Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
Me encantaría ir a verte. ¿Cuándo volverás?
Con todo cariño,
Claudia
Augusta terminó de leer la carta y la plegó otra vez con lentitud. Era estupendo recibir noticias de su prima. También era placentero que la escrupulosa y correcta Claudia confesara que la echaba de menos.
– Augusta, Augusta, ¿dónde estás? -Meredith corrió por el enorme vestíbulo agitando una hoja de papel-. He terminado la acuarela. ¿Qué opinas? La tía Clarissa dice que debo pedir tu opinión, pues fue idea tuya que me dedicara a pintar.
– Sí, claro, enséñamela.
Al alzar la mirada, Augusta vio a Clarissa que acompañaba a su pupila, con paso más mesurado.
– Su señoría me informó que debía guiarme por la opinión de usted en estas cuestiones, aunque los dos estamos de acuerdo en que pintar acuarela no es un objetivo serio.
– Sí, lo sé, pero es divertido, señorita Fleming.
– Hay que aplicarse con diligencia a los estudios -señaló Clarissa- y no a divertirse.
Augusta sonrió a Meredith, que las miraba a ellas alternativamente.
– Pues Meredith se ha esforzado con esta pintura, que es muy hermosa, como puede verse.
– ¿Te gusta, Augusta? -Mientras la madrastra examinaba el trabajo, Meredith estaba en suspenso.
Augusta sostuvo la pintura de la niña ante ella e inclinó la cabeza a un lado para observarla. El cuadro tenía una base de azul pálido. Por aquí y allá había unas curiosas pinceladas verdes y amarillas, aparentemente al azar, y al fondo se veía una gran mancha dorada.
– Esto son árboles -explicó Meredith señalando las pinceladas verdes y amarillas-. Cargué mucho el pincel y la pintura se extendió demasiado.
– Son unos árboles estupendos. Y me gusta mucho el cielo que has pintado. -Al saber que las manchas verdes y amarillas eran árboles, era fácil adivinar que la superficie azul fuese el cielo-. Y esto es muy interesante -afirmó señalando la mancha dorada.
– Es Graystone -explicó Meredith, orgullosa.
– ¿Tu padre?
– No, no, Augusta, la casa.
Augusta rió entre dientes.
– Claro. Bueno, Meredith, debo decir que es éste un trabajo formidable y, si me lo permites, haré que lo cuelguen inmediatamente.
Los ojos de Meredith se agrandaron de asombro.
– ¿Lo colgarás? ¿Dónde?
– La galería será el lugar indicado. -Augusta echó un vistazo a los intimidantes retratos-. Haré ponerlo aquí, bajo el retrato de tu madre.
Meredith estaba alborozada.
– ¿Estará papá de acuerdo?
– Estoy segura que sí.
Clarissa se aclaró la voz.
– Lady Graystone, no sé si será buena idea. Esta galería está reservada a los retratos de familia pintados por artistas famosos. No es el sitio apropiado para pinturas escolares.
– Por el contrario, creo que unas pinturas escolares son exactamente lo que necesita. Es un sitio bastante sombrío, ¿no cree? El cuadro de Meredith lo alegrará.
Meredith estaba resplandeciente.
– Augusta, ¿le pondrán marco?
– Por supuesto, todo cuadro hermoso merece un marco. Me ocuparé de que se le confeccione sin demora.
Clarissa, enfurruñada, miró con severidad a su pupila.
– Basta de diversión. Es hora de volver a los estudios, jovencita. Vamos, enseguida me reuniré contigo.
– Sí, tía Clarissa. -Con los ojos brillantes de placer, Meredith hizo una pequeña reverencia y salió corriendo de la galería.
Clarissa se volvió a Augusta con expresión severa.
– Señora, tengo que hablarle del tipo de actividades a que está induciendo a Meredith. Comprendo que su señoría permita que intervenga usted en la educación de su hija, pero tengo la sensación de que la insta a ocuparse de pasatiempos ligeros. Su señoría es determinante a la hora de impedir que la niña acabe siendo una mujer tonta, hueca e incapaz de otra cosa que de conversaciones superficiales en sociedad.
– Lo comprendo, señorita Fleming.
