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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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– No cabe duda de que somos muy diferentes, señor mío.

– Varón y hembra: opuestos naturales. -«Entre siete y diez minutos después, la sentiré retorcerse entre mis brazos y arquearse al encuentro de mis caricias.»

Harry decidió que la iniciaría en algunas variaciones sobre el tema básico.

– Sin embargo, ahora estamos ligados para toda la vida. Hemos entablado un compromiso mutuo, tanto en el aspecto legal como en el moral.

Harry gruñó una respuesta distraída mientras pensaba en las posibilidades que se abrían ante él. Podría hacerla acostar boca abajo y ponerla a gatas. Entonces se deslizaría entre sus muslos y exploraría el pasaje femenino tan apretado desde atrás. «Serán precisos entre veinte y treinta minutos -calculó-. No quisiera sobresaltarla sin necesidad. Es muy novata en las artes amatorias.»

– Señor, considero que apresuraras la fecha de la boda porque te sintieras obligado a casarte después de lo sucedido en el coche de lady Arbuthnot. Pero quiero que sepas que…

«Luego, podría tenderme de espaldas y hacerla cabalgar sobre mis muslos -pensó Harry-. En esa posición tendría una visión magnífica de la expresión del rostro de mi esposa cuando alcanzase el orgasmo.»

Augusta aspiró una gran bocanada de aire y continuó:

– Quiero que sepas que, pese a la reputación de los Ballinger de Northumberland de atolondrados e imprudentes, nos ufanamos de un sentido del deber que puede igualarse al de la familia más noble del país. Me atrevería a afirmar que es tan grande como el tuyo. Por lo tanto, te aseguro que aunque no me amases, ni te importase mucho que yo te amara…

A medida que las palabras de Augusta invadían su ensueño erótico, Harry frunció el entrecejo.

– ¿Qué dices, Augusta?

– Lo que iba a decir, señor mío, es que conozco mis deberes de esposa y pienso cumplirlos, del mismo modo que tú piensas cumplir los tuyos como marido. Soy una Ballinger de Northumberland y no eludo mis obligaciones. Si bien el nuestro no es un matrimonio por amor, puedes estar seguro de que acataré mis responsabilidades como esposa. Mi sentido del honor y del deber es tan fuerte como el tuyo y quiero que sepas que puedes confiar en él.

– ¿Eso significa que tienes la intención de ser una buena esposa sólo porque el honor te obligue? -preguntó el conde sintiendo que lo invadía una oleada de furia.

– Eso he dicho, señor mío. -Sonrió vacilante-. Quiero que sepas que los Ballinger de Northumberland somos inflexibles en lo que atañe al cumplimiento del deber.

– ¡Buen Dios! ¿Cómo diablos te enzarzas en un discurso acerca del honor y la responsabilidad en momento semejante? Augusta, vuelve a la cama. Tengo algo mucho más interesante que conversar.

– ¿En serio, Harry? -No se movió. La expresión era extrañamente seria y los ojos de la joven escudriñaban el rostro del conde.

– Sin duda.

Harry apartó las mantas y posó los pies descalzos sobre la alfombra. Con tres largas zancadas cruzó la habitación y cogió a la muchacha por un brazo.

Augusta abrió la boca para hacer algún comentario… sin duda de protesta, pero Harry le cubrió los labios con los suyos y la mantuvo así hasta que la tendió de espaldas sobre la cama una vez más.

Había calculado en exceso el tiempo que tardaría Augusta en estar en condiciones de recibirlo otra vez. No habían pasado cinco minutos cuando hizo tender a la sorprendida joven boca abajo y a gatas.

Luego perdió la noción del tiempo, pero cuando Augusta emitió la dulce canción de la liberación sensual, Harry se convenció de que pensaba en algo más que en el deber y la responsabilidad.

A la mañana siguiente, ataviada con un sencillo vestido de color amarillo y un sombrerito francés de ala muy ancha, salió en busca de su hijastra.

La encontró en la sala de estudio del segundo piso de la mansión. Meredith, con un austero vestido blanco carente de todo adorno, se sentaba ante un pupitre manchado de tinta. Tenía un libro abierto ante ella y al entrar Augusta, la miró con curiosidad.

