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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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– Estoy segura. -Augusta sonrió a la niña-. Por mi parte, yo apenas recuerdo las respuestas, salvo las referidas a dónde crece la nuez moscada. Claro que a mí se me considera un tanto frívola.

– Estoy segura de que no es así, señora -dijo Clarissa con aire rígido-. Su señoría jamás habría… -se interrumpió, sonrojándose intensamente.

– Su señoría jamás se habría casado con una mujer frívola, ¿no es eso? -Augusta lanzó a la otra una mirada inquisitiva y brillante-. ¿Era lo que iba a decir, señorita Fleming?

– No iba a decir, nada semejante. No me atrevería a opinar acerca de los asuntos personales de su señoría.

– No se preocupe por esas sutilezas. Yo hago comentarios sobre sus asuntos personales con frecuencia. Y le aseguro que, a veces, soy irresponsable y frívola. Esta mañana, por ejemplo, es una de esas ocasiones. He venido a buscar a Meredith para llevármela a un almuerzo campestre.

Meredith la contempló atónita:

– ¿Un almuerzo campestre?

– ¿Te gustaría? -Augusta le sonrió.

Clarissa apretó con tanta fuerza una de las plumas que los nudillos se le pusieron blancos.

– Es imposible, señora. Su señoría es muy estricto en lo que se refiere a los estudios de Meredith. No deberán interrumpirse por ninguna insignificancia.

Augusta alzó las cejas con expresión de suave reproche.

– Señorita Fleming, le ruego que me disculpe. Necesito a alguien que me guíe por las tierras de la propiedad. Ya que su señoría está en la biblioteca con el administrador, he pensado en pedirle a Meredith que me acompañase, y como el paseo puede alargarse, le he pedido al cocinero que preparase un almuerzo.

Si bien Clarissa parecía vacilante y resentida, no podía impedirlo, pues no estaba el conde para respaldarla. Y de acuerdo con lo que aseguraba Augusta, en esos momentos estaba ocupado.

– De acuerdo, señora -soltó Clarissa a desgana-. Meredith podrá servirle de guía esta mañana, pero en el futuro espero que se respete la rutina de las clases. -Los ojos lanzaron destellos de advertencia-. Y sé que su señoría me apoyará en este aspecto.

– No lo dudo -murmuró Augusta. Miró a Meredith. La expresión de la niña era tan inescrutable como solía ser la del padre en ocasiones-. ¿Vamos, Meredith?

– Sí, señora, quiero decir, Augusta.

– Meredith, tu casa es encantadora.

– Sí, lo sé. -Meredith caminaba tranquilamente por el prado junto a Augusta. Llevaba un tocado tan sencillo como el vestido.

No era fácil adivinar lo que pensaba. Era indudable que había heredado de su padre la habilidad de mantener una expresión inescrutable.

Hasta el momento, la niña había sido amable pero parca. Augusta costaba con que el día fresco y agradable y el ejercicio la animaran a conversar. «Si eso no la anima -pensó-, podría pedirle que recitase las respuestas a las Preguntas históricas y misceláneas para los jóvenes de Magnall.»

– Yo vivía en una hermosa casa, en Northumberland -dijo Augusta, balanceando la canasta que llevaba al brazo.

– ¿Y qué te sucedió?

– Se vendió cuando murieron mis padres.

Meredith miró de soslayo a Augusta.

– ¿Han muerto su padre y su madre?

– Sí. Los perdí cuando tenía dieciocho años, y a veces los echo mucho de menos.

– Cuando mi padre se va, como sucedió durante la guerra, yo lo echo mucho de menos. Me alegra que

esté ahora en casa.

– Sí, me lo imagino.

– Espero que se quede.

– Estoy segura de que se quedará. Tu padre prefiere vivir en el campo.

– Cuando fue a Londres a buscar esposa, dijo que era por «necesidad».

– Como si fuese a tomar una purga.

Meredith asintió con seriedad.

– La tía Clarissa me contó que por fin había hallado esposa que pudiera darle un heredero.

– Tu padre es un hombre muy apegado al deber.

– Tía Clarissa me dijo también que mi padre «hallaría un ejemplo de mujer que siguiera los pasos de mi ilustre madre».

