Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
La noticia llegó a la Biblioteca Itinerante con un día de retraso. Margery y Alice, por acuerdo tácito, repartieron sus rutas entre Beth e Izzy lo mejor que pudieron, y luego salieron juntas hacia la casa. Las montañas, en lugar de impedir el paso del viento cortante, hacían las veces de embudo, y Alice recorrió todo el camino a caballo con la barbilla pegada al cuello, preguntándose qué diría al llegar a la pequeña casa y deseando haber tenido una postal adecuada que ofrecerles o, tal vez, un ramillete de flores. En Inglaterra, una casa en duelo era un lugar silencioso, de conversaciones veladas, oscurecido por un manto de tristeza, o de incomodidad, dependiendo de cuánto se conocía o se quería al difunto. A Alice, que siempre se las arreglaba para decir algo equivocado, aquellos momentos de silencio le resultaban opresivos, como una trampa en la que sin duda acabaría cayendo.
Sin embargo, cuando llegaron a lo alto de Hellmouth Ridge, no encontraron nada que sugiriera silencio: empezaron a dejar atrás coches y carros que habían tenido que ser abandonados al borde del camino porque ya era imposible pasar y, cuando llegaron a la casa, vieron asomar en el granero las cabezas de varios caballos de desconocidos resoplándose entre ellos, mientras un cántico amortiguado llegaba del interior. Alice se fijó en una pequeña ladera de pinos donde había tres hombres cavando, vestidos con abrigos gruesos, mientras sus picos llenaban el aire de sonidos metálicos al golpear la roca. Tenían los rostros amoratados y exhalaban pálidas nubes grises.
—¿Lo va a enterrar aquí? —le preguntó a Margery.
—Sí. Toda su familia está ahí arriba.
Alice se fijó entonces en una serie de losas de piedra, unas grandes y otras desgarradoramente pequeñas, que contaban la historia familiar de los Bligh en la montaña desde hacía generaciones.
El interior de la cabaña estaba lleno hasta la bandera. Habían puesto la cama de Garrett Bligh a un lado y la habían cubierto con una colcha, para que la gente pudiera sentarse. No había ni un centímetro que no estuviera lleno de niños pequeños, bandejas de comida o matriarcas cantando. Estas saludaron con la cabeza a Alice y Margery cuando entraron, para no interrumpir su canción. Las ventanas que, por lo que Alice recordaba, carecían de cristales, tenían los postigos echados y solo las lámparas de carburo y las velas iluminaban la penumbra, así que era difícil saber desde dentro si era de día o de noche. Uno de los niños de los Bligh estaba sentado en el regazo de una mujer de barbilla prominente y mirada amable, y los otros estaban acurrucados con Kathleen, que tenía los ojos cerrados y también estaba cantando, aunque era la única del grupo que se encontraba muy lejos de allí. Habían puesto una mesa de borriquetas sobre la que se hallaba un ataúd de pino y Alice vio el cuerpo de Garrett Bligh en su interior, con la cara relajada de la muerte. Por un instante, se preguntó si realmente era él. Sus pómulos se habían suavizado en cierto modo y tenía la frente lisa y el cabello suave y negro. Solo se le veía la cara, ya que el resto estaba tapado con una intrincada colcha de retales y cubierto de flores y hierbas que aromatizaban el aire. Alice nunca había visto un cadáver, pero lo cierto era que allí, rodeada por las canciones y por la calidez de la gente, era difícil sentirse impactada o incómoda por su proximidad.
—Lamento muchísimo su pérdida —dijo Alice. Era la única frase que había conseguido ensayar para decirle a la viuda y allí parecía hueca e inútil. Kathleen abrió los ojos y, tras tomarse unos segundos para reconocerla, esbozó una ligera sonrisa. Tenía los ojos con los bordes rosáceos y oscurecidos por el cansancio.
—Era un buen hombre y un buen padre —dijo Margery, apartándola para darle un fuerte abrazo a la mujer. Alice no estaba segura de haber visto a Margery abrazar a nadie nunca.
—Ya había sufrido lo suficiente —murmuró Kathleen, y los niños que tenía en los brazos la miraron, impasibles, con los pulgares metidos en la boca—. No podía desear que se quedara más tiempo. Ahora está con el Señor.
