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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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—¡Vaya, es usted doctor! Mira, Víctor, nuestro visitante es doctor en filosofía —y por un instante puso la tarjeta ante los ojos del chico, que eran tan grandes y verdes como los de él diminutos y azules.

—Doctor, doctor Marsch: no soy un hombre educado, ya lo ve, pero nadie me supera en respeto por la educación, por la sabiduría. Ésta —con un ademán indicó el bote invertido como si fuera un palacio y estuviera a un cuarto de milla— es la casa de usted. Por el resto del día, o del mes, si lo desea, mi hijo y yo estamos enteramente a su servicio. Y si estuviera usted dispuesto a brindarnos un pequeño emolumento por la tarea, permítame adelantarle que del templo del conocimiento no esperamos la dorada munificencia del comercio triunfante; y somos bien conscientes de la bendita ley natural según la cual el bono del togado compra más… más, acabo de decir —dándole un empujón al chico— que el oro del mercader. ¿En qué podemos servirle?

Expliqué que, según entendía, alguna vez él había conducido visitantes a parajes cercanos de supuesta importancia para los anneses del predescubrimiento; y de inmediato me invitó a su casa.

Bajo el bote invertido no había sillas, pues la distancia al techo era insuficiente; pero viejos flotadores y plegados retazos de trapo de vela hacían de asientos, y había una mesita (como la que habría usado una familia de japoneses pobres) cuyo tablero apenas se alzaba dos palmos sobre el alquitrán que cubría el suelo. El viejo encendió una lámpara —mero pabilo flotando en un plato playo de aceite— y ceremoniosamente me llenó un vasito de lo que resultó ser ron de cincuenta grados, y por último dijo:

—¡Quiere usted ver los lugares sagrados de mis padres, los señores de este planeta! Yo puedo mostrárselos, doctor; la verdad, nadie más que yo puede mostrárselos con tanta propiedad, ni explicarle el significado, ni introducirlo en el espíritu mismo de esa época ida. Pero hoy ya es tarde, doctor; la marea ya ha desbordado el cauce. Si pudiera venir mañana a media mañana, no muy tarde, nos deslizaremos por las marismas más alegres que en una góndola. Sin el menor esfuerzo de su parte, doctor; pues con remo y pértiga mi hijo y yo lo llevaremos adonde quiera y le mostraremos cuanto merece la pena. Podrá usted tomar fotos, o hacer lo que le plazca; a mi hijo y a mí nos encantará posar.

Le pregunté cuál sería el precio y dijo una suma harto razonable, añadiendo rápidamente:

—Recuerde, doctor, que tendrá dos hombres trabajando cinco horas… y el uso del bote. ¡Para una experiencia única! Nadie más que yo le mostrará con propiedad lo que desea ver.

Acepté el precio, y él dijo:

—Hay otra cosa… el almuerzo. Necesitamos comida para tres. Si quiere dejarme fondos, yo conseguiré algo… —como yo fruncía el ceño, se apresuró a agregar—. Puede traerla usted… pero recuerde que debe ser un almuerzo para tres. Tal vez una botella de vino y un ave… Pero ahora, doctor, tengo algunas cosas muy escogidas para enseñarle. Un momento.

Extendiendo el brazo hasta una caja de embalar que tenía al lado, sacó una bandeja de latón con la superficie cubierta de una pañoleta roja. En ella había una docena de puntas de proyectiles, molidas o astilladas, de toda clase de piedras, y varias, estoy bastante seguro, de vidrio coloreado común, probablemente de botellas de whisky. Eran nuevas, a juzgar por los filos como de navaja (los instrumentos de pedernal genuinamente antiguo o cristal volcánico siempre están romos a fuerza de rozar con el pedregullo); y, considerando las fantásticas formas —extremadamente anchas, con doble o triple vértice— y la tosquedad general, casi con certeza habían sido hechas más para exhibirlas que para usarlas.

