Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
Que come entre las sedosas hebras y bebe la sangre generosa de los jóvenes.
Y dedica tiempo a las tres y a las nueve, hasta que la luz se apaga.
Ahora, todos son pocos y pocos son alguno.
La araña juega una mano de cartas y advierte que ha ganado.
Cuenta veinte y no tres, y tres y no uno, hasta que descubras el resplandor.
Tensa, Augusta aguardó a que Harry releyera el poema. Cuando terminó, volvió a mirarla con intensa y fría expresión inquisitiva.
– Augusta, después de que te lo diera tu hermano, ¿se lo has enseñado a alguien?
Augusta asintió.
– Pocos días después de que asesinaran a Richard, vino a hablar un hombre con tío Thomas. Pidió ver las pertenencias de mi hermano y tío Thomas lo remitió a mí. Y le di el poema.
– ¿Qué dijo?
– Sólo le interesaron los documentos que se hallaron sobre el cadáver de Richard. Entonces comenzó a especular con la posibilidad de que hubiese estado vendiendo información a los franceses. Quedó de acuerdo con mi tío en que el asunto debía silenciarse.
– ¿Recuerdas el nombre de ese sujeto?
– Se llamaba Crawley.
Disgustado, Harry cerró los ojos un instante.
– Crawley, sí, un bufón torpe y estúpido. No me extraña que cerraran la investigación.
– ¿Por qué dices eso?
– Crawley fue un tonto.
– ¿Sí? -Augusta frunció el entrecejo.
– Murió hace unos años. No sólo era idiota sino que tenía una idea trasnochada de la inteligencia militar. La consideraba una tarea inadecuada e indigna de un auténtico caballero. En consecuencia, conocía muy poco del proceso y no habría reconocido un mensaje codificado ni que lo hubiera tenido ante sus narices. Maldito sea.
Augusta dejó el candelabro y apoyó la barbilla sobre las rodillas levantadas.
– ¿Crees que el poema está en clave?
– Es muy posible. Por la mañana lo examinaré con detalle. -Harry volvió a plegar con cuidado el papel.
– Aunque fuese un mensaje cifrado, sería posible que Richard tuviera intenciones de pasarlo a un agente inglés y no a un francés.
Harry dejó el poema sobre la mesilla de noche.
– Augusta, eso no importa. A nosotros no nos importa. No me preocupa lo que hiciera tu hermano hace dos años. Jamás te juzgaría a ti por sus acciones. ¿Me crees?
La joven asintió sin apartar la mirada de los ojos de su esposo.
– Te creo. -Aliviada, comprendió que Harry sería en extremo escrupuloso. No culparía a su esposa por actos de otros miembros de la familia.
– Estás helada, Augusta. Ven aquí bajo las sábanas. -Harry apagó la vela y atrajo a su esposa a sus brazos.
Harry permanecería despierto largo rato abrazándola. Ella tampoco pudo dormir. Su mente daba vueltas sin cesar a la pregunta: «¿Habré hecho bien dándole el poema a Harry?».
Poco después del amanecer, se removió inquieta, en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Sintió que Harry se levantaba con sigilo de la cama, pero no dio la vuelta ni abrió los ojos.
Oyó el crujido del papel cuando Harry cogió de la mesilla de noche la hoja del poema. Luego la puerta de la habitación se abrió y cerró de nuevo con suavidad.
Augusta se obligó a quedarse en cama hasta que apareció en el cielo la primera luz del alba y entonces se levantó y preparó para el largo día que la esperaba.
Tras un vistazo por la ventana, comprobó que la jornada llegaba cubierta por una oscura y densa capa de nubes que prometía lluvia.
Harry acudió al desayuno el tiempo necesario para servirse huevos y carne que había sobre el aparador y luego desapareció hacia el estudio. Dirigió unas pocas palabras a su esposa y a su hija. Parecía intensamente concentrado y toda la familia vibró en la misma cuerda; era evidente que los habitantes de la casa ya conocían aquel humor.
– Papá se pone así cuando trabaja en sus manuscritos -le explicó Meredith a Augusta mirando a la madrastra con una expresión sincera y ansiosa en sus claros ojos grises-. No creas que todavía está enfadado contigo.
– Comprendo. -Augusta sonrió a pesar de sus propias preocupaciones-. Lo tendré presente.