Augusta ahogó un gemido.

– Una tarea ardua. La otra noche vi el retrato de tu madre en la galería. Era muy bella.

– Ya te lo decía. -Meredith frunció la frente-. Sin embargo, papá dice que la belleza no lo es todo en la mujer y que la mujer virtuosa es más valiosa que los rubíes. ¿No te parece un bonito símil? Mi padre escribe muy bien, ¿sabes?

– No quisiera desilusionarte -murmuró Augusta pero esa observación ya la han hecho antes que tu padre.

Meredith se encogió de hombros.

– Podría haberla hecho él. Papá es muy inteligente. Solía hacer los juegos de palabras más complicados del mundo.

– ¿En serio?

Por fin, Meredith comenzaba a manifestar entusiasmo en la conversación al abordar el tema preferido: su padre.

– Una vez, siendo yo pequeña, estaba trabajando él en la biblioteca y le pregunté qué hacía. Me respondió que estaba resolviendo un enigma muy importante.

Augusta, curiosa, inclinó la cabeza.

– ¿Cómo se llamaba el juego?

Meredith frunció el entrecejo.

– Fue hace tiempo y yo era muy niña. Pero recuerdo que tenía que ver con una telaraña.

Augusta se quedó mirando el sombrerito de Meredith.

– ¿Una telaraña? ¿Estás segura?

– Creo que sí. ¿Por qué? -Meredith levantó la cabeza y la observó bajo el ala-. ¿Conoces el juego?

– No. -Augusta negó lentamente con la cabeza-. Pero mi hermano me dejó un poema que se llama La telaraña. Yo no lo entiendo. Y no sabía que él escribiese poemas.

Recordó el papel que había sido utilizado, manchado de sangre y el poema, extraño y ácido.

Pero Meredith ya estaba interesada en otro tema.

– ¿Tienes un hermano?

– Lo tenía; murió hace dos años.

– Oh, cuánto lo siento. Debe de estar en el cielo, como mi madre.

Augusta esbozó una sonrisa melancólica.

– No sé si el Señor permitirá que los Ballinger de Northumberland vayan al cielo.

Meredith se quedó boquiabierta.

– ¿No crees que tu hermano esté en el cielo?

– Claro que sí: estaba bromeando. No me hagas caso, Meredith. Tengo un sentido del humor muy particular, pregúntale a cualquiera. Vamos, estoy hambrienta y ahí veo un lugar perfecto para almorzar.

Afligida, Meredith observó el sitio propuesto: un espacio cubierto de hierba a orillas de un arroyo.

– Tía Clarissa dijo que tuviese cuidado de no ensuciarme el vestido. Dice que las auténticas damas no suelen mancharse.

– No te preocupes. Cuando yo tenía tu edad, solía hacerlo; a veces todavía me sucede. Pero debes de tener otros muchos vestidos como ése en el guardarropa,¿verdad?

– Sí.

– Entonces, si le sucediera algo a éste, lo tiraríamos y te pondrías otro. ¿Para qué tienes tantos si no los usas?

– No se me había ocurrido. -Meredith miró con renovado interés el lugar que había indicado Augusta para almorzar-. Tal vez tengas razón.

Augusta rió y sacó un mantel de la canasta.

– Mañana mandaremos a buscar a la modista. Necesitas vestidos nuevos.

– ¿Te parece?

– Sin duda.

– Clarissa dice que los que tengo deben durar por lo menos seis meses y hasta un año, al menos.

– Imposible. Mucho antes ya te habrán quedado pequeños. Te quedarán pequeños este mismo fin de semana.

– ¿Esta semana? -Meredith la miró perpleja y luego sonrió vacilante-. Ah, ya entiendo, estás bromeando.

– No, hablo muy en serio.

– Oh. Cuéntame más cosas acerca de tu hermano. En ocasiones, pienso que me habría gustado tener un hermano.

– ¿Sí? Bueno, es interesante tener hermanos.

Augusta comenzó a hablar con fluidez de los buenos tiempos con Richard mientras sacaban de la cesta la apetitosa comida: pastelillos de carne, salchichas, fruta y bizcochos.

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