El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Willie sonrió admirando las curvas carnosas y oscuras de los pechos de Charlaine, el pelo muy corto y rizado teñido de un sorprendente color platino, el pintalabios carmesí que acentuaba sus labios sensuales.
– Ya nos conocemos. Charlaine Kent. Pero todos me llaman Charlie. -Le tendió la mano-. Soy una gran admiradora de tu obra.
Las palabras que todo artista anhela oír. Willie le estrechó la mano y le dedicó su mejor sonrisa.
Charlie se humedeció los labios carmesí con la lengua.
Pero la situación quedó interrumpida cuando Raphael Perez consiguió pasar el brazo por el hombro de Willie, y lo apartó de Schuyler Mills y Charlie Kent. Daba la impresión de que Charlie deseaba clavar uno de sus tacones de aguja en los delicados mocasines de cocodrilo que llevaba Perez.
Willie, que no quería ofender a ninguno de los tres miembros de la plana mayor del mundo del arte, intentó deshacerse de Perez con la máxima cortesía posible pero, cuando dio un paso atrás, tropezó con Amy Schwartz, directora del Museo de Arte Contemporáneo.
Schuyler Mills se abalanzó sobre su jefa, le colocó un brazo sobre el hombro regordete y le plantó un beso en la mejilla.
Inmediatamente, Raphael Perez trató de congraciarse con Schuyler Mills y Amy Schwartz.
– Amy, realmente tengo que hablar contigo sobre tu dimisión -susurró con complicidad-, sobre la posibilidad…
– Por favor, chicos. No estoy trabajando. -Los ojos de Amy iban de uno a otro de sus conservadores, Mills y Perez-. Os dejo para que charléis. -Esbozó una sonrisa forzada y luego observó los dibujos menstruales de Martina y le susurró a Willie-: ¿Has intentado alguna vez pintar con semen? -Se apartó una buena mata de pelo de la cara con la mano regordeta y llena de anillos.
– Sí -afirmó Willie-, pero después de recogerlo tenía la mano demasiado cansada para sostener el pincel.
Amy se desternilló de risa, tomó a Willie por el brazo y lo apartó del gentío.
– Dios mío, esos dos, Mills y Perez, se me van a comer viva. Como si el director cobrara un millón al año.
– Lo importante para Schuyler no es el dinero -susurró Willie-. Para él el arte es lo más importante del mundo. Va a conseguir el puesto, ¿no?
– Mira, Willie. -Amy seguía hablando en susurros-. Sé que Sky te ha apoyado mucho y, sí, es un tipo realmente entregado. A veces tan entregado, si quieres que te sea sincera, que me produce escalofríos. Pero no sé quién va a conseguir el puesto. Y aunque lo supiera no te lo diría. Te colocaría en una situación terrible. Olvídalo, ¿de acuerdo? -Amy alzó la vista. Mills y Perez se habían acercado y la estaban mirando-. Oh, cielos -dijo ella.
Pero Charlie Kent también se acercó, le rodeó los hombros con el brazo.
– ¿Tienes cuadros nuevos en tu estudio? -preguntó.
– Sí -dijo Schuyler antes de que Willie tuviera tiempo de abrir la boca-. Pero están todos reservados para mi exposición en el Contemporáneo.
– Bueno, no todos -apuntó Perez-. Está ese cuadro enorme sobre los derechos civiles que no nos interesó.
– ¿Ah, sí? -preguntó Charlie mirando a los conservadores con escarnio-. ¿Y eso por qué?
Perez se pasó los dedos largos por el pelo espeso y oscuro.
– En primer lugar, es demasiado grande. En segundo lugar, el tema me pareció un poco… anticuado.
– ¿Anticuado? -A Charlie Kent le bullían los ojos de indignación-. ¿Me permite que le recuerde, señor Perez, que para los afroamericanos como Willie y yo el movimiento de los derechos civiles no ha terminado, nunca está anticuado? -Agarró a Willie por el brazo y le preguntó seductoramente-: ¿Exactamente cómo es de grande?
– Grande -respondió Willie, sonriéndole con los ojos-. Una obra importante. He cubierto recortes de imágenes de periódicos viejos de las manifestaciones pro derechos civiles con ceniza y cera y las he clavado en un puñado de cruces de madera quemadas.
