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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– Y después de eso -dijo Ashley-, voy a cruzar a nado de una orilla a la otra, ida y vuelta.

– Quiere recorrer a nado el antiguo lago -explicó el padre-. Uno muy limpio y agradable que tenemos cerca de casa.

– Lo voy a hacer -aseguró ella.

– A lo mejor el verano que viene -dijo el padre al tiempo que bajaba una mano y le tocaba la mejilla. Sonrió, y le tembló el labio de melancolía y orgullo.

– Puede que tú y yo tengamos ocasión de trabajar juntos en la piscina -apuntó Monroe.

– Lo voy a agotar -dijo Ashley.

– Mi pequeña se apunta a todo -dijo el padre.

– No me cabe duda -repuso Monroe. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, a Monroe le sonó el móvil en la mano para indicar que tenía un mensaje.

Ya fuera del edificio principal, procedió a examinar los mensajes. La voz de Alex Pappas le dijo que le gustaría que se vieran. Monroe pulsó la tecla de devolver la llamada y le respondió Alex.

– Pappas e Hijos. -Parecía estresado en medio del considerable ruido de fondo.

– Soy Ray Monroe.

– Señor Monroe, me pilla en mitad de la hora punta del almuerzo.

– Llámeme Ray. Perdone, no sabía…

– Si le apetece que charlemos otra vez, al salir del trabajo voy a pasarme por la casa Fischer. A la misma hora que el otro día.

– De acuerdo. Estaba pensando en que podíamos ir en coche a hacer una visita a mi hermano.

– En este momento no puedo hablar. Nos vemos luego. -Pappas cortó la conexión bruscamente. Monroe se quedó mirando el teléfono unos instantes y a continuación se lo guardó otra vez en el bolsillo.

Entró en el edificio 2 del hospital principal y tomó el ascensor hasta la planta de Kendall. Cuando llamó con los nudillos en la puerta abierta, ya se dio cuenta de que ella no se encontraba allí dentro. Greta Siebentritt, la terapeuta de pacientes externos que compartía despacho con Kendall, se volvió en su silla para saludarlo.

– ¿Qué hay, Ray?

– Estoy buscando a mi novia. ¿Se está escondiendo de mí?

– Difícilmente. Está reunida con el soldado Collins. Últimamente le ocupa bastante tiempo.

– ¿El soldado que se va a hacer voluntariamente la amputación?

– El mismo. ¿Quieres que le diga alguna cosa a Kendall?

– Ya la veré más tarde.

Monroe almorzó a solas, pensando en su hermano James, en Alex Pappas, en Baker y en el problema que se avecinaba.

Para la cita del almuerzo, Charles Baker había decidido ir vestido con una chaqueta sport de color morado y puntadas blancas a lo largo de las solapas, pantalón de pinzas negro, de poliéster, camisa color lavanda y zapatos negros de cuero labrado que casi parecían caimanes. Había conseguido aquel atuendo completo el año anterior, comprado en tiendas de descuento y en el comercio que tenía el Ejército de Salvación en la calle H de la zona noreste. Nunca había tenido ocasión de lucirlo completo, y cuando se miró en el espejo antes de salir de su vivienda compartida se dijo que iba limpio y presentable.

– ¿Adónde vas?-dijo un hombre al que llamaban Trombón, un heroinómano en recuperación que tenía una nariz larguísima, uno de los cuatro individuos en libertad condicional con los que compartía Baker la vivienda-. Tienes pinta de tío forrado de pasta.

– He quedado con una gente en un sitio -replicó Baker-. En un sitio que no es éste.

Era verdad que Baker se sentía como si valiera un millón de dólares cuando salió de la casa.

Pero cuando llegó al centro, salió de las escaleras mecánicas del metro en Farragut North y comenzó a caminar en medio del bullicio de Connecticut Avenue, volvió a experimentar la sensación, la que experimentaba cada vez que salía de su mundo insular, de que estaba fuera de sitio y no hacía pie. A su alrededor se movían hombres y mujeres de todos los colores que trabajaban, vestidos con ropa de calidad que llevaban con naturalidad, portando carteras y bolsos de cuero blando, caminando con energía, yendo a alguna parte. Él no entendía cómo habían llegado hasta allí. ¿Quién les había enseñado a vestir de aquella forma tan discreta y elegante? ¿Cómo habían conseguido el trabajo que tenían?

