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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– Es demasiado pequeño -declaró Kate enderezándose.

Cross extrajo la película del aparato de montaje y la colocó en un casete.

– Tome -dijo-. Llévela a una de las salas de visionado. Justo al lado.

No era precisamente como el Cineplex del barrio. Una sala de nueve por diez metros. La pintura desconchada. Lámparas fluorescentes. Tres televisores en unos soportes. Seis sillas de metal para los espectadores.

Kate introdujo la cinta en un reproductor de vídeo, no se molestó en sentarse. Notaba un ligero zumbido en la cabeza, los músculos tensos. Tenía que reconocer que estaba excitada por ver lo que le había enviado. Pulsó el botón de puesta en marcha.

Un minuto más o menos de ese viejo fotograma policial, el diagrama de una sala, algo salido de un manual antiguo. Luego un cambio brusco. Mala calidad de color. Iluminación poco profesional. Pero era una mujer, estaba claro, y completamente desnuda, masturbándose. Luego, durante unos tres segundos, su rostro, bien enfocado.

Kate se tambaleó hacia atrás. «No puede ser.»

Volvió a aparecer el dichoso diagrama de la policía.

Kate tardó unos segundos en inclinarse hacia delante, darle al botón de retroceso y luego al de puesta en marcha.

«Elena.»

Kate paró la cinta, se dejó caer en una de las sillas de metal rígido, se quedó mirando la pantalla en blanco.

«¿Qué es esto?» ¿Y cómo se lo había enviado a ella? ¿Había estado espiando a Elena, grabándola en secreto?

Tenía que verlo otra vez. Pero ahora a cámara lenta.

Insoportable. Los veinte segundos se convirtieron en un minuto eterno.

Kate analizó los detalles. No era el apartamento de Elena. De eso estaba segura.

Lo reprodujo una y otra vez.

Elena. La habitación. La cama. Y justo al final, antes de que apareciera el dichoso diagrama de la policía, se veía la sombra de un hombre que entraba en el fotograma. Kate lo reprodujo doce veces más para ver si lo identificaba, pero era imposible.

Observó la fotocopia que tenía entre las manos: el halo, las alas, el rotulador rojo, HOLA. Pero no detectaba nada más. Esos veinte segundos de película se le habían quedado grabados en el cerebro.

No parecía que Elena estuviera bajo presión para actuar. Ni estaba sola.

«¿Qué es esto?» ¿Una especie de cinta porno? A lo mejor era un vídeo casero, algo que Elena había grabado con un novio. Ésa era la excusa más convincente que se le ocurría a Kate. Pero entonces, ¿cómo era posible que él, fuera quien fuese, se la enviara a ella?

La lista de parafernalia sexual de Ethan Stein se le apareció fugazmente en el fondo de la mente, luego la capucha sadomasoquista de cuero de Pruitt y las cintas porno.

A Kate no le gustaba establecer relaciones entre Elena y esos dos, ni consciente ni inconscientemente. Hasta que supiera de qué se trataba exactamente, no desvelaría información sobre la cinta. Prefería no tener que leer sobre el tema en el New York Post.

Necesitaba respuestas.

Willie. Tenía que ver a Willie.

23

Para Kate, el estudio de Willie era como un laboratorio, irregular y descuidado, pero un laboratorio de todos modos. Una mesa larga llena de decenas de tubos de pintura a medio exprimir, pinceles de todos los tamaños, espátulas, botellas de óleos, aguarrás, barniz y resinas.

– ¿Te importa si sigo pintando?

Willie arrastró su paleta sobre ruedas -un carrito de té transformado y cubierto con una losa de cristal, la mitad de la cual estaba recubierta de hormigueros de pintura al óleo seca y medio seca- hacia el cuadro en el que estaba trabajando.

– Si no te importa que te mire… -Kate apartó un par de trapos llenos de óleo de una vieja silla tapizada.

– Cuidado. A lo mejor hay pintura en esa silla.

Kate se encogió de hombros. La ropa era lo último que le importaba en ese momento. Observó el lienzo grande y sin pintar, con unas indicaciones aproximadas de las formas en carboncillo.

– ¿Esta obra es para alguna exposición en concreto?

