Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
Acababan de sentarse cuando una larga sombra cayó sobre el mantel y un par de botas brillantes se detuvieron al borde.
– ¿Habrá suficiente para tres? -preguntó Harry.
– ¡Papá! -Meredith se levantó de un salto con expresión sorprendida, y luego ansiosa-. Augusta me dijo que necesitaba a alguien que la llevara a recorrer las tierras y tú estabas ocupado.
– Una idea excelente. -Harry le sonrió-. Nadie conoce esta propiedad mejor que tú.
Aliviada, Meredith le devolvió la sonrisa.
– Papá, ¿quieres un pastel de carne? La cocinera ha preparado muchos. Y hay un montón de salchichas y bizcochos. Toma, come.
Augusta mostró una expresión feroz.
– Meredith, no regales toda la comida. Tú y yo tenemos prioridad. Tu padre no estaba invitado y le dejaremos sólo las sobras.
– Señora mía, es usted una mujer sin corazón -dijo Harry marcando las palabras.
Meredith sintió que se le congelaban los dedos sobre el pastel. Miró primero a Augusta con ojos perplejos y luego se volvió a su padre.
– Papá, hay mucho para ti, te lo juro. Puedes coger mi parte.
– De ninguna manera -se apresuró a responder Harry-. Cogeré de la de Augusta. Prefiero comer de la suya.
– Pero, papá…
– Basta -dijo Augusta ante la expresión consternada de la niña-. Tu padre estaba tomándonos el pelo y yo le devolvía la broma. No te aflijas, Meredith. Hay suficiente comida para todos.
– Oh. -Mirando al padre con aire dubitativo, Meredith volvió a sentarse. Se acomodó la falda con el mayor cuidado de modo que no cayese sobre la hierba-. Papá, me alegro de que te hayas reunido con nosotras. Es divertido, ¿verdad? Nunca había hecho un almuerzo campestre. Augusta me ha contado que su hermano y ella los hacían a menudo.
– ¿Es cierto eso? -Harry se apoyó sobre el codo y mordisqueó un trozo de pastel de carne mirando a Augusta de soslayo.
Un tanto impresionada, Augusta advirtió que Harry llevaba ropa de montar y el cuello al descubierto. No llevaba el habitual corbatín blanco impecable. Hasta el momento, salvo en la intimidad de sus habitaciones, nunca lo había visto vestido con semejante informalidad. Se ruborizó ante la ocurrencia y dio un mordisco al pastel.
– Sí -dijo Meredith, cada vez más expansiva-. Su hermano era un Ballinger de Northumberland, igual que Augusta. Se los considera audaces y atrevidos. ¿Lo sabías, papá?
– Creo que había oído hablar de ello. -Harry siguió masticando el pastel sin apartar los ojos del rostro sonrojado de Augusta-. Yo mismo puedo dar fe del audaz temperamento de los Ballinger de Northumberland. Es difícil imaginar las cosas de que es capaz un Ballinger de Northumberland. En especial, en plena noche.
Augusta echó una mirada de advertencia a su verdugo.
– Y yo he descubierto que los condes de Graystone también pueden llegar a ser audaces. Casi diría que demasiado.
– Tenemos nuestros arranques. -Harry rió y mordió otro buen bocado de pastel.
Sin advertir el juego, Meredith continuó parloteando.
– El hermano de Augusta era muy valiente. Y un gran jinete. Creo que participó en una carrera, ¿te lo ha contado Augusta?
– No.
– Pues la ganó.
– Sorprendente.
Augusta se aclaró la voz.
– Meredith, ¿quieres fruta?
Prefirió desviar la conversación de la niña hasta que terminaran el almuerzo. Luego propuso a la niña que jugara con ramas en el arroyo a ver cuál llegaba antes a un punto determinado.
Harry se quedó junto a la orilla unos momentos observándola jugar y luego volvió hasta Augusta sentándose otra vez.
– Está divirtiéndose. -Harry se apoyó sobre el codo y flexionó una pierna en un gesto gracioso y masculino-. Estoy pensando que le convendría más actividad al aire libre.
