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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– La verdad, señora Prawsinsky, nunca superé la boda de Rhoda. Siempre pensé que ese tipo, Joe, no era bueno para ella.

– ¡Oh, sí! Cuánta razón tiene. Vaya error. Tenía que haberse ido a vivir encima de Mary. Con lo buenas amigas que eran, esas dos. Adorables.

– Entonces… -Kate tomó aire-. ¿Estaba viendo Dick van Dyke y vio al hombre…?

– Sí. -La mujer había contraído todo el rostro. Una ciruela, no una pasa, pensó Kate-. Déjeme que empiece por el principio. Ahora lo recuerdo. Creí que lo había olvidado pero… déjeme pensar.

– Bien, haga un esfuerzo. -Kate intentó no suspirar demasiado fuerte-. Tómese su tiempo, señora Prawsinsky. -Dio golpecitos en la taza de té con las uñas.

– Fue antes. Mucho antes. Debió de ser cuando Taxi. No me gusta tanto como Embrujada o Dick van Dyke o ni siquiera Jeannie, pero ese tipo bajito, Louis, es muy gracioso.

– Oh, sí. Divertidísimo -la alentó Kate-. ¿Fue antes? ¿A qué se refiere con lo de antes?

– Oí un ruido. Como un estrépito. Procedente de arriba. Como si alguien se hubiera caído o hubieran dejado caer algo pesado.

– ¿Y fue a mirar?

– No. -Blandió un dedo huesudo hacia Kate-. No se me adelante, querida. No. Oí el ruido en medio de Taxi. Un golpe seco. Tenía que ser del apartamento de la chica porque en el segundo no vive nadie. No me preocupó demasiado. Seguí mirando Taxi. Al cabo de un minuto otro golpe. Y otro más. Me acerqué a la puerta y me asomé. Nada. Pensé que a lo mejor eran imaginaciones mías.

– ¿Y luego?

– ¿Luego? Nada. Taxi se acabó. Empecé a ver Dick van Dyke. El capítulo en que Laura se compra el vestido nuevo pero teme decírselo a Rob porque…

La señora Prawsinsky había puesto la directa. Kate tardó por lo menos diez minutos en volver a encauzar la conversación.

– Me levanté para apagar la luz, ahí. -Señaló la pantalla de papel hecha trizas que cubría una bombilla justo por encima de la puerta-. Me gusta tenerla siempre encendida. Para ahuyentar a los ladrones. Pero me molestaba a la vista, me costaba ver la tele. Así que me levanté para apagarla y oí un golpe en la puerta de la calle. Como si alguien acabara de cerrarla de un portazo. Pero lo había oído al revés. -Se calló, hizo una pausa teatral, arqueó una de las cejas delineadas con lápiz.

– ¿Qué quiere decir con «al revés»?

– El hombre entraba, querida, no salía. La puerta de la calle, ¿sabe?, se abrió de un portazo. Golpeó en la pared. Bang. Por eso abrí mi puerta muy, muy despacio y di unos pasos hacia el vestíbulo y ahí vi al hombre de color, como se lo he descrito, delgado, en las escaleras. Estaba subiendo y, mire, querida, se lo enseñaré.

La señora Prawsinsky la condujo al vestíbulo.

– Ahora agáchese para que esté como a mi altura, querida. Ahora mire.

Kate la obedeció; estaba prácticamente de rodillas y a no más de un metro de la escalera.

– Estaba en el primero o quizá segundo escalón cuando miré. Cara a cara. -Se llevó una mano a la mejilla, negó con la cabeza-. Oh, sí. No se lo imagina. Pensé que me iba a morir. ¡Un desconocido! ¡Un hombre de color! ¡En las escaleras! ¡En plena noche!

– ¿Y qué ocurrió?

– ¿Ocurrir? Nada. Ni siquiera me miró. Como si hubiera tomado algo, ¿sabe a qué me refiero? Drogas -susurró-. Así que entré a toda prisa en mi apartamento y cerré la puerta, rápido.

– ¿Oyó algún ruido después de eso? ¿Más estrépito arriba? ¿Alguna pelea?

– Nada. El ruido, los golpes, querida, fueron antes, ¿recuerda?

Kate pensó que recordaba más del episodio de Dick van Dyke, pero asintió.

