La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-��Quieres decir con esto que quieres que me deje la barba?
-�Cuando lo quiera te lo dir�.
Joseph sonri� y Charlie le devolvi� la sonrisa -fue otro encuentro con las candilejas en medio-, la mirada de Joseph dej� libre a Charlie, y �sta se fue al servicio de se�oras, y all�, rabiosa, contempl� su propia cara en el espejo, mientras intentaba descifrar la manera de ser de Joseph. Pens�: �No es de extra�ar que tenga cicatrices de balas; fueron mujeres quienes le pegaron los tiros.�
Ya hab�an comido, hab�an hablado con la cortes�a propia de reci�n conocidos, y Joseph hab�a pagado la cuenta sacando el dinero de un billetero de piel de cocodrilo que seguramente cost� la mitad de la deuda nacional del pa�s al que Joseph perteneciera, fuera cual fuese.
Mientras contemplaba c�mo Joseph doblaba el recibo y se lo guardaba, Charlie le pregunt�:
-��Es que vas a incluirme en tu lista de gastos?
Joseph no contest� la pregunta debido a que, de repente, a Dios gracias, su reconocido talento de director administrativo se hab�a hecho cargo de la situaci�n, y resultaba que ten�an mucha prisa. Mientras ordenaba a Charlie que corriese, a lo largo de un pasillo estrecho procedente de la cocina, Joseph, cargado con el equipaje de Charlie, le dijo:
-�Por favor, busca un Opel verde, con los guardabarros abollados, y con un ch�fer de diez a�os de edad.
Charlie repuso:
-�De acuerdo.
El coche en cuesti�n esperaba en la puerta lateral y, realmente, tal como Joseph hab�a prometido, ten�a los guardabarros abollados. Con presteza, el ch�fer se hizo cargo del equipaje de Charlie y lo puso en el portamaletas. Este ch�fer era un hombre pecoso, rubio, de aspecto saludable, con una amplia sonrisa que mostraba unos grandes dientes, y, s�, ciertamente, aparentaba, si no diez a�os, quince a lo sumo. Mientras abr�a la puerta trasera para que Charlie entrara en el autom�vil, Joseph dijo:
-�Charlie, te presento a Dimitri. Su madre le ha dado permiso para regresar tarde esta noche. Dimitri, haz el favor de llevarnos al sitio que, en belleza, es el segundo del mundo.
Joseph se sent� al lado de Charlie. El autom�vil se puso en marcha inmediatamente, al mismo tiempo que Joseph comenzaba su mon�logo en burlona imitaci�n de los gu�as de turismo:
-�Charlie, aqu� vemos el hogar de la moderna democracia griega, que es la plaza de la Constituci�n, en la que puedes ver cu�ntos son los dem�cratas que gozan de su libertad al aire libre en los restaurantes. A la izquierda puedes ver el Olimpe�n y la puerta de Adriano. Sin embargo, debo advertirte, antes de que te formes falsas ideas, que este Adriano no es el mismo que construy� la c�lebre muralla. El Adriano de Atenas ten�a m�s fantas�a, �no crees?, era m�s artista.
Charlie dijo:
-�Si, mucho m�s.
Irritada, Charlie se dijo, en su fuero interno: ��Despierta, Charlie, despierta! Sal de este marasmo en que te encuentras. Es un viaje gratis, con un hombre nuevo y encantador, est�s en la antigua Grecia, y a esto se le llama diversi�n.� Ahora, el autom�vil circulaba m�s despacio. Charlie divis� ruinas a su derecha, pero los altos autobuses las ocultaron una vez m�s. Tomaron una curva, ascendieron despacio por una cuesta adoquinada, y se detuvieron. Joseph salt� del coche y abri� la puerta correspondiente a Charlie, para que �sta bajara. Joseph le cogi� la mano, y la condujo de prisa, casi con aires de conspirador, hasta una estrecha escalera de piedra, bordeada de altos �rboles. En un teatral murmullo, Joseph le dijo:
-�Hablaremos s�lo en susurros, en la m�s compleja clave. Charlie le contest� con palabras tan carentes de significado como las de Joseph.
Joseph parec�a llevar en la mano una carga de electricidad. El contacto con la mano de Joseph hac�a arder los dedos de Charlie. Avanzaban por un sendero en un bosque, en ocasiones pavimentado con piedras y en otras ocasiones de tierra, aunque siempre ascendente. La luna hab�a desaparecido y estaba muy oscuro, pero Joseph iba delante, de prisa y sin la menor duda, como si hubiera luz del d�a. En una ocasi�n pasaron junto a una escalera con pelda�os de piedra, en otra ocasi�n cruzaron un sendero m�s ancho, pero los caminos f�ciles no parec�an haber sido hechos para Joseph. Ya no hab�a �rboles, y Charlie vio a su derecha las luces de la ciudad, muy hacia abajo. A la izquierda, y en lo alto, vio una especie de picacho recortado en negro contra el cielo anaranjado.