– Me alegra que estés de acuerdo. Los pasatiempos son tan importantes para un niño como la historia y los globos terráqueos. Si me lo permites, me gustaría agregar algunas materias al programa.
Harry se puso ceñudo:
– ¿Cuáles?
– Acuarelas y literatura infantil, en primer lugar.
– ¡Por Dios, no! Lo prohíbo terminantemente. No permitiré que Meredith se eduque en semejantes tonterías.
– Tú mismo has dicho que Meredith necesitaba actividades variadas.
– Dije que tal vez necesitara más actividades al aire libre.
– Puede pintar y leer al aire libre -afirmó Augusta en tono alegre-, sobre todo en verano.
– ¡Maldita sea, Augusta…!
– Cálmese, señor. No querrá que Meredith nos oiga discutir. Ya tiene bastantes problemas para adaptarse a este matrimonio.
Harry la miró, ceñudo.
– Por cierto, los relatos de tu hermano la han impresionado.
Augusta frunció el entrecejo:
– Richard era valiente y aventurero.
– Hummm. -Harry no afirmó ni negó.
– Harry…
– ¿Qué?
– ¿Llegaron a tu conocimiento los rumores que circularon cuando murió Richard?
– Sí, Augusta, pero no les di importancia.
– No, supongo que no. Son mentiras. Pero es indiscutible que se encontraron ciertos documentos con él. Y a veces me pregunto acerca de ello.
– Augusta, no siempre se obtienen respuestas.
– Lo sé. Sin embargo, sostengo una teoría sobre la muerte de mi hermano que me gustaría comprobar.
Harry guardó silencio unos instantes.
– ¿De qué se trata?
Augusta aspiró.
– Si Richard llevaba aquellos documentos consigo, seguramente trabajaba como agente secreto militar de la Corona.
Como no hubo respuesta, Augusta se volvió y miró a Harry. Con los ojos entrecerrados, inescrutables, seguía los movimientos de su hija.
– Harry…
– ¿Era lo que querías que investigase Lovejoy?
– Sí, era en eso en lo que estaba pensando. Dime, ¿te parece probable?
– No lo creo -dijo Harry con calma.
Augusta se exasperó ante el aparente desinterés con que Harry desechaba una teoría largo tiempo meditada.
– No importa; no tendría que haberlo mencionado. Después de todo, señor mío, ¿qué sabe usted de estas cuestiones?
Harry exhaló un gran suspiro.
– Augusta, ya lo creo que lo sabría.
– No estoy segura.
– Pues es que de un modo u otro, si Richard hubiese sido agente de la Corona, habría trabajado para mí.
CAPÍTULO XI
¿Que mi hermano habría trabajado para ti si hubiese sido agente secreto durante la guerra? -Augusta estaba tensa, con la cabeza hecha un lío-. ¿Y qué demonios hacías tú?
Harry no cambió de posición pero, al fin, apartó la vista de Meredith y miró a Augusta.
– Eso ya no importa. La guerra terminó y estoy muy contento de olvidar el papel que jugué en ella. Baste decir que estaba relacionado con la tarea de reclutar agentes de inteligencia para Inglaterra.
– ¿Eras espía? -Augusta estaba atónita.
El conde esbozó una sonrisa.
– Es obvio, amor mío, que no me imaginas como hombre de acción.
– No, no se trata de eso. -Frunció el entrecejo tratando de pensar con rapidez-. Te confieso que me he preguntado dónde habrías aprendido a abrir cerraduras y, además, tienes la costumbre de aparecer cuando menos se espera. Imagino que es una conducta propia de espías. Con todo, Harry, no puedo hacerme a la idea.
– Estoy de acuerdo contigo. Mis actividades durante la guerra nunca me parecieron una ocupación sino una pesada carga. Constituyó una exasperante interrupción de mi trabajo cotidiano: el estudio y el cuidado de las propiedades.
Augusta se mordió el labio.
– Debió de ser peligroso.
Harry se encogió de hombros.
– A veces. La mayor parte de la actividad la desarrollé tras un escritorio, dirigiendo las actividades de otros agentes y descifrando mensajes en código o en tinta invisible.