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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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En medio de todo ello estaba la pasmosa visión del mundo desplegado ante sus ojos. ¿Alguna vez alguien habría vivido semejante experiencia? ¿Cómo podía la mente abarcar un concepto del cual el ojo había sido incapaz de apreciar su total extensión? A diestra y siniestra la superficie del mundo se extendía aparentemente sin fronteras. Sólo al Norte había una definición de forma: ese curvo, elevado pináculo que se estiraba hasta el infinito.

Y lo mismo el sol. Y lo mismo la luna. Y lo mismo —que él supiera— todos los cuerpos del universo visible.

¿Cómo podía informar que había conducido a las chicas sanas y salvas a su aldea siendo que alcanzaron un estado en el cual él no podía siquiera verlas ni comunicarse con ellas? Habían penetrado en su propio mundo, totalmente ajeno al de él.

¿Qué había pasado con el bebé? Obviamente de la ciudad —ya que, al igual que él, no se había visto afectado por las distorsiones que lo rodeaban— era probable suponer que Rosario lo había abandonado... y que estaría muerto. Incluso si aún siguiera con vida el movimiento de la tierra lo transportaría al Sur, a la zona de la presión, donde no podría sobrevivir.

Absorto en sus pensamientos, Helward proseguía su marcha sin prestar atención al paisaje. Cuando hizo un alto para tomar agua miró a su alrededor y, sorprendido, comprobó que reconocía el terreno.

Estaba en la zona rocosa, al Norte de la quebrada, donde se había erigido el puente.

Bebió varios sorbos de agua y dio unos pasos atrás. Para encontrar el camino a la ciudad debía volver a ubicar las vías, y el sitio del puente sería el mejor punto de referencia.

Halló el arroyo que, preocupado como estaba, debía haber cruzado sin darse cuenta. Siguió su curso preguntándose si sería el mismo de antes, porque parecía ser un diminuto arroyuelo. A su debido tiempo las costas se hicieron más empinadas y escarpadas, pero no había rastros de la quebrada.

Helward trepó por la ribera y caminó en sentido contrario al de la corriente. Aunque le resultaba familiar, el aspecto del arroyo estaba distorsionado, y podía tratarse de otro enteramente.

Después divisó un óvalo largo, negro, cerca del borde del agua. Bajó a examinarlo. Había un leve olor a quemado... Al inspeccionarlo más detenidamente se percató de que era la huella de una fogata. La que él mismo había encendido para acampar.

El arroyo no tenía más de un metro de ancho. Sin embargo, cuando él estuvo ahí con las chicas, tenía más de tres. Luego de mucho buscar halló unas marcas en el terreno que podían ser los rastros de una torre de suspensión.

Desde una orilla a la otra, la distancia era de unos cinco o seis metros. La caída al agua, de pocos centímetros.

Por este lugar había cruzado la ciudad.

Se dirigió al Norte y enseguida encontró la huella de un durmiente. Tenía cinco metros de largo. El más próximo estaba a diez centímetros de distancia.

A la noche siguiente el paisaje había recuperado las proporciones que Helward conocía. Los árboles parecían árboles, y no arbustos achaparrados. Los guijarros eran redondos, el pasto crecía en bloques, no desparramado como una gran mancha verde. Los rieles estaban demasiado separados según las medidas de la ciudad, pero Helward presentía que su viaje no se prolongaría mucho más.

Había perdido la cuenta de los días transcurridos. No obstante, el terreno le resultaba cada vez más familiar y sabía que, hasta el momento, el tiempo que estuvo fuera de la ciudad había sido considerablemente más breve que lo que Clausewitz había anticipado. Aún contando los dos o tres días que parecieron pasar tan rápido, cuando estuvo en la zona de presión, la ciudad no podía haber avanzado más de una o dos millas hacia el Norte en ese intervalo.

Este pensamiento le dio ánimos, dado que iban mermando sus reservas de agua y alimentos.