Su mandíbula floja y sus ojos tristes no reflejaban la convicción de sus palabras.
—¿Conocía a Garrett? —Una anciana con dos chales de ganchillo puestos sobre los hombros dio un par de golpecitos a los diez centímetros de cama libres que había a su lado, de manera que Alice se sintió obligada a apretujarse allí también.
—Bueno, un poco. Yo… solo soy la bibliotecaria. —La anciana la observó, frunciendo el ceño—. Solo lo conocía de mis visitas —añadió la joven, a modo de disculpa, como si en realidad supiera que no debería estar allí.
—¿Es la mujer que leía para él?
—Sí.
—¡Ay, niña! Era un gran consuelo para mi hijo. —La mujer extendió los brazos para atraer a Alice hacia ella. La joven se puso rígida y luego se dejó llevar—. Kathleen me comentaba a menudo lo mucho que Garrett anhelaba sus visitas. Le hacían olvidarse de sí mismo.
—¿Era su hijo? Dios mío. Lo siento muchísimo —dijo Alice, con sinceridad—. Parecía un hombre maravilloso, de verdad. Y él y Kathleen se querían muchísimo.
—Le estoy muy agradecida, señorita…
—Señora Van Cleve.
—Mi Garrett era un gran muchacho. Claro, usted no lo había conocido antes. Tenía los hombros más anchos de este lado de Cumberland Gap, ¿verdad, Kathleen? Cuando Kathleen se casó con él, debía de haber cien chicas llorando de aquí a Berea. —La joven viuda sonrió al recordarlo—. Yo solía decirle que no tenía ni idea de cómo lograba meterse en esa mina, con un cuerpo como el suyo. Por supuesto, ahora deseo que no lo hubiera hecho. Aun así… —La anciana tragó saliva y levantó la barbilla—. Aun así no somos dignos de cuestionar el plan divino. Ahora está con su propio padre y con el Padre Dios. Y nosotros debemos acostumbrarnos a estar aquí abajo sin él, ¿verdad, cielo? —La mujer extendió una mano para estrechar la de su nuera.
—Amén —dijo alguien.
Alice había dado por hecho que presentarían sus respetos y se irían, pero, cuando la mañana se convirtió en tarde y la tarde rápidamente dio paso al crepúsculo, la cabañita empezó a llenarse cada vez más. Los mineros habían acabado sus turnos, sus mujeres traían pasteles, escabeches y mermeladas de frutas y, a medida que el tiempo pasaba y se estancaba bajo la tenue luz, cada vez se iba amontonando más gente sin que nadie se fuera. Delante de Alice apareció un pollo, luego bizcochos y salsa de carne, patatas fritas y más pollo. Alguien compartió un poco de bourbon y se oyeron algunas carcajadas, lágrimas y canciones, y el aire en la pequeña cabaña se volvió cada vez más cálido y denso por los aromas de las carnes asadas y el licor dulce. Alguien sacó un violín y empezó a tocar melodías escocesas que hicieron que Alice se sintiera ligeramente nostálgica. Margery la miraba de vez en cuando, como para comprobar que estaba bien, pero Alice, rodeada de gente que le daba palmadas en la espalda y le agradecía sus servicios, como si fuera un militar y no una simple mujer inglesa que repartía libros, estaba extrañamente feliz allí sentada, asimilándolo todo.
Así que Alice van Cleve se abandonó a los extraños ritmos de la noche. Permaneció sentada a escasos metros de un hombre muerto, se comió la comida, bebió un traguito de licor, cantó himnos que apenas conocía y estrechó las manos de desconocidos que ya no parecían desconocidos. Y, cuando la noche cayó y Margery le susurró al oído que ya era hora de irse, porque iba a caer una buena helada, Alice se sorprendió al descubrir que se sentía como si estuviera abandonando su hogar, no como si se dirigiera hacia él, y aquel pensamiento le resultó tan desconcertante que eclipsó a todos los demás a lo largo del lento y frío camino de vuelta montaña abajo iluminado por el farol.
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Numerosos médicos varones reconocen actualmente que muchas enfermedades nerviosas y de otra índole en las mujeres están asociadas a la falta de alivio fisiológico de los impulsos sexuales naturales o provocados.