El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
—Ya estás en el pasado —respondió—. ¿No lo percibes? Kellen negó con la cabeza.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
Helward se refería a la fuerza del Sur, a la sutil presión que aún sentía al caminar. Pero entendía que Kellen no se hubiese dado aún cuenta. No se podía distinguir una sensación nueva mientras no se la hubiese experimentado hasta las últimas consecuencias.
—Es imposible describirlo. Ve al pasado y lo comprobarás por ti mismo.
Helward echó una ojeada a las chicas, que estaban sentadas en el suelo, dándoles deliberadamente la espalda. No pudo evitar sonreír para sus adentros.
—Kellen, ¿cuánto falta para llegar a la ciudad?
—Aproximadamente cinco millas. ¡Cinco millas! Entonces ya debía haber pasado el óptimo.
—¿Puedes darme algo de comida? Un poquito, nada más... Lo suficiente para llegar a la ciudad.
—Por supuesto.
Kellen extrajo cuatro paquetes y se los extendió. Helward se quedó mirándolos un instante. Luego le devolvió tres.
—Con uno me basta. Los otros te van a hacer falta.
—Yo no tengo que ir muy lejos —dijo Kellen.
—Lo sé... pero lo mismo los precisarás. ¿Cuánto tiempo hace que dejaste el internado, Kellen?
—Unas quince millas.
Sin embargo, Kellen era mucho menor que él. Recordaba claramente que iba dos grados más atrás en el internado. Debían estar reclutando aprendices más jóvenes ahora. No obstante, Kellen parecía maduro, y su cuerpo no era el de un adolescente.
—¿Qué edad tienes?
—Seiscientas sesenta y cinco millas.
Eso no podía ser... Debía ser por lo menos cincuenta millas menor que él mismo. Helward calculaba su propia edad en seiscientas setenta.
—¿Has estado trabajando en las vías?
—Sí. Es un trabajo extremadamente duro.
—Ya sé. ¿Cómo es que la ciudad ha podido moverse tan rápido?
—¿Tan rápido? Pasó por un mal período. Tuvimos que cruzar un río, y actualmente se está demorando en una región muy quebrada. Hemos perdido mucho terreno. Cuando yo salí, estaba seis millas atrasada con respecto al óptimo.
—¡Seis millas! ¿Entonces el óptimo se ha movido con mayor rapidez?
—Que yo sepa, no —Kellen miraba a las chicas por encima del hombro—. Creo que deben amos seguir nuestro camino. ¿Te sientes bien?
—Sí. ¿Cómo te va con ellas? Kellen sonrió.
—No me va mal —respondió—. Está la barrera del idioma, pero pienso que podemos encontrar un poco de vocabulario en común.
Helward se rió, y nuevamente se acordó de Pelham.
—Trata de hacerlo pronto —dijo—. Después resulta un poco difícil.
Kellen Li-Chen lo miró fijo un segundo. Luego se puso de pie.
—Cuanto antes, mejor. —Fue en busca de las chicas, quienes se pusieron a protestar en voz alta porque el descanso había sido muy breve. Cuando pasaron junto a él, Helward notó que una de ellas se había desprendido la blusa y la llevaba atada con un nudo.
Con la ayuda que Kellen le había dado, Helward estaba seguro de poder llegar a la ciudad sin mayores problemas. Después de la tremenda distancia que había recorrido, cinco millas le parecían nada, y pensó que podría arribar a destino al anochecer. El paisaje que lo rodeaba era totalmente extraño y, a pesar de lo que le había dicho Kellen, daba la impresión de que la ciudad había avanzado considerablemente durante su ausencia.
Cayó la noche y aún no había rastros de la ciudad.
La única señal alentadora era que las huellas de los durmientes teman dimensiones más normales. Helward hizo un alto para tomar agua y aprovechó para medir el pozo más próximo, comprobando que tenía alrededor de un metro ochenta de largo.
Hacia adelante el terreno se elevaba, y podía ver un risco sobre el cual se prolongaban las marcas del riel. Pensó que la ciudad debía estar del otro lado, en el valle, de manera que apuró el paso para poder divisarla antes que se hiciese de noche.