Clarissa Fleming, sentada tras un enorme escritorio en el frente de la habitación, la miró a su vez interrogante y frunció el entrecejo ante la interrupción de su rutina.

– Buenos días -dijo Augusta, alegre.

Observó la habitación, contemplando la variedad de globos terráqueos, mapas, plumas y libros. «Parece que todas las salas de estudio tengan el mismo aspecto -pensó-, independientemente de los recursos económicos de la familia.»

– Buenos días, señora. -Clarissa hizo un gesto hacia su pupila-. Meredith, saluda a tu madre.

Obediente, Meredith se levantó para saludar a Augusta. La mirada sombría de la niña mostraba un matiz de desasosiego y hasta cierta incertidumbre. -Buenos días, señora.

– Meredith -dijo Clarissa con severidad-, su señoría ha dado indicación específica de que la llames «mamá».

– Sí, tía Clarissa. Pero no puedo hacerlo, no es mi madre.

Augusta se crispó e hizo un gesto pidiendo silencio a Clarissa Fleming.

– Meredith, creía que había quedado claro que podías llamarme como quisieras. Si lo deseas, puedes llamarme Augusta. No tienes obligación de llamarme mamá.

– Papá dice que debo hacerlo.

– Sí, en ocasiones tu padre es muy autoritario.

Los ojos de Clarissa chispearon de reproche.

– ¡Señora!

– ¿Qué significa «autoritario»? -preguntó Meredith, intrigada.

– Significa que a tu padre le gusta demasiado dar órdenes -explicó Augusta.

En un parpadeo, la expresión de Clarissa pasó del reproche a la furia.

– Señora, no puedo permitir que critique a su señoría ante su hija.

– No me atrevería. Sólo señalaba un aspecto indiscutible del carácter de su señoría. Si él mismo estuviese aquí, dudo que lo negara.

Augusta hizo girar el sombrero engalanado con cintas y comenzó a pasearse por la habitación.

– Por favor, Meredith, descríbeme tu programa.

– Esta mañana, matemáticas, estudios clásicos, filosofía y cómo utilizar el globo -dijo Meredith con cortesía-. Por la tarde, francés, italiano e historia.

Augusta asintió.

– Desde luego, es una selección completa para una niña de nueve años. ¿Es obra de tu padre?

– Sí, señora.

– Su señoría tiene un interés personal en los estudios de su hija -dijo Clarissa con aire adusto-. Supongo que no le gustará que se lo critique.

– Supongo que no -dijo Augusta deteniéndose ante un ejemplar conocido-. Vaya, ¿qué tenemos aquí?

– Instrucciones sobre la conducta y el porte de las jóvenes, de lady Prudence Ballinger -respondió Clarissa con tono amenazador-. El instructivo trabajo de su estimada tía, uno de los textos preferidos de Meredith, ¿no es así, Meredith?

– Sí, tía Clarissa. -Sin embargo, Meredith no parecía demasiado entusiasmada.

– Yo creo que es bastante aburrido -afirmó Augusta.

– ¡Señora! -exclamó Clarissa con voz estrangulada-. Le ruego que se abstenga de inculcar a mi pupila ideas equivocadas.

– Tonterías. Cualquier niña normal hallaría tedioso el libro de mi tía. Son deprimentes las reglas acerca de cómo tomar el té y comer un trozo de pastel y ridícula la lista de temas apropiados para la conversación… Sin duda, tendrá por aquí algo más interesante. ¿Qué es esto? -Augusta observó otra pila de tomos encuadernados en cuero.

– Historia antigua de Grecia y Roma -respondió Clarissa, preparándose a defender la presencia de los volúmenes en la clase con el último aliento.

– Claro. Era de esperar que contase con una buena colección del tema, teniendo en cuenta el interés personal de Graystone. ¿Y este librito? -Levantó otro libro de aspecto aburrido.

– Preguntas históricas y misceláneas para los jóvenes, de Magnall, por supuesto -respondió Clarissa con aspereza-. Supongo que incluso usted lo hallará en extremo apropiado para el estudio. Sin duda, deben de haberle enseñado también con él. Meredith ya es capaz de responder a la mayoría de las preguntas.

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