La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Cuando llegaron al salón, Joana se sentó en una de las sillas que estaban alineadas junto a la pared y miró a su alrededor con los ojos muy abiertos.
– ¡Esto es… increíble! Por fuera Boavista es impresionante, pero no puedes imaginar lo que te espera aquí dentro. Creía que todo sería más rústico.
Su mirada se deslizó por las paredes elegantemente empapeladas, las escayolas trabajadas en forma de filigrana y el magnífico rosetón en cuyo centro colgaba una gigantesca araña de cristal. Luego se inclinó hacia delante para ver la habitación de al lado a través de la puerta abierta.
– ¡Fantástico!
Joana se puso de pie, fue hasta el comedor y también allí se quedó asombrada. En las paredes no había pinturas enmarcadas, como en el salón, sino que estaban decoradas con pinturas murales que mostraban idílicas escenas campestres y de caza en tonos pastel. Esto le confería a la habitación un aire de ensueño, de cuento.
– Normalmente esto tiene otro aspecto -dijo Vitória-. Espera a conocer el comedor como es en realidad. Ahora, sin las alfombras y con las sillas amontonadas y las mesas sin cubrir no resulta muy acogedor.
– No, no. -A Joana se le había olvidado ya el cansancio del viaje, pues no paraba de dar vueltas loca de alegría haciendo volar su falda-. ¡Ay, Vita! No puedo creer que algún día seré la señora de una casa tan noble.
¿Qué? ¿Había oído bien? Vitória miró a Joana boquiabierta. Nunca se lo había planteado: algún día Pedro sería el señor de Boavista, y su esposa tendría la última palabra. Ella, Vitória, que había crecido en la fazenda, que se había ocupado de todo durante años, que amaba Boavista de corazón, sería degradada y pasaría a ser una figura marginal. Como mujer casada sería bienvenida como visita; como hermana y cuñada soltera en el mejor de los casos sería aceptada si se hacía cargo del cuidado de los padres ancianos.
– Vita, lo siento. Se me ha escapado. Yo…
– Está bien, Joana. Tienes razón. Yo no había pensado nunca en ello, y la idea ha sido para mí tan nueva e increíble como para ti. Pero en Boavista hay cabida para todos.
¿Era verdad eso? Sí, había sitio suficiente. Y también había trabajo suficiente para que cada uno encontrara su hueco. ¿Pero quería realmente? ¿Quería dejar el mando en manos de Pedro y su mujer, por muy agradables que le resultaran? ¿Quería someterse a ellos igual que ahora debía cumplir la voluntad de sus padres?
– ¡Voila, un vaso de limonada! -dijo Pedro, sacándola de sus tristes pensamientos-. Como tú no nos ofrecías nada, he asumido yo esa obligación. ¡Por nosotros!
– ¡Por nosotros! -repitieron Joana y Vitória al unísono. Se miraron sonriendo.
– Estoy segura de que esto no será lo único en que vamos a coincidir -dijo Joana, y le guiñó un ojo a Vitória.
Pedro tuvo la impresión de que las dos jóvenes habían hablado sobre algo que no le incumbía a él, pero a pesar de todo respondió a su prometida:
– Seguro. Os parecéis mucho más de lo que imagináis.
¿Sería cierto? ¿Y eso sería bueno? Pero antes de que Vitória pudiera seguir profundizando en estos pensamientos entró Miranda corriendo en la habitación.
– ¡Deprisa, sinhá! ¡Llega el hielo!
Tras la cena, en la que la familia discutió algunos detalles de la fiesta, Joana y Vitória se retiraron juntas a su habitación. Querían examinar los disfraces para ver si se podía mejorar algo. Joana sacó de su maleta una interminable tira de seda dorada y se la enrolló alrededor del cuerpo.
– No irás vestida de mujer de un harén, ¿no? -preguntó Vitória-. No creo que le causaras muy buena impresión a dona Alma.
– No. Espera. -Joana se puso la tela alrededor de la cabeza y se dirigió hacia el tocador-. ¿Tienes carmín?
– Sí, en la bandeja de plata que hay a la derecha del espejo.
Cuando Joana se volvió de nuevo, Vitória reconoció el disfraz. Joana se había pintado un punto rojo en la frente, justo encima de la nariz.
– ¡Vais a ir de maharajá y maharaní!