Baker se tocó con el índice y el pulgar la solapa de su chaqueta sport morada. La tela era gomosa. Vale, él no estaba a la altura de aquella gente tan fina. Deslumbraría al señor Peter Whitten con su personalidad y con la fuerza de su lógica. Lo cegaría con una sonrisa de las que recomendaba Dale Carnegie.

El restaurante era un italiano cuyo nombre tenía una O al final, situado en la calle L, al oeste de la Diecinueve. Nada más entrar lo rodeó el murmullo de conversaciones relajadas, el suave movimiento y el dulce tintineo de la porcelana, la cubertería y el cristal. En las paredes se habían pintado murales que le recordaron las extravagantes pinturas antiguas que había visto en un museo en el que había estado una vez, en una ocasión en la que entró huyendo del frío, mientras vagaba sin rumbo de camino al centro comercial.

– Sí, señor-dijo un joven trajeado de negro que acudió a su encuentro cuando lo vio entrar por la puerta.

– He quedado aquí para comer. Tengo una cita con el señor Peter Whitten.

– Por aquí, señor.

El joven hizo un complicado gesto con las manos y giró en redondo sus estrechas caderas. A Baker le vino a la mente la palabra «presa», pero aquél no era lugar para maquinaciones, de modo que siguió al joven por aquel laberinto de mesas hasta la barra de granito, donde estaba sentado un corpulento negrazo de americana de cuero que lo fulminó con la mirada. Hasta los hermanos que había en aquel local lo tomaban por alguien salido del gueto, pensó Baker. Pues bien, que se jodieran ellos también.

Peter Whitten estaba aguardando en una mesa para dos cubierta con un mantel blanco, situada junto a la barra. Toda su persona, desde la caída natural del traje hasta el corte de pelo, justo por encima de la oreja, indicaba dinero a gritos. Su expresión no era ni amistosa ni hostil, y todas sus facciones estaban serenas. Tenía el cabello plateado y rubio, y los ojos de un tono azul claro. Igual que un actor en el papel del padre rico en un culebrón, tenía un atractivo un tanto previsible. No se levantó, pero cuando llegó él extendió la mano.

– ¿Señor Baker?

– El mismo -contestó Baker al tiempo que le estrechaba la mano y le ofrecía una sonrisa-. El señor Whitten, ¿verdad?

– Por favor.

El joven le había retirado la silla, y Baker se dejó caer en ella y acomodó las piernas por debajo de la mesa. Tocó los cubiertos que tenía delante, los movió un poco, y casi al instante se presentó junto a la mesa otro individuo vestido de esmoquin que depositó una carta y le preguntó si deseaba algo para beber.

– ¿Le apetece una cerveza, o quizás un cóctel? -dijo Whitten tratando de ayudar.

Baker observó la copa de Whitten.

– Sólo tomaré agua -respondió.

– ¿Con gas o sin gas? -inquirió el camarero.

– Agua normal -contestó Baker.

El camarero se marchó en silencio. Baker abrió la carta del restaurante, buscando algo que hacer con las manos y sin saber cómo iniciar la conversación. Era consciente de que Whitten lo perforaba con la mirada mientras él examinaba el menú. Prima piatti, insalata, pasta e risotto, secondi piatti… ¿Cómo se esperaba que un norteamericano supiera qué pedir en semejante lugar? Fagotini… Baker se dijo que aquel restaurante tenía algo que no le gustaba.

– ¿Necesita ayuda con la carta? -se ofreció Whitten. No sonreía, pero en sus ojos se advertía cierto brillo de hilaridad.

Baker había cometido un error. No debería haberse encontrado con Whitten en aquel sitio. Era una equivocación por su parte, incluso una arrogancia, suponer que iba a saber jugar en el campo de su contrincante.

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