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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– En absoluto -respondió-. Todo parece buenísimo. Es que necesito un poco de tiempo.

– Tal vez sea mejor que hablemos antes -dijo Whitten cruzando las manos sobre la mesa; estaba claro que se sentía en paz en su mundo.

Baker cerró el menú y lo dejó sobre el mantel.

– Muy bien. Ya ha leído la nota, de manera que no es ningún misterio a qué se debe esta reunión.

– Sí.

– Estoy buscando un poco de ayuda. Señor Whitten.

Whitten lo miró fijamente.

– Yo diría que se me debe cierta… mmm… reparación, si entiende a qué me refiero. Desde el día en que usted y sus amigos entraron en nuestro barrio con el coche, mi vida ha sido muy dura. Aunque tampoco es que yo no haya intentado hacer algo con ella. No soy una mala persona. Tengo un trabajo.

– ¿Qué es lo que quiere?

– Una compensación por lo que hicieron usted y sus amigos. Me parece que es justo. No pretendo hacer saltar la banca ni nada parecido. Pero a usted no hay más que verlo. Es obvio que le ha ido bien en la vida. Seguro que puede gastar un poco.

– ¿Gastar el qué?

– ¿Cómo?

– Que cuánto quiere.

– Estaba pensando que, no sé, cincuenta mil dólares sería una cifra adecuada. Con eso serviría. Serían unos buenos cimientos para construir algo a partir de ahí. Para regresar al camino en el que estaría desde el principio si usted y sus amigos no hubieran entrado en nuestro mundo.

– ¿Y qué haría si yo le dijera que no?

Baker sintió que se ruborizaba. El camarero le sirvió agua con una jarra, y él bebió un buen trago de golpe.

– ¿Quieren que les tome nota? -preguntó el camarero.

– Todavía no -dijo Baker.

El camarero miró a Whitten, que negó levemente con la cabeza, indicándole con ese gesto que no sucedía nada y que debía dejarlos solos.

Una vez que el camarero se hubo marchado, Baker permitió que se aplacaran sus emociones.

– No me interprete mal -dijo.

– ¿No?

– Estamos teniendo una conversación, sencillamente. Le estoy pidiendo, de caballero a caballero, un poco de ayuda.

– En su carta decía no sé qué de daños a mi reputación.

– No era una amenaza. Era, digamos, un incentivo para que usted contribuyera. Simplemente me refería a que… a ver, no querrá que la gente que trabaja en su bufete se entere de detalles de su pasado, ¿no? No querrá que esos niños a los que tiende una mano, esos niños de color a los que ayuda, sepan lo que hizo usted. ¿No?

– Ya lo saben -replicó Whitten-. Todos. Lo saben porque se lo he contado yo, muchas veces. Es un hecho que forma parte de mi viaje. Quiero que los niños sepan que en la vida de los norteamericanos existe efectivamente un segundo acto. Que pueden cometer errores, pero que eso no es el final. Que pueden hacer tonterías y aun así alcanzar el éxito, hacer una aportación positiva a la sociedad. Pienso que es importante que lo sepan.

– Oh, conque sí.

Baker sintió que su boca se curvaba en una sonrisa. De las que empicaba para machacar a todo el que soñara siquiera con intimidarle. De las que por lo general paraban los pies a cualquiera. En cambio la expresión de Whitten no se alteró.

– Sí -contestó Whitten-. Yo creo en las segundas oportunidades. Precisamente por esa razón he accedido a reunirme hoy con usted. Porque sé que ha tenido una vida difícil.

– Así que ha estado investigando mi vida.

– El que ha investigado ha sido un socio mío, el señor Coates. El señor Coates es un detective privado que presta diversos servicios a mi bufete. Lo tiene sentado justo detrás de usted. Es el de la chaqueta de cuero, en la barra.

Baker no volvió la cabeza. Ya sabía a quién se refería.