Charlie oy� pasos y risas a su espalda, pero se trataba s�lo de un par de cr�os jugando.
Sin reducir la velocidad de su paso, Joseph pregunt�:
-��No te molesta la caminata?
-�Enormemente.
Joseph se detuvo y dijo:
-��Quieres que te lleve en brazos?
-�Desgraciadamente tengo un esguince en la espalda. Oprimiendo con m�s fuerza la mano de Joseph, Charlie dijo:
-�Ya lo vi.
Charlie volvi� a dirigir la vista a la derecha y vio algo que le pareci� las ruinas de un antiguo molino ingl�s, con una ventana arqueada inmediatamente encima de otra ventana arqueada, y la ciudad iluminada a su espalda. Mir� hacia la izquierda y advirti� que el picacho se hab�a convertido en la negra silueta rectangular de un edificio, con algo que parec�a una chimenea sobresaliendo en uno de sus extremos. Luego, volvi� a haber �rboles, con el ensordecedor canto de las cigarras, y un olor a pino tan fuerte que picaba en los ojos a Charlie.
Tirando de Joseph para que se detuviera, por lo menos durante unos instantes, Charlie murmur�:
-�Es una trampa, �verdad? Sexualidad en la colina. �C�mo has sabido adivinar mis secretos deseos?
Pero Joseph ya volv�a a avanzar vigorosamente, precediendo a Charlie. Charlie estaba jadeante, pero pod�a seguir adelante durante un d�a entero, cuando se lo propon�a. Otra era la causa de su falta de aliento. Penetraron en un ancho sendero de piedras. Ante ellos, dos figuras grises vestidas de uniforme hac�an guardia junto a una peque�a caba�a de piedra en la que brillaba una luz dentro de una jaula de alambre. Joseph se acerc� a los dos hombres uniformados, y Charlie oy� el saludo en murmullos. La caba�a se levantaba entre dos puertas de hierro, en forma de reja. Detr�s de una de ellas se volv�a a ver la ciudad que ahora no era m�s que un distante resplandor de luces apretujadas. Pero detr�s de la otra puerta no hab�a m�s que una oscuridad total, y aquella oscuridad era el lugar al que iban a penetrar, ya que Charlie oy� el sonido de llaves entrechocando, y el gemido del hierro al girar la puerta sobre sus goznes. Durante un instante, Charlie se sinti� dominada por el miedo. ��Qu� estoy haciendo aqu�? �En d�nde estoy? �Sal corriendo, muchacha, sal corriendo!� Aquellos hombres eran polic�as o funcionarios, y, por su servil comportamiento, Charlie pens� que Joseph seguramente los hab�a sobornado. Todos miraron sus relojes, y Charlie, una vez m�s, record� el maltratado cron�metro de Joseph y lo compar� con el nuevo reloj de oro que ahora llevaba, con su brazalete de oro, con su elegante camisa de color de crema, y con sus gemelos. Joseph le indicaba con la mano que avanzara. Charlie mir� hacia atr�s y vio a dos muchachas en pie, m�s abajo, en el sendero de piedra, mirando hacia arriba. Joseph la llamaba. Charlie se dirigi� hacia la puerta abierta. Sinti� que los polic�as la desnudaban con la mirada, y se le ocurri� que Joseph todav�a no la hab�a mirado de esta manera. No, Joseph a�n no le hab�a dado rudas muestras de que la deseara. En su incertidumbre, Charlie deseaba ardientemente que se las diera.
La puerta se cerr� a sus espaldas. Hab�a unos pelda�os, y despu�s de los pelda�os un sendero de resbaladiza piedra. Oy� que Joseph le recomendaba que anduviera con cuidado. Charlie, de buena gana, hubiera pasado el brazo por la cintura de Joseph, pero �ste la coloc� delante de �l, dici�ndole que no quer�a que su propio cuerpo le impidiera ver el panorama. �Se trata de un panorama�, se dijo Charlie. El panorama que, en belleza, es el segundo del mundo. Aquella piedra seguramente era m�rmol, por cuanto resplandec�a incluso en la noche, y las suelas de cuero resbalaban peligrosamente. En una ocasi�n poco falt� para que Charlie se cayera, pero la mano de Joseph la cogi� con una rapidez y con una fuerza que, comparadas con las de Al, dejaban a �ste convertido en un mequetrefe. En otra ocasi�n, Charlie oprimi� el brazo de Joseph contra su costado, de modo que tocara su pecho izquierdo. Mentalmente, Charlie le dijo con desesperaci�n: �Toca. Es m�o, el primero de dos, el izquierdo es un poco m�s er�geno que el derecho. Pero �a qui�n importa?� El sendero avanzaba en zigzag, la oscuridad menguaba y daba calor a Charlie, como si a�n retuviera el sol del d�a. Abajo, por entre los �rboles, la ciudad estaba lejana, como un planeta que se fuera. En lo alto, Charlie s�lo pod�a percibir la mellada negrura de torres y estructuras. El murmullo del tr�nsito hab�a cesado, dejando la noche a las cigarras.