– Si la acabo, para la exposición del Contemporáneo de este verano. -Willie exprimió unas gotas de pintura roja y blanca en la paleta de cristal-. Mis dos obras para la Bienal de Venecia se despacharon el otro día. Irás a Venecia, ¿no?

– Sí, claro.

– Perfecto.

Willie hizo girar un pincel de cerdas blanco entre la pintura rojo cremosa y blanca titanio, los dos colores esposados momentáneamente en un motivo ondulante de franjas antes de que cada uno de ellos adoptara una identidad propia para formar un rosa suntuoso.

– He intentado encontrarle un sentido a la muerte de Elena -dijo.

– No sé si es posible.

– Para mí, la única forma de encontrarle sentido a algo, y quizá suene mal o pretencioso, no sé, es a través de mi obra.

– Los artistas siempre intentan arreglar su mundo destrozado con el arte -dijo Kate-. Y tienes suerte de contar con tu arte. Créeme.

Willie acercó el pincel cargado al lienzo, al principio con cuidado, luego restregándolo arriba y abajo, adelante y atrás, como si deseara aplicar la pintura en el interior del lienzo en vez de sobre el mismo. Un rostro empezó a tomar forma.

– A lo mejor es que he intentado compensar algo, mi infancia, ya sabes, como si pudiera arreglar algo siendo artista.

Dejó el pincel, desenroscó el tapón de un frasco, vertió un líquido untuoso y denso en una botella de cuello ancho. Aceite de linaza. Kate lo reconoció por el color dorado y el olor característico: aceitoso y dulce. Luego añadió barniz dammar, amarillo pálido, como el vino blanco; una gota de secador de cobalto y, por último, aguarrás. Volvió a taponar bien la botella y lo agitó con cuidado para formar una emulsión.

Verdaderamente es un laboratorio, pensó Kate. Le había visto hacer aquello con anterioridad, y también a otros pintores, aquella creación del diluyente de un pintor; la mezcla característica que creaban para añadir a su pintura o pigmentos secos para ayudarles a conseguir el efecto deseado: resbaladizo o seco, graso o fino.

– Muy idealista, ¿no? -dijo Willie.

– El idealismo es bueno, Willie. -¿Podría Kate seguir conservando el suyo?

Willie vertió un poco del diluyente recién mezclado en una lata de metal limpia, sumergió el pincel en ella y esta vez, cuando lo colocó sobre el lienzo, la pintura se deslizó, traslúcida, luminosa. Luego, con otro pincel, delineó la silueta rosa con negro azabache, dio un paso atrás para observarla unos segundos y entonces agarró un trapo y la borró, aunque quedaron restos de negro en el interior y alrededor del óvalo rosa, rasgos fantasmagóricos de lo que había sido: arrepentimiento instantáneo.

A Kate le fascinaba el proceso, siempre le había fascinado esa magia llamada pintura. Era la primera vez desde hacía varios días que sentía algo que no fuera dolor, angustia o desconfianza.

– Pero no hay forma de arreglar lo que le ocurrió a Elena con mi arte. Es como si crear arte ya no tuviera una función. -De pronto dejó de trabajar y soltó el pincel sobre la paleta.

– Ahora escúchame -le dijo Kate-. No puedes cambiar lo ocurrido, pero puedo decirte que si Elena estuviera aquí te diría que siguieras pintando. Sentía lo mismo que tú, Willie. Mira: tu trabajo consiste en pintar los mejores cuadros posible. El mío es descubrir qué le ocurrió a Elena.

– ¿Lo descubrirás?

Kate se recostó en el asiento, permaneció en silencio unos minutos.

– Sí -dijo al final-. Creo que sí.

Willie tomó otro pincel, examinó las cerdas dobladas, lo lanzó hacia un gran cubo de basura metálico y falló. El pincel se deslizó por el suelo del estudio.

– ¿Y conseguirás quitarme a la policía de encima?

Kate rebuscó en el bolso, desdobló el retrato robot que había hecho Calloway.

– Esto debería hacerte sentir mejor. El hombre que la policía está buscando. Fue visto entrando en el apartamento. ¿Te resulta familiar?

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