– Lo has adivinado. Cuando además del sari me ponga las sandalias y las joyas de oro y me pinte los ojos de negro me confundirás con una india de verdad. Y con el turbante y su sable Pedro parece un auténtico maharajá.
– ¡Maravilloso! ¿Cómo se os ha ocurrido?
– ¿No sabías que mi familia vivía antes en la colonia de Goa? En casa tenemos cajas llenas de ropa, adornos, joyas, instrumentos musicales y figuritas de la India. Mis padres se visten con trajes indios.
Vitória sintió curiosidad por los padres de Joana, los futuros suegros de Pedro. Llegarían al día siguiente y se quedarían a dormir en Boavista. Aunque esperaba más ansiosa la llegada de otros invitados. Mejor dicho, de otro invitado.
– ¿A quién más habéis invitado Pedro y tú? ¿Conozco a alguien?
– Vendrán los amigos de Pedro, ya los conoces. Yo, aparte de mi familia, he invitado sólo a dos buenos amigos. Mi vieja amiga Gabriela y mi vecino Conrado, con el que prácticamente he crecido. Estoy segura de que te gustarán.
– ¿Habéis invitado a León?
– Sí, ¿por qué?
– ¡Oh, por nada! He leído muchas cosas sobre él en el periódico, defiende ideas bastante revolucionarias.
Joana sonrió.
– Me ocultas algo, ¿verdad?
Vitória dio la espalda a Joana e hizo como si algo del armario acaparara toda su atención.
– No.
– Déjalo. Realmente no tengo derecho a meterme en tus cosas. Pero si alguna vez necesitas a alguien que te escuche y sea discreto, puedes contar conmigo.
Vitória se volvió de golpe y miró a Joana a los ojos.
– ¿Va a traer a la Viuda Negra?
– Bueno, no sería extraño en él. Pero no, no creo que lo haga. Estoy segura de que quiere centrar en ti toda su atención.
– ¿Cómo…?
– ¿Cómo he llegado a esa conclusión, querida Vita? Os observé en el teatro. Era difícil no ver que ese hombre está totalmente enamorado de ti.
¡Cielos! ¿Habrían notado algo los demás? ¿Todos menos ella? ¿Y era cierto? ¿Se había desbordado la fantasía de Joana, era una de esas mujeres que creen ver enredos románticos en todas partes, incluso allí donde no existe nada de nada?
Joana pareció leerle los pensamientos.
– No, no me lo he imaginado. Y no te preocupes, los demás estaban muy ocupados en sus cosas como para poder notar nada.
– ¡Si fuera verdad! -susurró Vitória, y ni Joana ni ella tuvieron la más mínima duda de que no necesitaban la complicidad de nadie más.
El grueso senhor Alves y su no menos corpulenta mujer fueron los primeros en llegar. Se habían disfrazado de Hänsel y Gretel, y con sus mejillas pintadas de rojo y sus gorritos estaban aún más ridículos que con su vestimenta normal. Pero Vitória tuvo al menos que admitir que tenían valor y no carecían de sentido del humor. Probablemente se hubieran partido de risa en su casa y durante el camino cada vez que se miraban el uno al otro.
– ¡Hänsel, Gretel, bienvenidos! ¡Ya no tendréis que pasar hambre, habéis encontrado la casita de chocolate, y no está la bruja! -exclamó Vitória, recibiendo a sus invitados.
– ¿Hay también alguna taza de café, o está todo en el arbusto todavía? -preguntó el senhor Alves, mirando la falda de Vitória.
– Entrad -les exhortó dona Alma, que también estaba en el vestíbulo recibiendo a los invitados. Se había disfrazado de zarina, y el armiño, bajo el que corría el peligro de derretirse con el fuerte calor del verano, le daba la elegante prestancia de una reina rusa. No entendía el humor que demostraba tener el matrimonio Alves. Si por ella hubiera sido, la fiesta habría tenido un tema que obligara a todos los invitados a vestirse de forma regia.
Un negro, que al igual el resto de los esclavos iba vestido de moro -todos llevaban turbante rojo y verde, babuchas rojas, bombachos verdes y una camisa a rayas rojas y verdes-, llegó con una bandeja llena de copas con champán, vino, agua y zumos de frutas. Los Alves cogieron una copa de champán cada uno y brindaron por sus anfitriones. Luego descubrieron la comida y se centraron inmediatamente en ella.