Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Con su permiso, ¿qué pasa aquí? -preguntó Theo con firmeza a la vez que se quitaba las gafas y bajaba del escenario de un salto.
La nena se revolvió en el capazo, Ido succionó el chupete sonoramente y se frotó los ojos con los puños.
– ¿Qué pasa aquí? -repitió Theo. Se había detenido junto a la fila de butacas donde estaba acomodado el alcalde.
Teddy Kollek lo saludó con jovialidad y agitó la mano en dirección al escenario. «¡Hola a todos!», dijo con distraída condescendencia. Dejó caer el brazo sobre el de la butaca.
– ¡Pero si estamos ensayando! -gritó Theo enfurecido.
– ¿No se lo ha advertido nadie? -preguntó la joven a la vez que se alisaba el borde de la chaqueta color crema-. La televisión alemana va a entrevistar aquí al señor Kollek. La entrevista se programó hace un par de semanas -añadió con indignación.
– ¡Nadie me lo ha dicho! -declaró Theo en un tono mitad de ira, mitad de incredulidad.
– No tardaremos mucho -dijo la mujer-, como mucho media hora -prometió.
Theo extendió los brazos. Teddy Kollek cruzó los suyos y se quedó mirando al frente con palpable indiferencia.
– ¿Dónde está el representante? ¿Dónde está Zissowitz? ¿Por qué nadie se ha preocupado de ponerse de acuerdo conmigo? -dijo Theo. Tenía el semblante demudado. Se acercó hasta el escenario, dirigió una mirada a la orquesta y luego se volvió para mirar a Kollek, quien plantó el codo en el brazo de la butaca y apoyó la pesada cabeza en su manaza. Tenía los ojos entrecerrados. En la sala resonaron frases en alemán pronunciadas por la joven mientras la cámara le tomaba un primer plano. Theo alzó los brazos y los dejó caer junto a sus costados con gesto de impotencia-. ¡Descanso! -anunció, y se puso las gafas.
El concertino se apresuró a levantarse, se inclinó hacia Theo y le susurró algo.
– ¡Señoras y señores! -dijo Theo-, ya sé que se nos ha hecho tarde, pero quiero ensayar una hora más hoy, así que nos retrasaremos una hora más. Hoy debemos rematar el primer movimiento.
En los rostros de algunos músicos se pintaron inequívocos gestos de malhumor. La timbalista se estiró la holgada camiseta y revolvió con intencionado estrépito en una bolsa de plástico que tenía oculta entre los timbales. Poco a poco, los músicos se fueron levantando. Michael agarró las asas del capazo con una mano y la sillita con la otra, y salió a buen paso de la sala.
Nita lo siguió. Soltó la hebilla que afianzaba una correa en torno a la tripa de Ido y lo cogió en brazos. El niño reclinó la cabeza en el hombro de Nita y quedó en reposo un segundo, luego echó la cabeza atrás y empezó a revolverse. Tras una breve deliberación, decidieron que Michael esperaría hasta que terminase el ensayo. Nita volvió a entrar en la sala para darle el biberón a Ido entre bastidores, con la esperanza de que luego se durmiese. Michael se quedó sentado en un sillón de terciopelo rojo del vestíbulo. Noa dormía. Unos cuantos músicos salieron al vestíbulo y se acomodaron cerca de él.
– Es un terrorista -masculló la timbalista mientras extraía un voluminoso sándwich de la bolsa de plástico.
– Va en contra del reglamento -rezongó el clarinetista que antes había hablado a voces desde el escenario. Se sirvió un café de un termo azul.
– No os quejéis -intervino un hombre alto y fondón con marcado acento ruso-. Trabajar con su hermano va a ser más duro todavía.
– ¿Vas a trabajar con él? -preguntó la timbalista con la boca llena-. ¿Vas a pasarte a su grupo?
– Nu -dijo el ruso-, las condiciones serán mejores. Paga mejor. Pero habrá que trabajar más. Nos pagará por ensayo -soltó un eructo-. ¡El capitalismo! -explicó con una sonrisa-. No es una plaza en propiedad -añadió.
– Yo no me arriesgaría -dijo la timbalista a la vez que doblaba pulcramente la bolsa de plástico-. Te puede despedir de un día para otro, y te quedarás en la calle.
