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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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«¡Está bien! ¡Basta por hoy!», oyó decir a Theo, y se retiró de la puerta. Tomó asiento en un rincón y quedó a la espera hasta que Nita salió al vestíbulo cargada con el chelo.

– No me esperes más -le dijo-. Probablemente ha sido un error obligarte a venir con los niños. Tenemos que quedarnos a resolver algunas cosas más, y cuando Theo dice «algunas cosas más» nunca se sabe cuánto se va a tardar. Si no me pueden llevar a casa Gabriel ni Theo, cogeré un taxi -agregó al ver los titubeos de Michael-. No te preocupes, estoy bien. Mientras trabajo me encuentro bien.

Unas horas más tarde, arrodillado junto al cadáver de Gabriel, Michael pensó en algo que no dejaría de atormentarlo durante muchos días. Menos de tres horas mediaron entre el momento en que Michael silbaba el tema principal del primer movimiento del Doble concierto y aquel en que se formulaba la torturante pregunta: ¿podrían haberse desarrollado los acontecimientos de otra forma si no hubiese hecho caso a Nita? ¿Podría haber evitado algo de lo sucedido si se hubiera quedado esperándola en el lugar donde sería asesinado Gabriel van Gelden?

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Morendo cantabile/Morir cantando

El cadáver estaba tendido en el pasillo de detrás del escenario, al pie de un estrecho pilar de hormigón. La mitad superior del cuerpo nadaba en un charco de sangre que había manado de la garganta cercenada. Michael, testigo de muchas escenas espantosas, apenas si posó la vista en la cabeza decapitada. Sólo una estrecha tira de piel de la nuca la conectaba con los hombros. Michael tuvo la impresión de que pendía literalmente de un hilo, a punto de desprenderse y rodar por el pasillo hasta el escenario y, escalón por escalón, hasta la sala.

Mientras giraba la cabeza en otra dirección y reprimía la oleada de náuseas que amenazaba con dominarlo, se le ocurrió que hasta entonces nunca había visto a la víctima de un asesinato poco tiempo antes de su muerte, vivita y coleando, por no decir ya tocando el violín. Era la primera vez que se encontraba junto al cadáver de un hombre con quien había pasado varias horas. Ese pensamiento generó en él una honda inquietud, a la vez que le hacía concebir en el fondo de su mente la idea de que en aquella ocasión todo iba a ser diferente, de que su implicación en el caso era errónea y que tal vez debería solicitar en ese mismo momento la asistencia de alguien… de alguien más que Tzilla, alguna persona que pudiera hacerse cargo del caso si él se venía abajo. Pero ¿por qué iba a venirse abajo?, pensó enfadado. ¿Es que se había venido abajo alguna vez? ¿Qué significaba «venirse abajo» o «derrumbarse»? ¿Significaban esos términos que iba a perder la capacidad para pensar con lógica? ¿Que se iba a desmayar? Cualquiera pensaría que el doliente era él en lugar de Theo o Nita.

Al pensar en Nita -más que un auténtico pensamiento, fue un fugaz aguijonazo que traspasó su revuelto cerebro-, y en la relación de Nita con el hombre al que habían degollado y que ahora nadaba en un charco de sangre, Michael empezó a reponerse. Se obligó a mirar el cadáver. Por segunda vez. Después de la primera ojeada, en un principio imprecisa y desenfocada por el horror, y luego excesivamente personal, aquel segundo vistazo fue distinto. Como sabía de antemano lo que iba a ver, miró a Gabriel como si fuera un cadáver común y corriente, un caso más. En cuanto posó en él la vista, supo que sería capaz de afrontarlo, que el asesinato de Gabriel no era más que un caso que debía resolver. Pero aún no osaba pensar en Nita. Por un instante, vio el rostro de su amiga titilando ante sus ojos, y los cerró queriendo ahuyentarla, como si le dijera: «Ahora no». Como si estuviera rechazando a la fuerza el recuerdo de su existencia, y de hecho necesitaba hacer un esfuerzo para olvidarla.

