La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Riendo, Charlie replic�:
-��En el Instituto Femenino de Burton-on-Trent? �Interpretando el papel de Helena de Troya en la sesi�n de tarde dedicada a las jubiladas?
-�He hablado en serio. Quiero saber tu opini�n.
-��Acerca del teatro?
-�Acerca de su utilidad.
Charlie qued� desconcertada ante el inter�s que Joseph mostraba. Parec�a que Joseph esperase mucho, demasiado quiz�, de la respuesta que ella diera. Torpemente, Charlie repuso:
-�Pues s�, estoy de acuerdo. El teatro debiera ser �til. Debiera inducir a la gente a compartir y a sentir. Debiera despertar la sensibilidad de la gente.
-�En consecuencia, �debiera ser realista? �Est�s segura?
-�Estoy segura de que estoy segura.
Como si, siendo as� las cosas, Charlie no tuviera derecho a acusarle de nada, Joseph dijo:
-�Pues eso.
Alegremente, Charlie repiti�:
-�Pues eso.
Charlie decidi�: �Estamos locos. Somos un par de dementes merecedores de un certificado m�dico.� El polic�a los salud� cuando pasaron junto a �l, camino de vuelta a la tierra.
Al principio, Charlie pens� que Joseph le gastaba una broma de mal gusto. Con la salvedad del Mercedes, la carretera estaba desierta, y el Mercedes destacaba en su soledad. En un banco, algo m�s all�, hab�a una pareja bes�ndose. Y nadie m�s hab�a. El color del autom�vil era oscuro, aunque no negro. Se encontraba junto a la zona cubierta de c�sped, y la placa delantera de la matr�cula apenas se distingu�a. A Charlie le hab�an gustado siempre los Mercedes, y por la solidez de �ste pod�a advertir que hab�a sido construido por encargo, as� como tambi�n pudo advertir, gracias a sus antenas y accesorios, que era el juguete favorito de su propietario. Joseph la hab�a cogido del brazo, y hasta que no se encontraron a la altura de la puerta del autom�vil correspondiente al conductor, Charlie no se dio cuenta de que Joseph se dispon�a a abrirla. Vio c�mo Joseph met�a la llave en la cerradura, y que los botones de las cuatro puertas se pon�an simult�neamente en la posici�n de cerradura abierta. A continuaci�n, Joseph la llev� hacia la puerta correspondiente al asiento contiguo al del conductor, mientras Charlie se preguntaba qu� diablos estaba pasando.
Con un despreocupado acento que hizo entrar inmediatamente a Charlie en sospechas, Joseph dijo:
-��No te gusta? �Quieres que encargue otro? Pensaba que ten�as una debilidad por los buenos autom�viles.
-��Lo has alquilado?
-�No. Nos lo han prestado para nuestro viaje.
Joseph manten�a la puerta abierta. Charlie entr� y pregunt�:-�Qui�n te lo ha prestado?
-�Un buen amigo.
-��C�mo se llama?
-�Charlie, por favor, no seas rid�cula. Se llama Herbert. Karl Herbert. �Qu� importa el nombre? �O es que prefieres las igualitarias incomodidades de un Fiat griego?
-��D�nde est� mi equipaje?
-�En el portamaletas. Dimitri lo ha guardado ah�, siguiendo mis instrucciones. �Quieres comprobarlo por ti misma, para quedarte tranquila?
-�No quiero viajar en este coche.
A pesar de ello, Charlie sigui� sentada, y, al instante siguiente, Joseph estaba sentado ante el volante, poniendo el motor en marcha. Joseph se hab�a puesto guantes. Guantes negros, para conducir, con orificios de ventilaci�n. Seguramente los hab�a llevado en el bolsillo y se los hab�a puesto al entrar en el autom�vil. El oro alrededor de sus mu�ecas destacaba en contraste con los negros guantes. Conduc�a de prisa y h�bilmente. Esto tampoco gust� a Charlie. No era �sta la manera en que se conducen los autom�viles de los amigos. La puerta al lado de Charlie estaba cerrada con llave. Joseph hab�a cerrado con llave las cuatro puertas, mediante el mecanismo autom�tico. Hab�a puesto en marcha la radio, que difund�a melanc�lica m�sica griega.
Charlie pregunt�:
-��Qu� debo hacer para abrir esa maldita ventanilla?
Joseph oprimi� un bot�n, y Charlie sinti� el c�lido aire nocturno que le tra�a aroma a resina. Pero Joseph s�lo hab�a bajado el cristal cosa de un par de pulgadas. En voz muy alta, Charlie pregunt�:
-�Lo haces a menudo, �verdad? �Es una de tus aficiones? Me refiero a eso de llevar a se�oras de viaje, con rumbo desconocido, a dos veces la velocidad del sonido.
