El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Willie lanzó un vistazo al retrato y apartó la mirada.
– No conozco a todas las personas negras de la ciudad.
Kate cerró los ojos como si acabaran de darle una bofetada.
– ¿Acaso lo he insinuado?
– Ese boceto podría ser cualquiera, Kate. -Frunció el ceño, tomó otro pincel, lo introdujo en una lata de café llena de aguarrás.
Kate se dio cuenta de que estaba tan susceptible como ella. No le dio mayor importancia, abrió su bloc de notas, repasó el registro de llamadas de Elena, los números cuyos nombres y direcciones ya habían identificado.
– A lo mejor puedes ayudarme a identificar a unas cuantas de estas personas.
Willie dejó el pincel en remojo y se inclinó por encima del hombro de Kate.
– J. Cook. Es Janine. Ya sabes, Janine Cook.
– Por supuesto.
Era una joven que había dejado la fundación sin terminar. Un caso difícil ya en séptimo curso. Una chica por la que Kate nunca llegó a batallar. Entonces ¿por qué incluso ahora se sentía culpable? No podía salvarlos a todos.
– ¿Todavía la ves?
– Antes sí, pero sólo con Elena. Todavía eran amigas.
Kate recogió un trozo de pintura seca del brazo de la silla. Bueno, había llegado el momento. No podía retrasarlo más.
– Willie… -Respiró hondo-. ¿Elena estaba metida en algo…, esto, lascivo?
– ¿Lascivo?
– Ya sabes, sexo.
– ¿Adonde quieres ir a parar, Kate?
– Vi un vídeo…, bueno, medio minuto, de una película, de Elena y parecía una peli porno. Yo… -Quitó la pintura del asiento, la apartó con la mano. Le temblaban los dedos-. Quizá fuera un vídeo casero. Probablemente, pero…
– ¡Joder! -Willie expulsó aire y luego se paró a pensar-. ¿Un vídeo casero, dices? ¿Algo que a lo mejor grabó con un novio?
– Sí, eso es exactamente lo que pensé. -«Lo que quería pensar.» -Bueno, estaba ese tío que era director. Lo vi un par de veces con Elena.
– ¿Recuerdas cómo se llamaba?
– Damien… algo.
Kate le tendió los registros telefónicos de Elena.
Willie se secó las manos con un trapo limpio y luego cogió el papel.
– Trip. Aquí está. D. Trip. Damien. Estudia cinematografía en la Universidad de Nueva York, creo, aunque es un poco mayor para ser estudiante, no sé si me entiendes. Quizá sea de esos que nunca acaban los estudios.
– ¿Cuánto tiempo salieron, él y Elena?
– Unos cuantos meses, quizás. Elena se puso un poco rara con él. Y sé que estaba pensando en cortar, porque me lo dijo.
– ¿Estudiante de cinematografía? -Quizás Elena se lo había mencionado alguna vez. Kate se levantó-. Vamos, hagámosles una visita, a Janine Cook y a Damien Trip. Si me acompañas, parecerá una visita informal.
– Perfecto. Yo soy tu tapadera, ¿no? -A Willie le brillaban los ojos de la emoción.
– Esto no es un capítulo de Ley y orden, Willie. Sígueme el rollo y no digas nada si yo no te lo pido.
El tráfico estaba detenido en la Segunda Avenida. Kate y Willie se desviaron por el East Village.
Kate tuvo la ocasión de visitar los lugares que Elena y ella habían conocido juntas. Media docena de cafeterías polacas con carteles de los años cincuenta. Su preferida era Veselka, donde una taza de café servía de colofón de unas raciones enormes de pirozhki de queso y patata bañados con cebollas fritas y un montón de crema agria; el St. Mark's Café, un local para beatniks nuevos y viejos con sus perillas ralas y los brazos delgados y tatuados. Cuántos lugares, cuántos recuerdos.
Al final, dos manzanas al norte de la esquina de Elena, Kate consiguió girar a la derecha en la Octava, y el tráfico era menos denso. Desde ahí faltaba poco, sólo cuatro manzanas, pero el paisaje cambiaba como si un editor de películas hubiera pegado dos mundos distintos. Aquí lo polaco dejaba paso a lo hispano.
– ¿Estás segura de que la dirección es correcta? -preguntó Willie-. Vamos a acabar en las viviendas subvencionadas.
