El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
A Willie no le apetecía ir a una inauguración. Pero su marchante de arte, Amanda Lowe, le había insistido en que fuera y le había recordado que, teniendo en cuenta todas las exposiciones que tenía programadas, estaba obligado a «hacer acto de presencia», para promocionar su propia obra.
Antes de que Willie se convirtiera en artista, creía que ése era el trabajo de ella, que su única misión era crear. ¡Qué equivocado estaba!
De todos modos, los últimos dos días había empezado a sentir que en su estudio le faltaba espacio, el olor a aguarrás le agobiaba.
La Galería Amanda Lowe, al final de la calle 13 Oeste, era un antiguo concesionario de automóviles que se había transformado recientemente en la personificación de lo más chic del nuevo milenio. Tenía una fachada de cristal verde, paredes blancas de cuatro metros y medio, y suelos de cemento gris sin pulir, suficientemente rugosos para despellejarle las rodillas a uno mientras se veneran los pies de los últimos dioses del arte. Hacía menos de un año, esa zona en concreto era la preferida de los travestidos afroamericanos y, si bien quedaban unos cuantos de estos hombres trabajadores vestidos con minifalda y con peluca, habían disminuido considerablemente desde que el mundo del arte había invadido la zona.
La galería de Amanda Lowe, la galería de Willie, era el lugar elegido por quienes marcaban las tendencias del mundo del arte. Allí se codeaban con unas cuantas estrellas del mundillo cuyo brillo todavía no se había extinguido, se empujaban para abrirse un hueco entre los que acababan de llegar y se guardaban las espaldas ante los ansiosos por brillar.
A una manzana de distancia Willie atisbo la multitud que salía hasta la calle. Le entraron ganas de girar sobre los talones de sus Doc Martens y echar a correr hasta la seguridad que le proporcionaba su estudio.
Pero no, era un profesional, o estaba aprendiendo a serlo, y era capaz de enfrentarse a eso aunque no lo hiciera de corazón. Respiró hondo, se puso derecho, saludó rápidamente a varias personas y se abrió camino entre el gentío del exterior.
El interior de la galería estaba abarrotado de corrillos de gente que intercambiaba comentarios sobre arte, sin perder de vista al resto de invitados, siempre buscando a alguien más importante.
Mientras Willie se abría paso entre la muchedumbre, escuchó fragmentos de conversaciones; varias personas hablaban del artista de la muerte.
– Te digo -declaró una mujer de unos treinta años toda ataviada de cuero negro con unos brazos musculosos y tatuados de la muñeca al codo como si llevara unos guantes de Pucci-, que a mí me pone los pelos de punta, joder. Me refiero a que, joder, no me siento segura en mi estudio.
– Ya te entiendo -dijo el hombre de unos cincuenta años que llevaba la nariz atravesada con una barra y la cabeza rapada-. Yo también estoy asustado, joder. Anoche tuve que tomarme un puñado de metacualonas para dormir, joder.
– ¡Willie! -Schuyler Mills se abrió paso entre la gente y le colocó un brazo sobre el hombro-. ¿Has empezado a divertirte?
– Si no recuerdo mal, fuiste tú, Sky, quien me enseñó que esto era trabajo, no diversión.
El conservador del Museo de Arte Contemporáneo le dio una palmada a Willie en la espalda.
– Buen chico. ¿Ves adónde te han llevado mis lecciones? Eres, y siempre serás, mi discípulo preferido. -Le dio a Willie un apretón paternal en el brazo y luego dedicó una sonrisa eléctrica a alguien que estaba más allá del hombro de Willie-. ¡Ah! ¡La reina de la noche!
Amanda Lowe rozó la mejilla de Schuyler y le dio un beso al aire. Era una mujer extremadamente delgada con un vestido negro muy ajustado de Azzedine Alaïa, lástima que hubiera poco que ajustar porque los huesos de la cadera y de los hombros amenazaban con rasgar la tela. El pelo teñido de color berenjena, muy desfilado hasta el lóbulo de las orejas (en una de las cuales lucía un pendiente tan grande que le rozaba el hombro), le formaba un casco austero alrededor del rostro sorprendentemente blanco. Las cejas eran como comas negras, los ojos perfilados con un kohl oscuro, la boca una hendidura roja. El efecto global era una especie de mezcla entre una máscara de kabuki y un cadáver.
Hizo un amago de beso a Willie, lo tomó con una mano, a Schuyler con la otra y guió al artista y al conservador -mientras el gentío se abría como el mar Rojo para dejarles paso- para que inspeccionaran más de cerca la exposición.
– Artista de la muerte, artista de la muerte. Esta noche no oigo hablar de otro tema. Este artista de la muerte me mata.
– ¿Eso es un juego de palabras? -preguntó Willie.
Schuyler se echó a reír.
– Bueno, tienes que reconocer que este artista de la muerte es creativo. Y seguro que se le recordará.
Amanda lo miró sin comprender.
– Olvidémonos de él y centrémonos en el arte, ¿de acuerdo? -Dedicó a Willie y a Schuyler algo parecido a una sonrisa: la hendidura roja se abrió y cerró como la boca de un tiburón-. Creo que la NEA le hizo un gran favor a Martina -comentó refiriéndose a la muy comentada revocación por obscenidad de las subvenciones que la National Endowment for the Arts concedió a varios artistas hacía varios años-. La liberó, la obligó a simplificar. ¿Quién necesita material artístico caro? -La marchante de arte hizo un gesto en dirección a los dibujos-. ¿Acaso podrían ser más básicos? -preguntó al tiempo que señalaba los dibujos creados por la artista con su propio flujo menstrual sobre papel de prensa rugoso.
– Oh… ¿no hay cabezas de vaca, tiburones muertos ni Vírgenes manchadas con excrementos de elefantes? Qué decepción -dijo Schuyler Mills.
Amanda Lowe señaló a la artista.
Martina, que llevaba unas botas negras gruesas, vaqueros negros rotos y una cazadora negra de motorista, se dirigió hacia ellos pisando fuerte, como un boxeador profesional entrando en el ring.
A Mills le brillaron los ojos con picardía.
– Dime. ¿Recoges el flujo menstrual en una botella para utilizarlo más adelante o… -se pasó la mano por la entrepierna y luego la levantó y la movió como si fuera un pincel- trabajas directamente de la fuente?
– Directamente -dijo Martina al tiempo que se toqueteaba el aro que llevaba en la nariz-. No tendría sentido de ninguna otra manera. Mira. Si empiezas en un extremo de la galería y sigues los dibujos, lo entenderás. Los dibujos reproducen mi flujo. ¿Lo ves? Al comienzo los dibujos son verdaderamente intensos y densos, luego se van apagando. Al final ya casi no queda nada.
– Ahhh… -dijo Mills-. El efecto de gotas que se escurren.
Willie se habría echado a reír si no le hubiera llamado la atención la aparición de Charlaine Kent, directora del Museo de la Otredad, que asomó la cabeza entre Martina y Schuyler.
– Lo que me parece fabuloso -dijo, como si hubiera participado en la conversación desde el comienzo- es que los primeros dibujos son duros y viscerales, mientras que los últimos son efímeros, casi… conmovedores. Caminan en la cuerda floja entre la amenaza y la seducción, ¿no os parece? -Dirigió la pregunta a Willie, sus largas pestañas negras le sombreaban los ojos, toqueteaba un crucifijo enorme que llevaba en el escote sobre el bustier elástico de color rosa.