Seguía caminando, pasaban los días. Todavía no había rastros de la ciudad, y los rieles tampoco se angostaban hasta adquirir la separación habitual. Estaba tan acostumbrado a la noción de distorsión lateral en el Sur que ya no le resultaba raro.

Una mañana, le acometió un nuevo pensamiento: durante varios días no había cambiado la distancia entre los rieles. ¿Podría ser que hubiese encontrado una zona en la cual el movimiento de la tierra fuese equivalente a la velocidad de su propio andar? ¿Es decir, que él estuviese como el ratón en la noria, sin avanzar jamás?

Apuró el paso pero pronto prevaleció la razón. Al fin y al cabo, había podido abandonar el área de presión donde era más intenso el movimiento hacia el Sur. Le quedaban nada más que dos paquetes de comida, y en dos oportunidades tuvo que buscar agua a su alrededor.

El día que se le acabaron los alimentos sintió de pronto una gran emoción. Ya no se moriría de hambre. ¡Reconocía el lugar donde se hallaba! Era la región que había recorrido a caballo con Collings, dos o tres millas al Norte del óptimo en aquel entonces.

Calculaba que había viajado a lo sumo durante tres millas, de manera que pronto debía divisar la ciudad.

Adelante, las huellas de las vías continuaban hasta un pequeño risco. Y ni rastros de la ciudad. Los pozos de los durmientes se veían aún distorsionados, y la próxima hilera de huellas estaba a una cierta distancia.

Lo cual podía significar —razonaba Helward— que, durante su ausencia, la ciudad se había desplazado con mayor velocidad. Quizás hasta hubiese pasado el óptimo, y se encontrase en la zona donde la tierra se movía más lentamente. Comenzaba a comprender por qué la ciudad seguía desplazándose: tal vez, más allá del óptimo, hubiese una zona donde la tierra no se moviese en absoluto.

Caso en el cual la ciudad podría detenerse... La gran noria terminara.

CAPÍTULO DIEZ

Helward pasó la noche hambriento, durmió mal. Por la mañana bebió unos tragos de agua y de inmediato emprendió la marcha. Pronto tenía que aparecer la ciudad...

A la hora de más calor se vio forzado a descansar. La región era yerma, descampada; no había sombra. Se sentó junto al riel.

Miraba desolado hacia adelante cuando vio algo que le dio nuevas esperanzas. Tres personas se acercaban caminando lentamente por la vía. Debían ser de la ciudad, mandadas para buscarlo a él. Esperó, débil, que se aproximaran.

Cuando llegaron intentó pararse pero tropezó y quedó tendido en el suelo.

—¿Eres de la ciudad?

Helward abrió los ojos y miró a su interlocutor. Se trataba de un hombre joven, vestido con el uniforme de aprendiz de un gremio. Asintió con la cabeza. Tenía floja la mandíbula.

—Estás enfermo... ¿Qué te ocurre?

—Estoy bien. ¿Tienes algo de comida?

—Bebe esto.

Le extendieron una cantimplora. Helward tomó un trago. El agua era distinta; tenía el gusto insulso del agua de la ciudad.

—¿Puedes pararte?

Con ayuda, Helward logró ponerse de pie, y juntos fueron hasta unos arbustos cercanos. Helward se sentó en la tierra. El muchacho abrió su mochila. Helward de inmediato advirtió que la mochila era idéntica a la suya.

—¿Yo te conozco? —dijo.

—Soy el aprendiz Kellen Li-Chen. ¡Li-Chen! Lo recordaba del internado.

—Yo soy Helward Mann.

Kellen Li-Chen abrió un paquete de alimentos deshidratados y les echó un poco de agua. Luego le extendió a Helward el conocido potaje gris, y éste empezó a comerlo con más entusiasmo que nunca en su vida.

A unos metros de distancia, esperaban dos chicas.

—Vas camino al pasado —dijo, entre bocado y bocado.

—Sí.

—Yo vengo de allí.

—¿Cómo es?

De pronto Helward recordó su encuentro con Torrold Pelham, en circunstancias casi exactas.

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