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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Volvieron a oírse risas.

Poniéndose una mano sobre los ojos, Nita dirigió la vista hacia la sala y saludó a Michael con la otra. Gabriel y ella estaban en la parte delantera de la escena, muy cerca de Theo. Desde lejos, la mitad inferior del cuerpo de Nita, envuelta en la holgada falda en la que se hundía el chelo, parecía una colina azul. Viéndola allí, a Michael le pareció muy hermosa, radiante. Por un instante sintió una fugaz vaharada del aroma de su nuca. Dos días antes, al toparse con ella en la puerta de la cocina, le había dado impulsivamente un beso en la boca. Sus labios eran suaves, y la absoluta entrega con que ella se los ofreció lo tomó por sorpresa. Nita tenía por costumbre tocar a quienes la rodeaban. A partir de ese momento había empezado a hacerle breves caricias a todas horas, rozándolo apenas. Cuando se vieron a la mañana siguiente, ella lo miró con el rostro iluminado por una luz delicada, complaciente, y las señales placenteras que transmitía su cuerpo, tan distintas de la reserva de Avigail, encerraban grandes promesas. Nita podría proporcionarle un hogar, pensó ahora Michael con gozosa sorpresa, y saberse tan próximo a ella lo llenó de orgullo.

Gabriel frotaba con resina el violín, sujeto entre el hombro y la mejilla. Uno de los músicos tropezó con la funda del chelo, colocada en el suelo entre Gabriel y Nita.

– ¿La puedo quitar de aquí? -preguntó en voz muy alta.

Nita asintió con un gesto y él retiró la funda del escenario. Theo miraba con impaciencia a su hermano. Gabriel guardó la resina en la funda del violín y dejó ésta bajo su silla. El concertino, en pie junto a Theo, lo miraba expectante.

– Espera un minuto, Avigdor -dijo Theo.

– ¿Desde el principio? -preguntó el concertino. Y aunque Michael aguzó al máximo el oído, apenas distinguió el murmullo de respuesta de Theo, que se quitó la chaqueta de los hombros y la dejó a sus pies-. Primer compás -anunció el concertino.

– ¿Cómo? ¿Desde el principio? -protestó la mujer que estaba en pie tras el timbal.

– Número uno -dijo Theo, levantando las manos-. Cuatro compases tutti y luego el solo de chelo. Repasaremos el primer movimiento completo y luego ya veremos.

Dos técnicos tendieron unos cables por la sala y se detuvieron al pie del escenario. Michael volvió la cabeza. Al fondo de la sala, por encima de la última fila de butacas de la galería, brillaba una luz tras una gran cristalera. Como criaturas en un acuario, tres figuras se movían silenciosas en la cabina de grabación, haciendo señas a un técnico que las miraba desde abajo. El técnico se puso de rodillas y metió unos cables bajo el escenario. Theo van Gelden bajó las manos y la orquesta al completo tocó las primeras notas de la pieza. Mientras resonaba la última de las notas fuertes, Ido sacudió la cabeza, abrió los ojos y la boca. Michael se apresuró a acariciarle la mejilla a la vez que con la otra mano buscaba el chupete y, una vez encontrado, se lo introducía en la boca. El cuerpo de Ido se relajó, pero mantuvo los ojos bien abiertos. Parecía escuchar con suma atención la entrada del chelo, que comenzaba a tocar su primer solo.

Theo interrumpió a Nita tras algunos compases.

– ¿Qué ha pretendido hacer aquí Brahms? -preguntó retóricamente-. Tiene el estilo de un recitativo, pero siempre en tempo. Sin tantas libertades, Nita, por favor. ¡Desde el principio!

Dio una palmada y la orquesta interpretó de nuevo los primeros compases. Nita, los labios apretados, repitió las notas que llevaba tocando día y noche durante las últimas dos semanas, veintidós compases en total, al final de los cuales, como bien sabía Michael, ya que Nita no cesaba de comentarlo, había un fa sostenido que descendía a mi. A continuación se incorporaron las cuatro trompas y el clarinete, y Theo los detuvo tras un par de compases. Noa se revolvió en el capazo. Michael le posó la mano en el vientre.

– Una vez más -dijo Theo-, el solo de chelo desde el fa, del fa al mi, que entre de nuevo.

