronaba los muslos. De súbito, tuvo dolorosa conciencia de su excitación.
– Habrás venido a buscar el poema -dijo Augusta. Harry negó con la cabeza y su rostro se iluminó con una lenta sonrisa.
– Señora, el poema puede esperar. He venido a por ti.
CAPÍTULO XIII
Augusta se incorporó en la cama, el cuerpo aún tibio por el amor de Harry. Encendió la vela y la llevó hasta el tocador. En la cama, Harry se removió.
– Augusta, ¿qué haces?
– Busco el poema de Richard. -Abrió el cofrecito donde guardaba el collar de su madre y el pliego que conservaba desde hacía dos años.
– Eso puede esperar hasta mañana. -Harry se apoyó sobre un codo y la contempló con los ojos entrecerrados.
– No. Quiero dártelo ahora mismo. -Le llevó el pliego de papel-. Aquí está. Léelo.
Harry recogió el papel; sus cejas oscuras se unieron en el entrecejo.
– No creo que pueda sacar nada en limpio con un vistazo. Necesito estudiarlo.
– Harry, eso es una tontería: no se trata de un asunto de Estado. Es una insignificancia. Cuando mi hermano me pidió que lo guardara estaba muriendo y, tal vez, sufriera alucinaciones en su agonía.
Harry la miró y Augusta calló. Suspiró, se sentó al borde de la cama y contempló las terribles manchas del papel. Conocía de memoria los versos.
La telaraña
Contemplad a los bravos jóvenes que juegan sobre la telaraña.
Ved cómo brillan sus sables de plata.
Se reunieron en número de tres para tomar el té y regresaron a servir la cena del amo.