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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Sólo había una puerta; era una placa de acero estructural brillante y empapelada con tantos adhesivos de empresas de seguridad como para dar que pensar a cualquiera del tercer piso. Alguien había introducido una tarjeta en un pequeño soporte de metal al lado del timbre.

«¿Películas Amateur?» El nombre le sonaba. Kate tardó un instante en recordar la pila de películas porno que había pertenecido a Bill Pruitt. ¿Coincidencia? Quizá, pero su viejo instinto policial le decía que no.

Kate llamó al timbre.

La pesada puerta de metal se abrió con un chirrido.

Damien Trip tendría unos treinta y cinco años, y el rostro de un ángeclass="underline" la piel muy, muy clara, el pelo rubio y sedoso, unos ojos azules traslúcidos y una cicatriz en el mentón tipo Harrison Ford que le añadía la combinación perfecta de dureza y vulnerabilidad, quizá se la hubiera hecho él mismo. Un cigarrillo, que parecía fuera de lugar en esa cara de querubín, le colgaba de entre los labios carnosos y suaves.

El tipo rubio que el gordito Wally le había descrito.

Willie estrechó la mano de Trip.

Kate hizo lo mismo acto seguido.

– Kate McKinnon Rothstein. La amiga de Elena.

– Kate… McKinnon… Rothstein. Vaya… no me lo puedo creer… -Las palabras parecían rezumar de su interior-. Elena me habló de ti… La mamá perfecta… así es como te llamaba.

¿Había un ligero desdén en sus labios carnosos? Kate no estaba segura. Pero las palabras «mamá perfecta» eran tan agridulces que sintió una punzada de dolor placentero.

Trip la miró con ojos entornados a través del humo que le serpenteaba por los ojos claros. Le estrechó la mano durante unos segundos de más.

– He visto… tu libro -dijo-. Eres como la… diosa del arte para las… masas.

Sí, se estaba burlando. Kate estaba convencida. Pero le sonrió.

Entonces Trip también sonrió. Un error. Tenía la dentadura del color de la arena y el polvo. El ángel caído.

– Tío, no puedo creerlo. Elena… muerta. -Negó con la cabeza lentamente, la sonrisa se iba esfumando de sus labios-. Hacía… meses que no la había visto… seis meses, por lo menos.

– ¿Cómo es eso?

Trip se pasó el dedo por la cicatriz que tenía en el mentón.

– Pues nos… distanciamos.

– ¿Por qué? -inquirió Kate.

Trip vaciló unos instantes y entornó los ojos. Luego le dedicó esa sonrisa de ángel caído.

– A decir verdad, ella sólo hablaba del cedé que estaba grabando y… bueno, yo tenía la impresión de que el puto cedé era más importante para ella que yo… ¿sabes? Una mujer… muy profesional. No me malinterpretes, Kate. Me refiero a que… me alegraba mucho por ella pero un hombre tiene sus límites… ya sabes.

Willie le lanzó una mirada a Kate con las cejas arqueadas.

Kate asintió y se fijó en lo que parecía una mezcla de despacho y guarida típicos de los sesenta: paredes fucsia, un sofá destartalado de escay; un par de armarios viejos, uno pintado de color rosa magnesia, el otro azul cielo; un gran escritorio de madera (que parecía salido de una película de gángsteres de los años treinta) cubierto con docenas de postales artísticas, invitaciones a exposiciones, reproducciones, facturas.

A Kate se le encendió otra lucecita en el cerebro. Lanzó una mirada a las postales y luego intentó leer las facturas al revés. ¿A quién quería engañar? ¿Sin las gafas para leer? Imposible.

– ¿Vives aquí?

Trip se inclinó por delante de ella, apagó el cigarrillo en un cenicero de cerámica grande y lo cambió de sitio, de forma que Kate ya no veía las facturas.

– Trabajamos aquí… principalmente -dijo con su forma de hablar lenta y distraída-. Me refiero a que a veces… nos quedamos a dormir aquí. Cuando es… muy… tarde, ya sabes.