Joseph no contest�. Con fijeza miraba al frente. �Qui�n es este hombre? �Qui�n es, �oh santo Dios!, como dir�a su maldita madre? La luz inund� el interior del autom�vil. Charlie volvi� la cabeza y vio un par de faros, a unas cien yardas detr�s de ellos, manteni�ndose a esa distancia. Charlie pregunt�:
-��Amigos o enemigos?
La muchacha se estaba acomodando de nuevo en el asiento cuando cay� en la cuenta de otra cosa que su vista hab�a percibido. Se trataba de un blazer rojo, que reposaba en el asiento trasero, con unos botones de lat�n iguales que los botones de lat�n de Nottingham y de York. Y, adem�s, Charlie hubiera apostado cualquier Losa a que el corte de la chaqueta en cuesti�n ten�a cierto aire propio de los a�os veinte.
Pidi� un cigarrillo a Joseph. Este, sin volver la cabeza, dijo: -�Por qu� no miras en la guantera?
Charlie abri� la guantera y vio un paquete de Marlboro. Al lado hab�a un pa�uelo de cuello, de seda, y un par de caras gafas de sol polaroides. Cogi� el pa�uelo y lo olisque�. Ol�a a colonia para hombre. Cogi� un cigarrillo. Con la mano enguantada, Joseph le pas� el incandescente encendedor que extrajo del salpicadero. Charlie dijo:
-�Tu amigo es hombre que viste de una forma muy llamativa, �verdad?
-�Ciertamente. Es verdad. �Por qu� lo dices?
-��Este blazer rojo que hay detr�s es suyo o tuyo?
Joseph, como si estas palabras le hubieran impresionado, dirigi� una r�pida mirada a Charlie y, acto seguido, devolvi� la vista a la carretera. Con calma, mientras aumentaba la velocidad del autom�vil, Joseph repuso:
-�Digamos que es suyo, pero que me lo ha prestado.
-��Y tambi�n le has pedido prestadas las gafas de sol? Pues yo dir�a que las necesitabas, estando sentado tan cerca de las candilejas que casi te confund�as con los actores. Y te llamas Richthoven, �no es eso?
-�Exactamente.
-�Peter es tu nombre de pila, pero prefieres que te llamen Joseph. Vives en Viena, donde comercias un poco y estudias un poco.
Charlie hizo una pausa. Joseph nada dijo. Y Charlie insisti�:
-�Y tienes un apartado de correos, para hacer tus negocios, que es el apartado siete seis dos, de la oficina principal de correos, �verdad?
Charlie vio que Joseph efectuaba un lento movimiento afirmativo con la cabeza, como si de esta manera reconociera la buena memoria de la muchacha. La aguja cuentakil�metros hab�a subido a ciento treinta kil�metros. Anim�ndose, Charlie prosigui�:
-�Nacionalidad no declarada. Eres un sensible individuo de razas cruzadas. Tienes tres hijos y dos esposas. Todos en un apartado de correos.
-�No tengo esposas ni hijos.
-��Nunca has tenido? �0 careces de ellos en estos precisos instantes?
-�Carezco en los precisos instantes.
-�No creas que me importe, Joseph. En realidad, me gustar�a que las tuvieras. Me gustar�a que hubiera cualquier cosa capaz de definirte, en estos instantes. Cualquier cosa. Las chicas somos as�, entrometidas.
Charlie se dio cuenta de que a�n conservaba el pa�uelo de seda entre las manos. Lo arroj� a la guantera, y cerr� el compartimiento violentamente. La carretera era recta, pero muy angosta, y la aguja hab�a alcanzado los ciento cuarenta kil�metros por hora. Charlie sinti� c�mo se le formaba en su interior una sensaci�n de terror que atacaba su calma artificial. Charlie dijo:
-��Te molestar�a mucho decirme algo agradable? �Algo que me tranquilizara un poco?
-�Lo �nico agradable que puedo decirte es que te he mentido lo menos posible, y que dentro de muy poco comprender�s las muchas razones por cuyos m�ritos est�s con nosotros.
R�pida y secamente, Charlie pregunt�:
-��Con nosotros?
Hasta aquel momento, Joseph hab�a sido un hombre solitario. A Charlie no le gust� ni pizca el cambio. Avanzaban hacia una carretera principal, pero Joseph no hab�a reducido velocidad. Vio los faros de dos autom�viles avanzando hacia ellos, y contuvo el aliento, mientras Joseph oprimi� el embrague y el freno al mismo tiempo, y deten�a el Mercedes, dando paso a los dos autom�viles, haci�ndolo con la rapidez precisa para permitir que el coche que los segu�a hiciera lo mismo.