Esta vez los dejó completar la frase sin interrupciones. Gabriel colocó el arco sobre el violín, lo deslizó sobre las cuerdas y acometió el tema en un tono claro, cálido. Nita le había contado que Gabi podría haber hecho una gran carrera como solista si no le hubiera asaltado lo que ella llamaba «la manía por las interpretaciones históricas con instrumentos de época». Michael recordaba asimismo que le había dicho: «Ya no soporta a Brahms. Para él sólo existe la música barroca. El siglo XIX le pone enfermo, pero va a retomarlo por nosotros. Se ha prestado a interpretar el Doble concierto con nosotros».

A Michael le pareció muy hermoso el sonido del violín de Gabriel, pero no le calaba hondo en el corazón como la interpretación de Oistrakh en la grabación que conocía desde hacía años. Se reprochó su intolerancia. En ese momento toda la orquesta se incorporó a la presentación del tema. Al cabo de unos segundos, Theo se dio una palmada en el muslo y gritó:

– ¡No! ¡No! ¡No!

La orquesta cesó de tocar. Un técnico subió al escenario, ajustó los micrófonos e hizo una seña a los hombres de la cabina.

– ¿Qué tenemos aquí? -preguntó Theo, y bajó del alto taburete-. Tresillos en los violines y las flautas. ¡En el tiempo de dos negras hay que meter tres notas! ¡Por favor! Tendrán que disculparme -dijo inclinándose hacia las violas- que les trate como a párvulos. Olvídense de las emociones y de Brahms por un instante. ¡Tan sólo les pido que aprendan a contar! ¡Oboes, clarinetes, trompetas y violas! -hizo una pausa y señaló los instrumentos de viento-. ¡Están arrastrándolos a tocar las dos negras a la vez que los tresillos en lugar de tocarlas en contrapunto! ¡Son dos contra tres! Permítanme que se lo recuerde una vez más: no presten atención a los tresillos de las flautas y los violines. ¡No los escuchen! Abraham -prosiguió, inclinándose hacia el primer violín-, ¿ha oído lo que he dicho? ¡No preste atención a los tresillos! -el primer violín asintió con la cabeza y se volvió hacia la sección de músicos que tenía detrás para repetir las instrucciones. Theo continuó-: ¡Basta con que cuenten! ¡Háganme el favor de contar! Una vez más desde el cincuenta y siete, desde el final de los solos de violín y de chelo. Gabriel, quiero un violín poderoso, no un violín histórico.

Gabriel replicó algo. Theo se bajó del taburete y se aproximó a su hermano.

– Gabriel -dijo Theo con voz tonante y amenazadora-. ¿Qué pretendes que haga? ¿Lo mismo que hizo Leonard Bernstein antes de la interpretación con Glenn Gould? ¿Dirigirme al público para explicar que estoy dirigiendo con tu tempo en contra de mi propio criterio y de mi manera de entender la música? ¿Es eso lo que pretendes? -en el proceder de Theo había algo artificial, se diría que tenía prevista la escena para darse la oportunidad de contar la anécdota sobre Bernstein y Gould.

Gabriel volvió a replicar algo.

– En el próximo ensayo -dictaminó Theo.

Gabriel infló los carrillos, se mesó la barba y expulsó el aire ruidosamente.

– ¡Una vez más! -gritó Theo.

Habían interpretado unos cuantos compases cuando las grandes puertas de madera se abrieron de golpe, las luces se encendieron y todos quedaron paralizados. Con gesto de perplejidad, Theo volvió la cabeza hacia la entrada y se quedó mirando de hito en hito al nutrido grupo de personas que irrumpían, junto con las cámaras y los focos de la televisión, en pos de una mujer que iba del brazo del alcalde de Jerusalén, Teddy Kollek. El alcalde entró en la sala con paso lento y pesado, arrastrando los pies y con la cabeza inclinada, como si quisiera asegurarse de no errar el paso sobre el suelo de mármol. Sin mirar ni a derecha ni a izquierda, con su arrugada chaqueta azul de algodón tremolando, ascendió cuidadosamente los escalones que conducían a una fila de asientos en el centro de la sala. La joven lo llevaba asido del brazo y hablaba a voces. Kollek se desplomó en una butaca. Lo seguían un par de cámaras y dos hombres vestidos de mono gris que arrastraban unos focos inmensos.

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