– Nu, ya despidió a Sonia hace un par de semanas. Y también a Itzik.
– ¿Qué Itzik? -preguntó el clarinetista mientras enroscaba la taza, todavía chorreante, en el termo.
– ¡Nu, Itzik!
– Hay dos Itziks -insistió la mujer-. ¿El trompetista o el violinista?
– El violinista, el violinista -dijo el ruso.
– ¿Ha despedido a Itzik? -exclamó ella, horrorizada-. ¿Cómo ha podido despedir a Itzik?
– Lo que yo no entiendo es cómo alguien que está montando una orquesta barroca puede haber contratado a Itzik -comentó el clarinetista entre risas.
– Nu, va a ser un grupo muy bueno -dijo el ruso, mirando a Michael-. Aquí nunca se ha visto un conjunto barroco de tendencia histórica igual.
– ¿Hasta qué punto puede ser bueno si no es más que un trabajo complementario para los músicos de primera fila? -preguntó el clarinetista.
– Nu, no seguirá siendo un trabajo complementario durante mucho tiempo -aseguró el ruso-. No para de realizar audiciones.
Un hombre salió al vestíbulo y dio unas palmadas.
– Ya han terminado. Empezamos -dijo a voces desde la entrada.
Los músicos empezaron a afluir a la sala. El ruso sujetó las grandes puertas de madera mientras Teddy Kollek, acompañado de la joven alemana que lo llevaba del brazo, salió arrastrando los pies, seguido por los cámaras y los técnicos de iluminación. Los músicos iban saliendo de entre bastidores y Theo van Gelden ya ocupaba su puesto en el alto taburete. Nita le hizo una seña a Michael desde la entrada. Le dejó a Ido en los brazos.
– Ahora se quedará dormido -prometió a la vez que le hacía una caricia a Michael en el brazo-. Pero si no se duerme, si te da problemas, llévatelos a casa y yo volveré por mis propios medios cuando termine el ensayo.
Michael regresó a su asiento junto al pasillo del fondo y colocó a Ido a su derecha y a Noa a su izquierda. Todos ocuparon sus puestos y Theo dijo:
– Desde el veintiséis en adelante -lo cual significaba desde la entrada del violín hasta la presentación completa del tema principal del primer movimiento. Al cabo de unos cuantos compases, Theo interrumpió a los músicos-. ¿Son ustedes de la banda de la policía o qué? -les dijo a los instrumentistas de viento y percusión-. ¿Es que no ven lo que está escrito? ¿No ven que todo el mundo toca en fortissimo… salvo quién? Las trompas, las trompetas y los timbales. ¡Para ellos sólo forte! ¡Forte, no fortissimo! -suavizando la voz, añadió-: Brahms pretendía que la orquestación estuviera equilibrada, que se oyeran los violines y los clarinetes. Si las trompetas y los timbales suenan demasiado, parece la banda de la policía.
En aquel momento, sin previo aviso, Noa rompió a llorar a pleno pulmón. Se levantaron risas de la orquesta y Theo se volvió con expresión adusta, pero no dijo nada. Michael se precipitó hacia la salida con los niños. Consultó el reloj y decidió esperar en el vestíbulo a que terminase el ensayo. A través de las puertas cerradas alcanzó a escuchar el primer movimiento completo, interrumpido de tanto en tanto por los gruñidos de Theo. Los músicos repitieron los pasajes una y otra vez mientras Michael daba el biberón a Noa. Él escuchaba la música al mismo tiempo que los sonidos que hacía la nena al succionar y los suspiros que emitía entre chupada y chupada. Ido se durmió, y Michael pudo levantarse con Noa en brazos para aproximarse a las puertas, junto a las que se paseó escuchando la música hasta que oyó que Noa echaba el aire. Nunca había imaginado que presenciaría el trabajo preparatorio de una representación musical, con sus momentos prosaicos, llenos de crujidos de bolsas de plástico, gruñidos y quejas. Más tarde, por la noche, bajo la luz de los resplandecientes focos, aquel trabajo haría aflorar lágrimas a los ojos de personas como Becky Pomeranz.