La doctora de la ambulancia Magen David Adom, llamada al lugar de los hechos incluso antes que la policía, se comportaba como si hubiera estado aguardando la llegada de Michael con el único propósito de repetir los gestos de siempre: alzó los brazos con impotencia y los dejó caer sobre sus gruesos muslos.

– Estaba así cuando llegamos. No he podido hacer nada, y no lo he movido, apenas si lo he tocado -dijo, y enseguida pasó a hablar de la reacción de Nita, que describió como un «caso clínico de histeria»-. Se puso a chillar y a chillar. No había manera de hacerla callar -a su descripción afloraron una nota de alarma y un deje condenatorio; repitió varias veces «nunca había visto nada semejante» y concluyó-: Al final le puse una inyección. Estos dos tuvieron que ayudarme a sujetarla -la joven médica señaló a dos chicos adolescentes que esperaban en el angosto pasillo, junto a los armarios metálicos que bloqueaban el acceso a la zona más espaciosa del edificio, donde estaban los despachos de los músicos y del director-. Son voluntarios. Nunca habían visto algo así -dijo en tono de reproche-. A los dieciséis años no se está preparado para esto -uno de los chicos tenía una sonrisa petrificada en el pálido semblante y el otro estaba de espaldas, recostado contra un armario.

El concertino dobló la esquina del pasillo, pasó como mejor pudo junto a los armarios metálicos y se les acercó bamboleándose. También él volvió la cabeza al pasar junto al cadáver. Había sido él quien había llamado a la ambulancia y a la policía.

– No sabía… no sabía si estaba realmente muerto, y pensé que lo primero era tratar de salvarle la vida -se excusó.

Al otro lado del fino tabique de atrás del escenario se oyeron unas fuertes pisadas. Resollante, jadeando, llegó el forense del laboratorio. «Si hasta su respiración suena como un canturreo», pensó Michael desganadamente al ver que el forense de guardia era Eliyahu Solomon. Dos peritos del laboratorio lo seguían a buen paso. Michael se preguntó si dos serían suficientes. Se maravilló de la rapidez con que habían llegado.

A él, los embotellamientos del tráfico le habían obstaculizado el camino en la calle del Rey David y lo habían obligado a poner en marcha la sirena en el semáforo de Mamilla. Mientras avanzaba a trancas y barrancas hacia el auditorio, contempló con la perplejidad habitual las estructuras de los edificios de lujo que estaban sustituyendo a las casas demolidas de aquel barrio. Cuando se detenía en el cruce de Mamilla, nunca dejaba de asaltarlo el asombro, acompañado a veces de una cierta repugnancia, ante los cambios de la perspectiva que se ofrecía a la vista más allá del semáforo. Echó una ojeada al cementerio musulmán, a su izquierda, y al «Palacio» -el imponente edificio redondo que albergaba el Ministerio de Comercio e Industria-, a su derecha, y, reconfortado por su supervivencia, fijó la vista al frente. Llevaba meses observando la destrucción sistemática de las viejas casas. De la quema se había salvado un edificio visitado en su día por Theodor Herzl, que ahora se diría el único diente original de la boca de un anciano en medio de una falsa dentadura reluciente: todos aquellos edificios nuevos que surgían tras un gran cartel anunciador del «Pueblo de David».

Le habían avisado por radio cuando ya iba de camino al barrio ruso, después de dejar a los niños con la canguro de las tardes. Recibió la llamada en el cruce de Mamilla, cuando observaba las pegatinas que proclamaban EL PUEBLO ESTÁ CON EL GOLÁN y SAMARIA ESTÁ AQUÍ desde la ventanilla trasera del coche de delante. El conductor se apresuraba en ese momento a subir la ventanilla para protegerse de la cascada de improperios vertida por una mujer andrajosa, la mendiga a quien se conocía como la Loca de Mamilla y que ejercía su oficio entre los coches detenidos en los semáforos, alargando la mugrienta mano hacia los conductores mientras hacía muecas con su boca desdentada y rezongaba. Michael sintió verdadero pánico al oír la dirección que, siguiendo órdenes de Shorer, le transmitía la telefonista.

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