– En estos momentos está usted en libertad condicional, señor Baker. ¿Sabe lo grave que sería que intentase cometer un acto de extorsión y de chantaje? Cuento con toda la munición necesaria para volver a meterlo en la cárcel, de inmediato. Ayer grabé la conversación que tuvimos, en la cual usted afirmó que era quien me había enviado esa carta. Es posible que se admita o no como prueba en un juicio, pero de todos modos la cinta está en mi poder. Tengo la carta y el sobre, los cuales seguramente contendrán sus huellas dactilares. Y la impresora que utilizó probablemente se localice en su domicilio.

– ¿Y bien?

– Voy a darle una tregua. Salga de aquí ahora mismo, en silencio, y no siga con este tema. Ni se le ocurra volver a ponerse en contacto conmigo de ningún modo. No se acerque a mi casa ni a mi trabajo. De lo contrario, tomaré medidas rápidas y decisivas.

– Tiene una manera muy graciosa de hablar. -El tono de voz de Baker era suave y controlado-. Como si estuviera haciéndome un favor.

– Señor Baker, piense muy bien lo que dice y hace. Por su propio bien.

– Hijo de puta.

– Hemos terminado.

– Cobarde de mierda. Mira que lanzar una chuchería por la ventanilla y después echar a correr como una nenaza dejando tirados a sus amigos.

Whitten palideció. Ahora tenía los dedos fuertemente entrelazados.

– Haga algo bien. Sea inteligente y váyase.

Baker se levantó de la mesa con cuidado, para no derramar el agua ni hacer temblar la cubertería. Pasó por delante del individuo de americana de cuero negro sin volver la vista. No quería ver el amago de sonrisa ni de victoria, porque en ese caso se sentiría tentado a arrearle un puñetazo en la cara, y no estaba por la labor de violar la condicional por algo tan rastrero. Porque no estaba preparado para volver al trullo. Aún no había terminado.

Esquivó a varias personas que estaban agrupadas junto al puesto del maître, poniendo cuidado en no establecer contacto físico, empujó la puerta de la calle y salió al exterior.

Su error había sido intentar razonar con Whitten. Si algo le había enseñado la vida, era a aprovecharse de los débiles. Que las cosas que deseaba sólo podían obtenerse mediante la intimidación y la fuerza.

Por la acera venía hacia él un hombre de gabardina, hablando por el móvil. Baker chocó violentamente contra su hombro al cruzárselo, y obtuvo la reacción que deseaba. En la mirada del otro apareció miedo y confusión.

«Esto es lo que sé hacer. Con esto es con lo que me siento bien.»

Y soltó una carcajada.

Capítulo 1 7

Raymond Monroe estaba reclinado contra su Pontiac, observando a Alex Pappas, que salía de la casa Fischer vestido con una camiseta de algodón azul y unos téjanos Levi's. Era un hombre de estatura media y pecho ancho, y, a juzgar por la energía que traslucía su zancada, daba la impresión de encontrarse en una forma física bastante buena. Monroe ponderó de qué modo iba a encajar la información que él estaba a punto de proporcionarle. Parecía un tipo razonable.

– Ray -dijo Alex estrechándole la mano.

– Alex. Se te ve muy limpio, para haberte pasado el día trabajando.

– He ido a casa y me he cambiado. Quería hablar con mi mujer, explicarle lo que iba a hacer contigo, y todo eso. No suelo salir mucho.

– Tampoco es que vayamos a irnos de copas. He pensado que te vendría bien conocer a mi hermano. Esta tarde trabaja.

Alex se encogió de hombros.

– Pues vamos.

Pappas, al volante de su todoterreno, salió del recinto del hospital y aparcó en Aspen, la calle que discurría junto a Walter Reed. Se subió al asiento del pasajero del Pontiac de Monroe y se puso cómodo.

Monroe enfiló Georgia, pasó por un pequeño cementerio de la guerra civil y giró a la derecha para tomar Piney Branch

Road. Enseguida se transformó en la calle Trece, y Monroe circuló por ella en dirección sur.

– Últimamente he visto a muchos contratistas y obreros de la construcción en los terrenos del hospital -comentó Alex.

– Están de reformas y reparaciones. Ahora se dice que no van a cerrar Walter Reed. Al menos por el momento.

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