– Es la que tiene la compañía de teléfonos. ¿Qué dijo Trip cuando lo llamaste?
– Que nos esperaría. Se ha tragado eso del acto en memoria de Elena.
Al pasar Tompkins Square Park, Kate atisbó el destello de un toldo negro con unas letras blancas y grandes en las que ponía SIDEWALK, y un escaparate tan lleno de letreros de neón (Red Dog, Guinness, Rolling Rock) que se fundía en una masa brillante de luz artificial.
– Ahí almorcé con Elena -dijo con voz queda-. Un par de veces.
Estaban de lleno en Alphabet City, el apodo cariñoso, o no tan cariñoso, que distinguía las avenidas A, B, C y D, como si estas calles modestas y abarrotadas no merecieran nombres propios.
La Avenida B estaba llena de gente: gente cargada de bolsas de la compra, empujando carritos de la lavandería, riñendo a los niños. Con las ventanillas bajadas, frases pronunciadas en español, en árabe y en lenguas asiáticas entraban y salían del coche como si los persiguiera un lingüista aquejado del síndrome de Tourette.
– El Poet's Café está a un par de manzanas de aquí. ¿Te acuerdas de cuándo…? -La voz de Willie se fue apagando.
Por supuesto que se acordaba. Ella y Willie fueron al café a presenciar una de las últimas actuaciones de Elena: los poemas vanguardistas de un amigo con música de sintetizador electrónico. Elena cantaba, si es que se podía llamar así a aquella asombrosa abstracción de ejercicios vocales que dejó al público embelesado.
Kate encendió un Marlboro e inhaló el humo hasta el fondo de los pulmones: era imposible que dejara de fumar en un futuro próximo. En el semáforo, bajó la ventanilla de su lado, expulsó el humo al exterior, observó a un hombre hispano y a una mujer negra barriendo las aceras delante de una serie de edificios de tres plantas, cada uno de ellos pintado de un color pastel distinto: verde lima, azul cielo, beige.
– ¿Sabes? A su manera, esta zona también tiene encanto.
– Sí, dicen lo mismo de Watts -repuso Willie.
Kate sintió una punzada de vergüenza.
– Supongo que te puedes apuntar un tanto en el concurso «yo soy guay y tú no eres más que una mujer blanca e ingenua».
Willie se humedeció el dedo índice, se anotó un punto en el aire y se rió.
Pero el encanto que Kate acababa de advertir se estaba acabando. Un solar vacío con coches desguazados lindaba con un muro medio derruido con un mural que parecía haber sido pintado por Diego Rivera colocado de ácido: un Jesucristo de tres metros con unas lágrimas sangrientas que le brotaban de los ojos medio cerrados. Cuando doblaron la esquina, otro mural. Esta vez eran calaveras enormes blancas y negras, cruces y las palabras: EN MEMORIA DE LOS QUE HAN MUERTO. Una imagen sorprendente y espeluznante a la vez.
Kate redujo la velocidad e intentó leer los números de los edificios.
– Trescientos algo -dijo Willie-. Sigue. La casa de Trip debe de estar cerca del final.
Y lo estaba. Al final de todo.
Kate estacionó el vehículo justo enfrente del edificio de ladrillos grises de cinco plantas.
Willie miró con ojos entornados por el parabrisas al otro lado de la Avenida D, hacia el conglomerado descontrolado de bloques como losas que no podía ser otra cosa que un complejo de viviendas subvencionadas.
– Para mí es como estar en casa.
La planta baja del edificio de Trip estaba ocupada por el colmado hispano Arias y un toldo naranja erosionado que daba la vuelta a la esquina y que tenía la palabra MUÉRETE pintada con un aerosol de color rojo brillante.
Por encima de la puerta situada a la derecha del colmado había media docena de timbres, cuyos cables trepaban por la fachada del edificio como hiedra sin hojas. Un auténtico trabajo de bricolaje, pero ninguno tenía nombre. Daba igual, la puerta no estaba cerrada.
El vestíbulo del entresuelo tenía el olor a col agria que parecían compartir esos viejos edificios. La escalera era estrecha y empinada y la disposición de los apartamentos, uno delante, otro detrás, se repetía en cada planta. En las dos primeras, el sonido de los niños y el televisor a todo volumen y las Game Boys. En el tercer piso los apartamentos estaban cerrados con tablas. Pero el cuarto piso era otro mundo.