Era como si estuviera dormido en ese momento, o sonámbulo. Claro. Al final Kate se dio cuenta. El tipo iba colocado. No encajaba con su rostro angelical o su ropa de niño bien: una camisa rosa abotonada y unos pantalones caqui impolutos. Si mantenía la boca cerrada, el hombre podía pasar por un anuncio andante de Gap.

– ¿Trabajamos? -preguntó Kate.

– Mis amigos… mis socios.

– Películas Amateur. -Kate sonrió, intentó sonar cariñosa, sincera-. ¿Qué tipo de películas hacéis?

– Experimentales… en su mayoría.

– ¿Siempre has hecho películas?

Trip la miró con suspicacia durante unos instantes.

– No… Fui a la escuela de bellas artes. Pensé que sería… pintor.

– Yo también estudié en la escuela de bellas artes -dijo Willie.

– ¿Sí? Vaya, a mí no me sirvió de mucho. Yo, pues… necesitaba una paleta mayor, no sé si… eh… me entendéis.

«Cineasta. Estudiante de bellas artes. Pornógrafo.»

– ¿A qué escuela de bellas artes fuiste? -preguntó Kate.

Trip volvió a entornar los ojos.

– Eso fue… hace… mucho tiempo. Me refiero a, ¿qué más da?

Kate escudriñó su escritorio, las postales artísticas.

– Pero está claro que todavía te gusta el arte -dijo al tiempo que tomaba una reproducción de una pintura abstracta muy colorista.

– No mucho -dijo Trip-. Recibo… docenas de éstas. Debo de estar… en cien listas de correo.

Kate observó la multitud de postales, tomó otra que le había llamado la atención. Le dio la vuelta, vio el nombre impreso: Ethan Stein, y el título: Luz blanca. La postal le quemaba en la mano.

– ¿Ethan Stein? ¿Lo conoces? -inquirió intentando sonar desenfadada.

– ¿Quién? -Trip se encogió de hombros, miró la postal-. Me parece aburrida.

«¿Entonces por qué la ha guardado?»

– ¿Te importa si me la quedo? -preguntó Kate-. Me gusta su obra.

Trip bostezó de forma exagerada.

Kate no era capaz de distinguir si se trataba de puro teatro o si la hierba lo había dejado completamente colgado.

Trip se sentó al lado del escritorio, puso los pies sobre la mesa, se colocó un Gauloise sin filtro entre los labios y lo encendió.

– Bueno… ¿y lo de la… conmemoración?

– Unos cuantos amigos queremos montar algo -dijo Willie-. Pensamos que te gustaría participar.

– Oh… claro -dijo Trip mientras se extraía una brizna de tabaco de entre los dientes manchados-. Apúntame, tío… para lo que sea. Yo estoy… dispuesto.

Kate miró más allá de Trip hacia una pesada puerta de acero.

– ¿Ahí es donde fluyen todos los jugos creativos?

– En este momento no hay nada -dijo Trip, que pareció recobrar vida.

A Kate le entraron ganas de cruzar la sala de un salto y atravesar la puerta de acero como si fuera Superman. Pero no. Si Trip era su hombre, tenía que actuar con cautela. El conocimiento era poder y en aquel momento no le apetecía regalarlo.

Trip se levantó apoyándose en el escritorio.

– Se está haciendo tarde. Me tengo que marchar.

– ¿Tan pronto? -dijo Kate.

– Tengo una cita -respondió Trip apagando el cigarrillo.

– Nos mantendremos en contacto -declaró ella, al tiempo que deslizaba la postal de Ethan Stein en el bolso.

– ¿Qué? -Trip dirigió la mirada rápidamente de Kate a Willie y luego otra vez a Kate.

– Para lo de la conmemoración. -Kate sonrió.

– Oh, claro. -Trip los empujó hacia la puerta. Se cerró detrás de ellos, acompañada por el sonido de cerrojos y pestillos que se corrían.

– ¿Sabías que Elena estaba grabando un cedé? -preguntó Kate mientras se dirigían hacia el coche.

– Me lo mencionó, pero hace mucho tiempo.

– ¿Con quién lo grababa?

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