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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– Menos mal que no hay nadie en el centro de Jackson en una noche de fin de semana de diciembre -constató Talbot, a lo que Eric correspondió con unas risas.

Circulamos durante un rato. Eric me aflojó la falda sobre las piernas y me apartó el pelo de la cara. Lo miré y…

– ¿… sabía lo que iba a hacer? -preguntaba Talbot.

– Dijo que vio cómo se sacaba la estaca -mintió Eric-. Se dirigía a la barra a por otra copa.

– Qué suerte la de Betty Joe -dijo Russell, con su suave acento sureño-. Imagino que aún estará dando caza al que se escapó.

Luego nos adentramos por un camino y nos detuvimos ante una puerta. Un vampiro barbudo se asomó y miró por la ventanilla, repasando cuidadosamente a todos los ocupantes. Estaba mucho más alerta que el guarda del apartamento de Alcide. Escuché un zumbido eléctrico, y la puerta se abrió. Proseguimos por el camino de entrada (podía escuchar la grava del suelo) y giramos para pararnos delante de la mansión. Estaba iluminada como una tarta de cumpleaños y, mientras Eric me sacaba con cuidado de la limusina, vi que nos encontrábamos bajo un pórtico con el mismo toque de estilo que el resto del edificio. Hasta el cobertizo para los coches tenía columnas. No me habría extrañado ver a Vivien Leigh bajando por las escaleras.

Tuve otro de esos saltos en el tiempo, y me vi en un vestíbulo. El dolor parecía desvanecerse, y, en su ausencia, me sentí aturdida.

Como señor de la mansión que era, el regreso de Russell supuso un gran acontecimiento, y cuando sus habitantes olieron la sangre fresca, no perdieron el tiempo para agolparse a nuestro alrededor. Me sentía como si acabase de aterrizar en un concurso de modelos para portadas de novelas románticas. Nunca había visto tantos hombres atractivos en el mismo sitio a la vez. Pero estaba segura de que no eran para mí. Russell era como el Hugh Hefner de los vampiros gay, y ésta era su mansión Playboy, con énfasis en lo de «boy».

– Agua, agua por todas partes, y ni una gota me puedo beber -dije, y Eric estalló en risas. Por eso me caía bien, pensé alegremente; me tenía cogido el tranquillo.

– Bien, el calmante ha surtido efecto -dijo un hombre de pelo blanco que iba con camiseta de deportes y pana talones de pinzas. Era humano, y ni aunque hubiera llevado un estetoscopio tatuado en el cuello me habría dado cuenta más rápido de que era médico-. ¿Me vas a necesitar más?

– Quédate un rato -sugirió Russell-. Josh te hará compañía, estoy seguro.

No llegué a ver qué aspecto tenía el tal Josh, porque en ese momento Eric me estaba llevando escaleras arriba.

– Rhett y Escarlata -dije.

– No lo pillo -admitió Eric.

– ¿No has visto Lo que el viento se llevó? -estaba horrorizada. Pero luego pensé que por qué un vampiro vikingo iba a haber visto esa piedra angular de la mística sureña. Pero sí que se había leído La balada del anciano marinero, que había tenido que estudiar en el instituto-. Tendrás que verla en vídeo. ¿Por qué digo tantas estupideces? ¿Por qué no estoy asustada?

– Ese médico humano te ha dado una buena dosis de drogas -me dijo Eric con una sonrisa-. Ahora te llevo a un dormitorio para que te curen.

– El está aquí-le dije a Eric.

Sus ojos me lanzaron saetas de cautela.

– Russell, sí. Pero me temo que Alcide no tomó la decisión adecuada, Sookie. Se perdió en la noche, persiguiendo al otro atacante. Debería haberse quedado contigo.

– Que le den -dije efusivamente.

– A él sí que le gustaría darte a ti, sobre todo después de haberte visto bailar.

No me sentía tan bien como para reírme, pero se me cruzó por la mente.

– Drogarme quizá no haya sido una buena idea -le dije a Eric. Tenía demasiados secretos que guardar.

– Estoy de acuerdo, pero me alegro de que ya no te duela tanto.

Llegamos al dormitorio, y Eric me depositó sobre una cama con un dosel de ensueño. Aprovechó la oportunidad para susurrarme al oído:

– Ten cuidado.