—Armas de los abos, doctor —dijo el mendigo—. Cuando no hay nadie que nos contrate ni alquile el bote, mi hijo y yo salimos a buscar estas piezas. Irreemplazables, y auténticos souvenirs de la tierra de Playa del Francés, donde como usted sabe hubo una más tupida población de abos que en ningún otro lugar de este mundo, ya que era el lugar sagrado de mis ancestros como el de usted será Roma o Boston, y un paraíso de peces, animales y toda suerte de comestibles, del cual me oirá hablar mañana cuando vayamos a las marismas, y si tenemos suerte, quizá el chico le haga una demostración de pesca o caza a la manera abo, sin usar siquiera instrumentos tan delicados y hoy valiosos como estos que aquí le ofrezco a la venta.

Le dije que no estaba interesado en esas cosas y él replicó:

—Realmente no debería perder una ocasión semejante, doctor, visto que el museo de Roncesvalles ha comprado muchos de estos objetos y ha hecho copias para enviarlas a todo el mundo, y aun a Sainte Croix, con lo que cabe decir que se los respeta universalmente, al menos en este sistema. ¡Mire! —levantó la pieza más grande, un fragmento interno de pedernal que hubiera servido para matar a un animal a martillazos—. Podría pegarle detrás un alfiler, y sería un buen broche para una dama. Muy bueno como tema de conversación.

Yo había visto las puntas en Roncesvalles.

—No, gracias —dije—. Pero debo admitir que admiro su industria… ya que evidentemente las hace usted mismo.

—¡Caray, no! —me mostró las manos—. Los abos no podemos hacer estos trabajos, doctor. Véame las manos.

—Ha dicho, me pareció, que las hicieron los abos.

El chico, que nos había estado escuchando en silencio, dijo a media voz:

—Con los dientes —primeras palabras que yo le oía, aparte de la ininteligible súplica de antes.

—Tengo incluso peor mano que los demás —protestó el padre—. Usted se burla de mí… de un hombre que apenas sabe cómo atarse los zapatos. Lo único que sé hacer, doctor, es manejar la pértiga del bote.

—Pues entonces las hará el hijo de usted —dije, pero en el acto comprendí que había cometido un error. En el rostro del chico apareció ese dolor tan fácil de suscitar en un adolescente sensible, y el viejo cacareó de alegría.

—¡Ja! Doctor, él es peor que yo, y no sirve para nada como no sea pelear con otros chicos, que siempre le pegan, y leer libros de la biblioteca. No se acuerda ni de cómo sacarle la tapa a un frasco.

—Entonces dije bien antes: las hace usted. Quebrar pedernal exige cierta destreza, pero no del mismo tipo que tocar el violín. Una mano agarra el buril, la otra la maza, y es cuestión de dónde se coloca la punta o de la fuerza del mazazo.

—Por lo que parece usted lo ha hecho, doctor.

—Sí, y me han salido mejores puntas que éstas.

Inesperadamente el chico dijo:

—La Gente Libre no usaba estas cosas. Hacían redes anudando tallos y hierbas, pero si querían cortar algo usaban los dientes.

—Tiene razón, ¿sabe? —dijo el viejo, con otra voz—. Pero no me denunciará, ¿no, doctor?

Le dije que si el museo de Roncesvalles me pedía mi opinión se la daría, pero que aparte de eso no me parecía un fraude tan importante como para perder tiempo denunciándolo.

—Algo tenemos que tener, ¿sabe? —dijo, y por primera vez tuve la impresión de que no hablaba para engatusarme—. Algo que vender, algo que ellos puedan llevarse en la mano. La verdad no se vende… Eso solía decirle a mi mujer. Y eso le digo a mi hijo.

Minutos más tarde me excusé, prometiendo encontrarlos al día siguiente. La impresión que me dejaron —aun reconociéndolos como auténticos impostores— era algo mejor de lo que yo había esperado. Sin duda el viejo no es un alcohólico, como me habían inclinado a esperar; ningún alcohólico estaría sobrio como él teniendo a mano una botella de ron. Sin duda pide en las tabernas porque allí consigue dinero más fácil, y si le ofrecen bebe. El chico pareció inteligente cuando dejó de fingirse imbécil por conveniencia, y con esos ojos verdes, la tez pálida y el pelo oscuro, era casi de una delicada belleza.

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