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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Kate le pidió a Calloway que le enviara el retrato robot por fax a su casa. Necesitaba descansar. Tiempo para pensar con tranquilidad. Le dio una palmadita a la señora Prawsinsky en la muñeca.

– La llevarán a casa. -Miró a Calloway. Tenía el ceño fruncido-. Tómese su tiempo -dijo-. Ya veo que Calloway es un hombre muy paciente.

El tipo era casi tan discreto como la peluca de Andy Warhol, pensó Kate, con la gorra de béisbol al revés, caminando frenético, con la mirada apuntando a uno y otro lado casi como si gritara «soy poli», ahí, enfrente de una de las direcciones más llamativas y elegantes de Central Park West, en Nueva York.

Kate saludó con un movimiento de cabeza al policía de paisano que el departamento había apostado frente al San Remo. Él le devolvió el saludo sin alzar la mirada, siguió caminando. El portero le dedicó una mirada que venía a decir algo así como «piérdase porque está estropeando el barrio», pero le sonrió.

¿Los vecinos se habían fijado en él? Era bastante difícil no verlo. Justo lo que necesitaba, algo más para recordar a la comunidad de propietarios que llamaba demasiado la atención.

Cuando disfrutó de la seguridad que le ofrecía su apartamento, Kate se quitó los zapatos con ayuda de los pies, dejó caer la chaqueta en una silla y fue arrastrando los pies por el pasillo del ático sin molestarse en encender las luces.

Se quitó los pantalones de sport y la blusa, los dejó en el suelo del dormitorio, entró sin hacer ruido en el cuarto de baño y evitó el espejo… ¿quién necesitaba una prueba de que estaba hecha una ruina?

Una vez en la ducha, se masajeó con una esponja llena de gel de ducha espumoso el cardenal que le estaba saliendo en el codo derecho, luego los nudillos raspados de ambas manos, el cardenal del color del arco iris que asomaba por la rodilla. «Gracias, Wally.»

Necesitaba recobrar la compostura, debía reunirse con Richard en ese nuevo restaurante del que todo el mundo hablaba y en el que nadie conseguía hacer una reserva.

Comprobó el fax. Todavía nada. La señora Prawsinsky debía de estar volviendo loco a Calloway.

Regresó al dormitorio y empezó a escribir los comentarios del encuentro: el hombre negro en la escalera la noche del asesinato de Elena. ¿Se trataba del tipo que el gordo Wally había visto con Elena? Bostezó. Anotó otro comentario. Volvió a bostezar. Tal vez una siestecita de cinco minutos. Descolgó el teléfono y lo colocó bajo una almohada.

Marilyn Monroe, lanzando una mirada lasciva, no muy humana, los labios como terciopelo superpuesto. El cojín de la calle Catorce, en el suelo del apartamento de Elena, se va enfocando, la estancia que la rodea es oscura, está mal ventilada. Elena tiene el rostro quieto. Los ojos fijos. Sangre en la mejilla. Kate observa los remolinos carmesí. Luego, desde algún lugar de detrás de las paredes del apartamento oye su nombre. Primero suavemente, luego más alto.

– Kate. Kate.

El rostro de Richard sustituyó al de Elena.

– Oh, Richard. -Kate se frotó los ojos-. ¿Qué hora es? -Se notaba el cuerpo denso, abotargado por el sueño.

– Casi las once.

– Oh. Debo de haberme quedado dormida… -Kate le tocó la mejilla-. Lo siento.

– Bueno, ha sido bastante bochornoso.

– ¿Por qué no me has llamado?

– Te he estado llamando. Un montón de veces.

– Oh… claro. -Kate sacó el auricular de debajo de la almohada-. Perdón otra vez.

– ¿Y el móvil?

– En el bolso, en la entrada. -Kate esbozó una sonrisa avergonzada.

Richard se apartó, se quitó la americana Hugo Boss, la dejó en una percha acolchada de su vestidor.

– Y yo venga a decir: «Mi mujer aparecerá de un momento a otro», hasta la hora del postre, que, por cierto, estaba muy bueno.

– ¿Sabes en cuántas cenas te he esperado y no has aparecido? -Kate imitó una voz ligera y artificial-. «Oh, ¿Richard? Sí, un poco tarde. Creo que es la noche que se tira a la secretaria. Ya me entienden.»

– Bueno, bueno. -Richard exhaló un suspiro-. Pero estaba preocupado y estas cenas son importantes, Kate… y quiero que estés conmigo. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Kate esbozó una sonrisa.

– Dame un poco de tiempo, ¿de acuerdo?

