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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Un artista lo ha resumido de forma sucinta, «El tipo es un asiduo artista de la muerte». El director de una galería, que ha preferido mantenerse en el anonimato, teme que la fuerza pública de Nueva York muestre cierto desdén hacia los miembros de las comunidades artísticas. Esto ha ocurrido después de que un policía, que realizaba pesquisas sobre el asesinato de Stein, hablara de forma despectiva de los cuadros del artista fallecido.

Se rumorea que la policía de Nueva York ha solicitado los servicios de la ex agente Katherine McKinnon Rothstein, miembro de la alta sociedad, conocida sobre todo por la reciente serie televisiva Vidas de artistas. En One Police Plaza no han confirmado ni desmentido esta información y la señora McKinnon Rothstein no ha querido hacer declaraciones al respecto.

«¡Me cago en la puta!» Kate dejó caer el periódico en el escritorio. Nunca creyó que leería el New York Post con tanta frecuencia.

«¿El artista de la muerte?» Coloca el periódico con cuidado en la mesa.

¿Lo habría descubierto Kate? Contempla el rayo de luz que se cuela por entre las viejas vigas podridas. Eso espera. Si no, sería una pérdida de tiempo. Claro que había sido Kate. ¿Quién más contaba con la información?

De todos modos, no había confiado en que lo averiguara tan rápido.

«Es lista. Más lista que tú.»

Coge el walkman, se pone los cascos minúsculos, pero las voces son más poderosas que cualquier música.

«Idiota idiota idiota idiota idiota…» Se lleva las manos a las orejas. ¡Basta ya!

Diseminadas sobre la mesa, las copias que había hecho, Kate con alas y halo, reproducidas doce veces. Se calma al observarlas, e incluso aleja las voces. De momento.

Últimamente, ha intentado comprender sus sueños, sus pesadillas, a la otra persona que hay en su interior. ¿Un hermano? ¿Un gemelo? Parece que siempre le ha acompañado; al principio pedía con humildad, pero ahora se ha vuelto mucho más intransigente.

Ciclos: aletargado; activo; controlado; violento.

Piensa en ello con suma claridad. No está loco, ni hablar.

¿Cuál de ellos es él? ¿Acaso lo sabe?

Quería enviarle esas cosas. Así se sentía más unido a ella. Y ahora le enviará otra. Coge el rotulador rojo, dibuja un borde en torno a la imagen y, luego, por pura diversión, escribe HOLA en mayúsculas.

Sin embargo, esta vez se trata de un regalo. Para que sepa cuánto le importa ella a él, por haber sido tan inteligente y haber averiguado la primera parte tan rápido. Aunque tampoco era tan difícil dar con la clave, y con su ayuda.

Pero ahora comienza la segunda parte.

Se acabaron los recuerdos. Ahora llegarían las advertencias.

Recorrió la superficie plástica del walkman con los dedos.

¿Lo entendería ella?

Bueno, ése era su problema.

«Cuidado.» Sube el volumen del walkman para ahogar las voces.

¿Para qué tener cuidado cuando se es más listo y afortunado que los demás?

Está acelerado, entusiasmado ante la perspectiva de crear el trailer de los nuevos estrenos.

«Que empiece el juego.»

20

El vestíbulo resultaba claustrofóbico. El aire estaba enrarecido. Kate llamó al apartamento de la parte posterior. Era obvio que había alguien en casa: la televisión estaba alta y se oían risas, gritos y palmadas. O un partido de algo o el programa de Sally Jessy.

No abrían. Kate llamó con más fuerza.

– ¿Quién es?

Kate introdujo como pudo su placa provisional por el hueco de ocho centímetros.

– ¿Señora Prawsinsky? Siento molestarla. Policía.

La mujer soltó la cadena del cerrojo y abrió la puerta. Un metro y medio de altura, o poco más. Kate era mucho más alta que ella. Cejas delineadas con el lápiz de ojos, párpados con sombra turquesa, labios escarlata al estilo de Lucille Ball. Cabello rubio paja bien sujeto con horquillas al cuero cabelludo como si fueran caracoles anémicos.