– Meredith está acostumbrada a un programa de estudios muy estricto. Hasta ahora lo desarrollaba muy bien y no me agradaría que fuera alterado.
– Entiendo lo que dice, señorita Fleming. -Augusta le dirigió una sonrisa conciliadora. No era fácil la carga que llevaban las parientes pobres en casa de los familiares más afortunados. Era evidente que Clarissa se había esforzado al máximo en abrirse un espacio para sí y Augusta le tenía simpatía. Ella sabía bien lo difícil que resultaba vivir en casa ajena-. Bajo su capacitada orientación, Meredith ha florecido y yo no tengo la menor intención de cambiar las cosas.
– Gracias, señora.
– Con todo, tengo la impresión de que la niña necesita de alguna actividad superficial. Incluso mi tía Prudence opinaba que los jóvenes pueden disponer de una enorme variedad de actividades. Y mi prima Claudia sigue los pasos de su madre. Está escribiendo un libro sobre los conocimientos prácticos propios de las jóvenes y dedica un capítulo entero al dibujo y a la pintura con acuarelas.
Clarissa parpadeó como una lechuza.
– ¿Su prima está escribiendo un libro sobre materias escolares?
– Claro que sí. -De súbito, Augusta comprendió dónde había visto antes la expresión de los ojos de Clarissa; en los de algunas integrantes del Pompeya, en particular aquellas que dedicaban horas a escribir sobre las mesas del club. A menudo, Claudia la mostraba también en sus angelicales ojos azules.
– Oh, entiendo, señorita Fleming. Quizás usted misma pensó alguna vez en escribir un libro edificante para los jóvenes.
Sorprendida por las palabras de la señora, el rostro de Clarissa se volvió de un tono encarnado, poco atractivo.
– Alguna vez he pensado en ello. Pero no creo que consiguiera nada, soy muy consciente de mis limitaciones.
– No diga eso, señorita Fleming. No conocemos nuestras limitaciones hasta que no probamos los límites. ¿Ha escrito algo sobre el tema?
– Unas pocas notas -murmuró Clarissa, avergonzada de su propia presunción-. Pensaba mostrárselas a Graystone, pero temí que las hallara lamentables. La capacidad intelectual de su señoría es tan superior…
Augusta hizo un gesto desechando el comentario.
– No niego que el señor sea inteligente, pero no sé si podría juzgar sus esfuerzos con ecuanimidad. Graystone escribe para un reducido grupo de académicos y en cambio usted escribirá para niños. Son dos tipos de lectores por completo diferentes.
– Sí, supongo que tiene razón.
– Tengo una idea mucho mejor. Cuando termine de preparar el manuscrito, démelo y se lo entregaré yo a mi tío Thomas para que lo envíe a un editor.
Clarissa aspiró una gran bocanada de aire.
– ¿Mostrarle mi manuscrito a sir Thomas Ballinger? ¿El viudo de lady Prudence Ballinger? No me atrevería a imponerme hasta ese extremo. Me creería demasiado audaz.
– No se preocupe. Aquí no existe ninguna imposición. Al tío Thomas le complacerá hacerlo. Acostumbraba a ocuparse de la edición de los trabajos de tía Prudence.
– ¿En serio?
– Oh, sí.
Augusta sonrió con aire confiado, evocando la distracción con que sir Thomas se ocupaba de los detalles de la vida cotidiana. No habría la menor dificultad en persuadirlo de que enviara el manuscrito de Clarissa por correo junto con una recomendación para imprimirlo, en el entendimiento que continuaba la línea de las obras de lady Prudence Ballinger. Augusta decidió escribir ella misma la carta de recomendación para ahorrarle el trabajo a su tío.
– Señora, es muy bondadoso de su parte. -Clarissa parecía aturdida-. Siempre fui una gran admiradora de la obra de sir Thomas. Tiene un enfoque loable de la historia, un ojo avizor para los detalles importantes, el estilo de un sabio al escribir. Es una verdadera lástima que nunca se haya interesado en los escolares. Podría hacer mucho bien en las mentes jóvenes.
Augusta rió.
– No estoy tan segura de ello. En mi opinión, la prosa de mi tío resulta un tanto seca.