Richard volvió a suspirar, se acercó al borde de la cama, le tocó el cardenal del codo, los nudillos raspados.

– ¿Qué te has hecho?

Kate negó con la cabeza.

– No es nada.

– ¿Nada? Parece que te ha atropellado un camión.

Kate se incorporó, se pasó los dedos por el pelo, se tapó las rodillas con el albornoz. No hacía falta que le viera todos los moratones de golpe.

– Parece peor de lo que es. Me he dado un golpe, eso es todo.

– O algo te dio un golpe a ti. -Richard frunció el ceño-. ¿Trabajo policial?

– Más o menos.

– Hace diez años creí que deseabas con todas tus fuerzas dejar el trabajo de policía, que estabas ansiosa por casarte y volver a dedicarte a la historia del arte.

– Eso fue entonces. Y volveré a ello, y a nuestras cenas, y vida social y todo lo demás. Pero necesito dedicarme a esto. -Kate se calló-. Por Elena.

– Ya sé que la echas de menos. -Richard suavizó el tono-. Yo también.

– ¿Ah, sí? -Kate no pudo evitar adoptar un tono desafiante-. Porque no la has mencionado ni una sola vez desde que ocurrió. -Cruzó los brazos sobre el pecho.

– Pensaba que te disgustaría -dijo mientras le ponía una mano en el brazo.

– ¿Hablar de cómo me sentía? -Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Richard la tomó de la mano, la dobló entre las suyas.

– Lo siento, cariño. De verdad que lo siento.

Kate reprimió las lágrimas.

– Créeme, a mí también me gustaría que todo volviera a ser como antes, pero no puede ser, Richard. No puede ser. -Se apartó y empezó a cambiar el albornoz por un pijama de seda.

– Lo siento. -Richard hizo un ovillo de su camisa de algodón egipcio y la lanzó al canasto de mimbre del vestidor.

Kate consiguió cambiar de tema.

– Richard, ¿tú crees que es posible que Bill Pruitt traficara con obras de arte robadas?

Richard salió sobresaltado del vestidor.

– ¿Qué?

– Winnie Pruitt dijo que su hijo tenía un retablo italiano que podría ser robado.

– ¿Winnie dijo que él lo robó?

– No. Sólo que lo tenía.

Richard se puso unos pantalones de pijama de algodón a rayas, tiró con tal fuerza del cordón de la cinturilla que el elástico se le rompió.

– ¡Menuda mierda de ropa barata!

– Cálmate. -Kate se colocó bajo el edredón blanco y esponjoso, se frotó los dedos de los pies contra las suaves sábanas de algodón. Richard parecía casi tan tenso como ella. Lo observó mientras tiraba los pantalones de pijama rotos a un rincón y se ponía unos calzoncillos tipo bóxer a rayas-. ¿Y qué me dices de Pruitt? ¿Crees que puede ser?

Richard bostezó.

– Estoy cansado. ¿Podemos hablar de Bill Pruitt en otro momento?

21

El centro neurálgico del mundo ya no estaba en el SoHo, sino en Chelsea; una franja de terreno baldío limitada por el río Hudson por un lado y la Décima Avenida por el otro, que se extendía desde Hell's Kitchen hasta el mercado de la carne de la calle Catorce. Los viejos almacenes, concesionarios de automóviles y garajes habían cedido terreno a galerías de arte enormes, tiendas de ropa de diseño y los nuevos restaurantes más a la última. La transformación, que todavía seguía, se propagaba más deprisa que los hongos en la selva. Dejando de lado la ausencia total de transporte público (de todos modos los habituales del mundo del arte tenían debilidad por los taxis y los chóferes privados), aquí había calles amplias y vistas de postal del río Hudson, aunque persistían ciertos problemas. Fuera de las horas punta, muchas de las calles entre la 20 y la 30 Oeste estaban tan desoladas que daban la impresión de encontrarse en tierra de nadie. Luego estaba el olor. Colonia del mercado de la carne: un buqué especialmente nocivo que se adhería a la garganta, lo cual hacía difícil tragar sin vomitar. Pero daba igual. En uno o dos años esas calles solitarias estarían repletas de tiendas de ropa y calzado, locales de decoración, bares de copas, y cada vez más restaurantes; y los carniceros al por mayor, incapaces de pagar los alquileres desorbitados que las grandes galerías de arte pueden pagar, trasladarían las reses a Long Island City o Secaucus. Y luego, transcurrida otra década, cuando las calles estuvieran tan atiborradas de tiendas y turistas que la gente dejara de mirar el arte, bueno, pues el mundo del arte se limitaría a trasladarse.

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