– A decir verdad, pensé que no era asunto mío. Los jóvenes de hoy día. ¿Quién soy yo para juzgarlos? De todos modos… -Se inclinó hacia Kate, quien seguía agachada y ya le había empezado a doler la espalda-. La chica era hispana, ¿sabe? Así que…

Kate se levantó.

– Señora Prawsinsky, ¿vio a algún otro hombre que visitara a la señorita Solana?

– ¿Esa noche, querida?

– ¿En general?

– Déjeme pensar. -Volvió a poner cara de ciruela-. Sí. Su amigo. También de color.

– Pero no fue el que vio aquella noche.

– Oh, no. El amigo es un joven muy educado. Me abre la puerta, como si fuera una reina. -Sonrió encantada-. Una vez incluso me ayudó a llevar la compra. Un joven muy agradable, aunque no entiendo qué se hace en el pelo. -Hizo una mueca.

Aquello fue la confirmación. El tipo de las escaleras no era Willie. Kate se sintió tan aliviada que le habría dado un beso a la mujer racista en su cara de ciruela.

– Señora Prawsinsky, me gustaría que hiciera dos cosas.

– Diga.

– Una, que firme una declaración diciendo que eran dos hombres distintos. Y dos, el otro hombre, al que vio en la escalera, ¿cree que podría describirle la cara a un retratista de la policía?

A la mujer se le encendió la mirada.

– ¿Como en la tele?

– Igual que en Perry Mason.

– Oh, me encanta Della Street.

– ¿Cree que podrá? ¿Describir al hombre?

– Querida, si supiera pintar lo haría yo misma.

Kate ayudó a la señora Prawsinsky a subir el largo tramo de escaleras que conducía a la segunda planta de la comisaría.

La anciana se detuvo a mitad de camino con la mano en la barandilla, jadeando.

– Oh, ¿no hay ascensor?

– ¿Se encuentra bien?

– Estoy bien, querida. -Volvió a detenerse para recobrar el aliento.

«Oh, por favor, no se muera, señora Prawsinsky, la necesito.»

– ¿Seguro que se encuentra bien? -preguntó Kate.

– ¿Por qué? ¿Va a llevarme?

– ¿Bromea? Yo creía que usted iba a llevarme a mí.

La señora Prawsinsky se echó a reír.

– Ésa ha sido buena, querida.

Cuatro retratistas de la policía estaban sentados frente a los ordenadores escuchando a las víctimas, entornando los ojos, añadiendo y quitando barbas y arrugas con sólo pulsar una tecla. Kate no había tenido tiempo de acostumbrarse a los tipos de los ordenadores, pero pensó que ya iba siendo hora. Pronto serían los únicos que quedarían. Quizá fuera porque le interesaba el arte, le gustaba ver el carboncillo en uso, el borrado y los retoques constantes, el cambio de las facciones, el artista, policía o no, ensuciándose los dedos. Aquel día tuvo suerte. Uno de los miembros de una especie en vías de extinción seguía en su puesto.

Una calva incipiente, el rostro cetrino, tendría unos cincuenta y cinco años, los dedos manchados de carboncillo. Según la placa de identificación se llamaba Calloway.

– ¿Está libre? -preguntó Kate.

Calloway frunció el ceño.

– Ya me voy a casa. Son casi las seis.

– Uno más, por favor. -Kate le dedicó la mejor de sus sonrisas-. Estoy en la brigada especial. Con Randy Mead. Daré buenas referencias de usted.

– Ya ve. Me faltan dos meses para jubilarme.

– ¿Y qué me dice de cien pavos?

La miró con suspicacia.

– ¿Es usted de AI o algo así?

– ¿Asuntos Internos? No. Qué va. Estoy desesperada. ¿Qué me dice?

Calloway se sentó, resignado.

Kate le colocó a la señora Prawsinsky delante. Calloway levantó el carboncillo y preguntó:

– ¿Cara oval, cuadrada, redonda?

La anciana levantó el rostro.

– Estaba viendo Dick van Dyke y…

Kate le tendió su tarjeta a Calloway.

– Llámeme cuando esté listo.

La señora Prawsinsky se movió inquieta en el asiento, ansiosa por seguir, le brillaban los ojos estrábicos y de párpados turquesa.

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