Y traté de asimilar esa idea en mi cerebro embotado de drogas. Corría el riesgo de soltar que sabía, sin lugar a dudas, que Bill estaba en alguna parte cerca de mí.

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Me di cuenta de que el dormitorio estaba bastante concurrido. Eric me había depositado sobre la cama, que era tan alta que quizá necesitaría una escalerilla para bajar. Pero era conveniente para la curación, escuché que comentaba Russell, y empecé a preocuparme sobre en qué consistiría dicha «curación». La última vez que estuve inmersa en una «curación» con vampiros de por medio, el tratamiento fue, como mínimo, poco tradicional.

– ¿Qué va a pasar? -le pregunté a Eric, que estaba de pie a mi izquierda, del lado que no estaba herida, junto a la cama.

Pero fue el vampiro que ocupó su lugar de la derecha quien respondió. Tenía una cara alargada que me recordó a la de un caballo, y sus cejas y pestañas rubias resultaban casi invisibles en contraste con su palidez. Llevaba al descubierto el pecho, también imberbe. Vestía unos pantalones, que sospeché que eran de vinilo. Incluso en invierno tenían que ser…, eh, antitranspirantes. No me gustaría tener que quitárselos. Lo único bueno que tenía este vampiro era un maravilloso cabello pálido y liso, del color del maíz blanco.

– Señorita Stackhouse, éste es Ray Don -dijo Russell.

– ¿Cómo estás? -los buenos modales te llevarán a cualquier parte, solía decirme la abuela.

– Encantado de conocerte -respondió el otro con corrección. Se veía que lo habían educado bien, aunque era imposible saber cuándo había sido eso-. Yo no voy a preguntarte cómo estás tú, porque ya veo que tienes un agujero enorme en el costado.

– Resulta irónico que haya sido una humana la que haya recibido la estaca, ¿no crees? -dije, por comentar algo. Ojalá volviese a ver a ese médico, porque me moría de ganas por preguntarle qué me había dado. Valía su peso en oro.

Ray Don me lanzó una mirada dubitativa y me percaté de que me había salido de la zona cómoda, al menos desde el punto de vista de la conversación. Tal vez en alguna ocasión podría regalarle a Ray Don un calendario de la palabra diaria, como hacía Arlene conmigo todas las Navidades.

– Te diré lo que va a pasar, Sookie -dijo Eric-. ¿Sabías que cuando nos alimentamos, nuestros colmillos segregan un pequeño anticoagulante?

– Ajá.

– Y cuando estamos dispuestos a dejar de hacerlo, los colmillos segregan un pequeño coagulante y un poco de eso que, que…

– ¿Eso que os permite curar tan deprisa?

– Sí, precisamente.

– Entonces ¿qué va a hacer Ray Don?

– Los compañeros de redil de Ray Don afirman que posee un suministro extra de todos esos productos químicos en su cuerpo. Ese es su talento.

Ray Don me taladró con la mirada. Estaba orgulloso de eso.

– Así pues, iniciará el proceso con un voluntario y, cuando se haya alimentado, empezará a limpiarte la herida y a curártela.

La parte de la historia que Eric había omitido era que, en algún momento del proceso, la estaca tendría que salir, y no había droga en el mundo que fuera a impedir que aquello me doliese como el demonio. Me di cuenta de ello en uno de mis escasos momentos de serenidad.

– Vale -dije-. Que empiece el espectáculo.

El voluntario resultó ser un adolescente humano, rubio y delgado, que probablemente no era más alto ni ancho que yo. Parecía bastante dispuesto. Ray Don le dio un gran beso antes de morderlo, de lo que yo podría haber prescindido, pues no soy de ésas a las que les gustan las demostraciones públicas de afecto (y con «gran beso» no me refiero a uno de esos sonoros, sino a uno intenso, con gemido y lenguas enroscadas). Cuando terminaron con eso, para satisfacción de ambos, Rubiales inclinó la cabeza hacia un lado y Ray Don, que era más alto, le clavó los colmillos. Hubo intensidad en el mordisco y jadeos, y los pantalones de vinilo de Ray Don no dejaron mucho a la imaginación, incluso para alguien atiborrada de drogas como yo.

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