El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Eric lo contempló todo sin una reacción aparente. En general, los vampiros parecen muy tolerantes hacia cualquier preferencia sexual; imagino que a uno le quedan muy pocos tabúes cuando ha caminado por el mundo durante varios siglos.
Cuando Ray Don liberó a Rubiales y se volvió para encarar la cama, vi que su boca estaba completamente ensangrentada. Mi euforia se evaporó en cuanto Eric se sentó en la cama y me agarró de los hombros. Aquí llegaba lo malo.
– Mírame -me exigió-. Mírame, Sookie.
Noté otro peso en la cama, y di por sentado que Ray Don se había arrodillado en ella y se había inclinado sobre mi herida.
Sentí una sacudida en la carne raída de mi costado que se abrió paso sin compasión hasta el tuétano de mis huesos. Y también que la sangre abandonaba mi cara y que la histeria se abría paso por mi garganta a medida que me desangraba por la herida.
– ¡No, Sookie! ¡Mírame! -me rogó Eric.
Miré hacia abajo para ver que Ray Don había agarrado la estaca.
A continuación, él…
Grité una y otra vez, hasta que me quedé sin energía. Me encontré con los ojos de Eric y sentí la boca de Ray Don lamiendo mi herida. Eric me agarraba de las manos mientras yo hundía mis uñas en su piel, como si estuviéramos haciendo otra cosa. No le importaría, pensé al darme cuenta de que le había hecho sangre.
Y está claro que no le importó.
– Suéltate -me aconsejó, y yo aflojé la presa de mis manos-. No, no de mí -dijo con una sonrisa-. Puedes agarrarme todo el tiempo que quieras. Suéltate del dolor, Sookie, abandónate. Tienes que dejarte ir.
Era la primera vez que había resignado mi voluntad a la de otro. Mientras lo miraba, el camino se allanó y me alejé del sufrimiento y la incertidumbre que me inspiraba aquel extraño sitio.
Lo siguiente que supe era que estaba despierta. Embutida en la cama, tumbada de espaldas y sin mi antaño precioso vestido. Aún llevaba puesta mi ropa interior beis de puntilla, lo que era buena señal. Eric estaba en la cama conmigo, lo que ya no lo era tanto. Estaba convirtiendo aquello en toda una costumbre. Estaba tumbado de lado, rodeándome con un brazo, y con una de sus piernas posada sobre la mía. Su pelo se mezclaba con el mío, y los mechones eran prácticamente indistinguibles, de lo parecido que era el color. Contemplé la situación durante un momento desde una especie de estado de abandonada ofuscación.
Eric reposaba. Se encontraba en ese estado de absoluta inmovilidad en el que se sumen los vampiros cuando no tienen nada que hacer. Creo que les refresca; reduce el agotamiento de un mundo que pasa por ellos incesantemente, año tras año, lleno de guerras, carestías e inventos que ellos deben aprender a dominar, costumbres, convenciones y estilos cambiantes que deben adoptar para encajar. Retiré un poco las sábanas para ver cómo tenía la herida. Aún dolía, pero se había reducido sobremanera. En el lugar en el que había estado, existía ahora una gran cicatriz circular. Caliente, brillante, roja y, en cierto modo, lustrosa.
– Está mucho mejor -dijo Eric. Me quedé con la boca abierta. No había notado que se despertara de su animación suspendida.
Eric llevaba unos calzoncillos holgados de seda. Le pegaba a la perfección que hubiesen sido unos Jockey.
– Gracias, Eric -no me importó lo tembloroso que hubiese podido sonar aquello, porque una obligación es una obligación.
– ¿Por qué? -su mano acarició suavemente mi estómago.
– Por quedarte a mi lado en el club. Por acompañarme. Por no dejarme sola con toda esa gente.
– ¿Hasta qué punto me lo agradecerías? -susurró, acercando su boca a la mía. Ahora sus ojos estaban muy alerta, y su mirada taladraba la mía.
– Cuando te pones a decir esas cosas lo fastidias todo -dije, tratando de mantener una voz amable-. No deberías querer que me acueste contigo sólo porque te esté agradecida.