– Dentro de tres días llegarán los invitados, ¿no es cierto? -preguntó Meredith. Un matiz de ansiedad traicionaba la seriedad de su expresión.
– Así es. Esta tarde vendrá la señorita Appley a probarte los vestidos. Recuérdale a la tía que tiene que abreviar las lecciones. Estaremos las tres atareadas con la modista.
– Se lo diré, Augusta. -Meredith se levantó de la mesa y se fue corriendo al cuarto de estudio.
Sola en el pequeño comedor, Augusta sorbió el café en silencio. Leyó las cartas que habían llegado esa mañana y luego uno de los periódicos de Londres que acompañaban el correo. Cuando terminó, preguntó al mayordomo y al ama de llaves si consideraban necesario contratar personal auxiliar para la fiesta.
La puerta de la biblioteca permaneció cerrada toda la mañana. Cada vez que pasaba por el vestíbulo de la planta baja, la mirada de Augusta se dirigía hacia esa puerta. El silencio que emanaba del refugio de Harry se fue haciendo insoportable. No podía dejar de imaginar cuál sería la conclusión sobre Richard a consecuencia del terrible poema.
Cuando ya no pudo soportarlo, Augusta ordenó que le ensillaran la yegua y fue a ponerse ropa de montar. Al volver a bajar al vestíbulo principal, el mayordomo le dirigió una mirada afligida.
– Señora, parece que va a llover.
– Quizá. -Augusta sonrió distraída-. No se preocupe, Steeples. Un poco de agua no me hará daño.
– Señora, ¿no quiere que la acompañe uno de los mozos de las caballerizas? -Cada línea del rostro adusto de Steeples expresaba una honda preocupación-. Sin duda, su señoría preferiría que fuese usted acompañada.
– No, no quiero un mozo, Steeples. Estamos en el campo. No es necesario preocuparse por los inconvenientes que tendría una mujer en la ciudad. Si alguien pregunta por mí, dígale que vuelvo más tarde.
Steeples inclinó la cabeza con gesto rígido y reprobatorio.
– Como quiera, señora.
Augusta suspiró, bajó las escaleras y montó. En Graystone, incluso el mayordomo era difícil de complacer.
Cabalgó cerca de una hora bajo el cielo amenazador y sintió que se reanimaba. Ante la inminencia de la tormenta, era imposible permanecer melancólica. Expuso la cara a la brisa fresca y sintió las primeras gotas de lluvia. La refrescaron y revitalizaron como no lo habría hecho ninguna otra cosa en un día tan arduo.
Aunque estaba prevenida, los primeros truenos la sorprendieron. Comprendió que ya era tarde para volver a Graystone antes de que se desatara la tormenta. Divisó una cabaña medio derruida y se dirigió de inmediato a ella. Estaba vacía.
Dejó la yegua en el pequeño establo que había junto a la cabaña. Luego entró allí y se quedó en el vano de la puerta contemplando cómo barría la lluvia el paisaje.
Al rato de permanecer así vio la silueta de un jinete y caballo en medio de la tormenta. El ruido de los cascos se mezclaba con el retumbar de los truenos y los relámpagos cruzaban el cielo, cuando el animal se detuvo bruscamente frente a la puerta.
Desde lo alto del caballo, Harry la miraba ceñudo. El abrigo de cordones revoloteaba alrededor como una capa negra y la lluvia goteaba desde el sombrero negro de castor.
– ¿Qué demonios estás haciendo aquí, en medio de la tormenta, Augusta? -El potro remoloneó al escuchar un nuevo retumbar de truenos a lo lejos. Harry lo tranquilizó palmoteándolo con la mano enguantada-. Por Dios, mujer, tienes menos sentido común que un escolar. ¿Dónde está tu cabalgadura?
– En el establo de atrás.
– Llevaré el caballo y volveré aquí. Cierra la puerta o te empaparás.
– Sí, Harry. -El murmullo de Augusta se perdió bajo el estrépito de la lluvia.
Poco después la puerta se abrió de golpe y Harry entró en la cabaña chorreando agua sobre la superficie de tierra. Llevaba consigo una brazada de leña que debió de hallar en el establo. Cerró la puerta con el pie, dejó caer la leña en la chimenea y comenzó a quitarse el abrigo y el sombrero.