– Ya he hablado con la policía -dijo la mujer-. Con muchos policías. ¿Quiere que invente algo nuevo que contarle?

– Sólo necesito hacerle unas preguntas más.

– Pues pregunte. -La mujer mayor cruzó los brazos sobre la bata floreada.

– Dijo que había visto a un hombre de color aquí, en el edificio.

La mujer se limitó a asentir.

– ¿Podría describir al hombre?

– Querida, ¿usted es capaz de distinguirlos?

Kate reprimió las ganas de soltarle un bofetón. Pero no, tenía un trabajo que cumplir y no consistía precisamente en pronunciar un sermón sobre la diversidad cultural. Estaba ante una mujer sola, tenía que ser consciente de eso.

– Señora Prawsinsky -dijo con ternura-. Usted es una mujer sola que vive en un barrio conflictivo. Lo entiendo.

– Querida, no sabe ni la mitad… -dijo con su acento europeo.

– Oh, sí que lo sé -repuso Kate con paciencia-. Por eso estoy convencida de que tiene que ser sumamente cuidadosa. -Dedicó una mirada aleccionadora a la mujer-. Noto que es usted una mujer muy observadora. ¿Hay algo, cualquier cosa, que recuerde de ese desconocido que estuvo en el edificio? Me refiero a si era joven, viejo, alto, bajo…

La mujer cerró los ojos, frunció sus labios finos. El pintalabios carmesí se convirtió en rayas verticales.

– De estatura media.

– ¿Lo ve? Lo recuerda. Es fantástico. -«¿Media? Eso no me sirve absolutamente de nada»-. ¿Qué más?

– Yo diría que tenía entre treinta y cuarenta años. Y… -Volvió a entornar los ojos-. Delgado. Muy delgado. -Abrió los ojos, sonrió enorgulleciéndose de sí misma.

– Me ha resultado de gran ayuda, señora Prawsinsky. -Kate se sintió aliviada. La descripción eliminaba a Willie: era joven, bajito y fornido-. ¿Qué más? ¿Tenía algo característico? Ya sabe, algo especial.

– ¿Qué quiere decir con eso de especial, querida?

– ¿Cicatrices? ¿Cojera? Algo así.

La mujer negó con la cabeza.

– No. Nada. Pero… ahora le veo la cara. -Volvió a entornar los ojos, concentrada.

– ¿Y?

– Hummm… Fue un par de noches antes de que encontraran a la chica. Era de noche, tarde. Lo sé porque estaba viendo Nick at Nite. ¿La conoce? La cadena de los clásicos. Es mi preferida.

– Oh, claro… -Kate respiró hondo-. A mí también me gusta.

Se obró el milagro. Al cabo de unos minutos Kate estaba en la atestada salita de estar de la señora Prawsinsky, que tenía la misma disposición que la de Elena. Pero donde ella tenía el escritorio, como punto central del espartano apartamento, la señora Prawsinsky había colocado un televisor en color de veintidós pulgadas, cuyo brillo estático proyectaba rododendros gigantes y hacía que las fundas de plástico adoptaran tonos eléctricos relucientes. Kate se acomodó en el sofá con funda de la señora Prawsinsky mientras sostenía una taza de té Lipton poco cargado en las rodillas.

– Yo lo veo todas las noches -afirmó la señora Prawsinsky-. El show de Lucy, Embrujada… -Levantó un azucarero lleno de paquetes de sacarina-. ¿Un poco de azúcar, querida? -Kate rechazó su oferta-. Me encanta la madre, ¿sabe? Agnes Moorehead. Mi amiga Bunny, que en paz descanse, decía que me parezco a ella, a Agnes Moorehead, en Embrujada. -Levantó el mentón, se hizo la interesante.

Kate corroboró la opinión de Bunny. La señora Prawsinsky soltó una risotada, pero estaba claramente halagada.

– De todos modos, no estaba viendo Embrujada sino El show de Dick van Dyke. El viejo, en el que Mary Tyler Moore hace de su esposa antes de que tuviera programa propio. Su programa también era muy bueno, pero no tanto como el de Dick van Dyke.

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