– La verdad es que me importaría muy poco la razón por la que te fueras a acostar conmigo, mientras lo hicieras -dijo, con la misma amabilidad. En ese momento, su boca ya estaba sobre la mía. Por mucho que intentara permanecer separada de él, no tuve mucho éxito en mis esfuerzos. Y es que Eric había dispuesto de siglos para perfeccionar su técnica del beso, y supo aprovecharlos. Estiré las manos hacia sus hombros, y me avergüenza decir que le correspondí. Por muy maltrecho y cansado que estuviese mi cuerpo, deseaba lo que deseaba, y mi mente y fuerza de voluntad iban bastante rezagadas. Parecía que Eric tuviera seis manos y que estuviesen en todas partes, incentivando a mi cuerpo para que se desatara. Un dedo se deslizó bajo la goma elástica de mis minimalistas braguitas y se coló dentro de mí.
Hice un ruido, y no precisamente uno de rechazo. El dedo empezó a moverse a un maravilloso ritmo. La boca de Eric parecía querer succionar mi lengua hasta su garganta. Mis manos disfrutaban de la suave piel que recubría los músculos que trabajaban debajo.
Entonces, la ventana se abrió de par en par y Bubba entró.
– ¡Señorita Sookie! ¡Señor Eric! ¡Les he encontrado! -Bubba estaba orgulloso.
– Oh, cómo me alegro por ti, Bubba -dijo Eric, poniendo fin al beso. Le agarré la muñeca para apartar su mano. El me lo permitió, pues yo no soy, ni por asomo, más fuerte que el más débil de los vampiros.
– Bubba, ¿has estado aquí todo el tiempo? En Jackson, quiero decir -pregunté en cuanto pude centrar la cabeza. La llegada de Bubba había sido de lo más oportuna, aunque Eric pensara lo contrario.
– El señor Eric me dijo que me pegara a usted -dijo Bubba, sin más. Se sentó en una silla baja finamente tapizada con motivos florales. Un mechón de pelo negro le caía sobre la frente, y lucía un anillo de oro en cada dedo.
– ¿Le han hecho mucho daño en el club, señorita Sookie?
– Ya estoy mucho mejor, gracias -dije.
– Lamento no haber hecho mi trabajo, pero ese bichejo que vigilaba la puerta no me quería dejar pasar. No parecía saber quién era yo, ¿se lo puede creer?
Dado que el propio Bubba apenas recordaba quién era, y le daba un ataque cada vez que lo hacía, quizá no fuese tan sorprendente que un trasgo no estuviese al corriente de la música popular estadounidense.
– Pero vi al señor Eric sacarla fuera, así que les seguí.
– Gracias, Bubba. Eso ha sido muy inteligente.
Respondió con una sonrisa floja y descuidada.
– Señorita Sookie, ¿qué hace con Eric en la cama cuando su novio es Bill?
– Buena pregunta, Bubba -dije. Traté de incorporarme, pero fui incapaz. Lancé un ahogado grito de dolor, y Eric juró en otro idioma.
– Le voy a dar sangre, Bubba -dijo Eric-. Deja que te diga lo que necesito que hagas.
– Claro -convino Bubba felizmente.
– Dado que has llegado a la casa saltando por el muro sin que te cojan, necesito que registres la finca. Creemos que Bill está aquí, en alguna parte. Lo tienen prisionero. No trates de liberarlo. Es una orden. Ven a decírnoslo cuando lo hayas encontrado. Si te ven, no corras. No digas nada. Nada. Ni sobre mí, ni sobre Sookie o Bill. Nada más que «Hola, me llamo Bubba».
– Hola, me llamo Bubba.
– Eso es.
– Hola, me llamo Bubba.
– Sí, ya está bien. Ahora sé sigiloso, silencioso e invisible.
Bubba nos sonrió.
– Sí, señor Eric. Pero después de eso tendré que buscar algo de comida. Me muero de hambre.
– Vale, Bubba. Vete a investigar.
Bubba volvió a abrirse paso con dificultad hasta la parte exterior de la ventana, que estaba en el primer piso. Me preguntaba cómo llegaría hasta el suelo, pero si alcanzó la ventana, estaba segura de que podría lograrlo.
– Sookie -me dijo Eric al oído-. Podríamos discutir durante horas si debes tomar mi sangre, y sé todo lo que me dirías. Pero el hecho es que se acerca el amanecer. No sé si te permitirán pasar el día aquí. Tendré que buscar cobijo, aquí o en otro sitio. Te quiero fuerte y capaz de defenderte; al menos de moverte rápidamente.