El sol rozaba ya el horizonte cuando alcanzó la cima del promontorio y miró hacia abajo.
Vio un ancho no. Los rieles que estaban hasta la margen Sur... y continuaban en la ribera opuesta. Según pudo apreciar, las vías cruzaban todo el valle y se perdían en una zona boscosa. Tampoco halló rastros de la ciudad.
Enojado y confundido, permaneció contemplando el panorama hasta que oscureció. Luego, se decidió a acampar.
Por la mañana reanudó la marcha apenas despuntó el alba, y en pocos minutos estaba en la orilla del río. De esta margen había muchos signos de actividad humana: la tierra más cercana al agua estaba revuelta y convertida en un barro pegajoso, y había gran cantidad de maderas desechadas y durmientes partidos. En el agua misma había varios pilotes de madera, presumiblemente lo único que quedaba del puente que la ciudad debió haber construido.
Helward se metió al río sosteniéndose del pilote más próximo. Luego de haberse internado, comenzó a nadar, pero la corriente lo arrastró un largo trecho antes de que pudiera salir con dificultad, a la costa Norte.
Empapado, caminó no arriba hasta alcanzar las huellas del riel. Como la mochila y la ropa le pesaban mucho, se desvistió y tendió las prendas al sol. Luego extendió también la mochila y la lona. Al cabo de una hora se había secado la ropa, de modo que volvió a vestirse y se preparó para partir. La bolsa de dormir no estaba del todo seca, pero pensó orearla en la próxima parada.
Cuando se estaba colocando la mochila escuchó un ruido y algo le golpeó en el hombro. Dio vuelta la cabeza justo en el instante en que una flecha caía a la tierra.
Se tiró al suelo.
—¡Quédese ahí donde está!
Miró hacia el lugar de donde provenga la voz. No alcanzaba a ver a su interlocutor, pero divisó unos arbustos a unos cincuenta metros.
Helward examinó su hombro. La flecha le había arrancado un pedazo de manga, pero no lo había lastimado. Estaba indefenso al haber perdido su ballesta junto con el resto de su equipo.
—Yo salgo... Usted no se mueva.
Al instante salió de atrás de los arbustos un hombre que vestía el uniforme de aprendiz de un gremio, apuntando a Helward con su arco.
—¡No dispare! ¡Soy un aprendiz de la ciudad! El hombre no dijo nada sino que siguió avanzando. Se detuvo cuando estaba a cinco metros.
—Está bien... Párese.
Helward así lo hizo, confiando en que el hombre lo reconociese.
—¿Quién es usted?
—Soy de la ciudad —respondió Helward.
—¿De qué gremio?
—Del Futuro.
—Dígame la última frase del juramento. Helward agitó la cabeza sorprendido.
—¿Qué diabl...?
—Vamos, el juramento.
—Todo esto lo juro sabiendo cabalmente que la violación de cualquiera...
El hombre bajó su arco.
—De acuerdo —dijo—. Yo tenía que asegurarme. ¿Cómo es su nombre?
—Helward Mann.
El otro lo miró detenidamente.
—¡Dios mío, no te había reconocido! ¡Te has dejado la barba!
—¡Jase!
Los dos muchachos se miraron fijo unos segundos más. Luego se saludaron calurosamente. Helward notó que ambos habían cambiado —hasta el punto de no poder reconocerse— desde la última vez que se vieran. En ese entonces los dos eran niños imberbes, atormentados por las frustraciones del internado. Allí, Gelman Jase acostumbraba demostrar un profundo desdén por el sistema de vida que se les imponía y asumía el rol de líder irresponsable de los chicos que no «maduraban» con rapidez. Nada de ello notó Helward en su amigo mientras permanecían junto al no, renovando su antigua amistad. Las experiencias de Jase fuera de la ciudad lo habían curtido humana y físicamente. Ninguno de los dos se asemejaba a aquellos niños inocentes, pálidos, no desarrollados. Ahora estaban bronceados, tenían barba y un aspecto robusto, fuerte. Ambos habían madurado rápidamente.