– Suena fantástico -opinó Charlie. Se llevó a Willie del brazo y lo apartó de los dos conservadores-. ¿Sabes? -le dijo-. Si estás harto de esto -señaló a Perez y Mills, a la gente-, me encantaría ver ese cuadro… ahora, si puede ser.
Willie condujo a Charlie Kent a la calle.
Un grupo que salía en la MTV estaba bastante exaltado, su rap negro fingido con golpeteos salvajes sonaba a todo volumen en el televisor de lo que Willie consideraba su dormitorio: una tarima de madera y el colchón de una cama, un perchero metálico con ruedas en vez de un armario. Los libros y las revistas estaban apilados, desperdigados: libros sobre arte e historia del arte, sobre todo de temática africana, herencia, cultura y arte tradicional negros, que creaban un rastro interrumpido por todo el loft de ciento cuarenta metros cuadrados en dirección al estudio, donde había más pilas que se elevaban como pequeños templos mayas en equilibrio entre los rollos de lienzo, trozos de madera, metal, tela y objetos varios que Willie utilizaba para crear sus obras.
Charlie Kent pisó con cuidado los trozos de madera y las cajas de clavos, esquivó los pequeños hormigueros de serrín y las pilas de libros.
– ¡Qué pasada! -exclamó-. Me encanta cómo lo usas todo para tus obras. Es pura alquimia. -Colocó la chaqueta en una silla, dejó al descubierto el bustier elástico de color rosa, la suave curva de sus pechos, y se sentó en un taburete delante del enorme cuadro sobre los derechos civiles, cruzó las piernas hacia un lado y luego hacia el otro-. Cielos, el cuadro es incluso mejor de lo que imaginaba. Puro genio. Estoy segura de que a los miembros del consejo del Museo de la Otredad les encantará exponerlo, si a ti te parece bien.
– Oh, por supuesto. -Willie se fijó en las piernas bien torneadas de Charlie, en sus muslos firmes-. Está muy bien que te guste tanto el cuadro -dijo-. Porque, ¿sabes?
Es una de mis obras más importantes. -«Al menos ahora.»
– Oh, sí. Es importante. Y no sólo para los afroamericanos. -Sonrió y se humedeció los labios.
«¿Una insinuación?» Willie le devolvió la sonrisa. «¿Estoy interpretando bien sus movimientos?»
Charlie cambió de postura en el taburete… una imagen fugaz del encaje de sus bragas.
«Oh, sí. Claros como el agua.» Se dispuso a actuar. Una mano sobre el muslo, un beso rápido en la boca carnosa y roja.
Mientras Willie la guiaba por entre las pilas de libros y rollos de lienzo para llegar a la cama, Charlie seguía pensando en el cuadro de Willie, en lo mucho que impresionaría al consejo de administración por su astucia para conseguirlo.
Willie se quitó el jersey por la cabeza. Durante una fracción de segundo, todo oscureció y una imagen se le apareció. «El hermoso rostro de Charlie, los ojos abiertos de par en par, su cuello rodeado de un mar rojo, muy rojo.» -Oh.
– ¿Ocurre algo?
Willie parpadeó. La boca de Charlie, que estaba a tan sólo unos centímetros de la suya, sonreía.
– No, nada. -La tumbó con delicadeza en la cama.
Charlie se despojó de la escueta minifalda contoneándose y luego de las bragas de encaje.
– ¿Cuándo podemos recogerlo? -preguntó.
– ¿Qué?
– El cuadro. Para el museo.
– Oh, ya. -Rodó hacia el otro extremo de la cama y tomó su agenda electrónica-. Vamos a ver, lo fotografían el jueves, así que a partir de entonces me va bien.
– Excelente -dijo ella mientras le desabrochaba el botón superior de los vaqueros negros-. Le diré al secretario del museo que te llame para confirmar la recogida.
Willie la silenció introduciéndole la lengua en la boca, luego la sacó.
– Oh, otra cosa. La pieza tiene que estar en la sala delantera del museo, la principal, ya sabes, porque es muy importante… para nosotros dos. -Se quitó los pantalones-. Y que no se exponga nada más al lado, a no ser que quieras enmarcar algunos bocetos para la pieza. Ya sabes, algo para que el público tenga una visión interna de cómo se creó el cuadro. -Le frotó los pezones erectos con la mano.