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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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– Tenía el móvil apagado. -Se quitó las manos de las sienes-. ¿Qué quieres?

– Como ayer encontraron a un hombre en el hielo… Magnus Kjellner, que llevaba desaparecido desde noviembre. Tengo entendido que erais buenos amigos.

– ¿Por qué lo preguntas? -Christian retrocedió y se refugió detrás del mostrador.

– Es una casualidad un tanto extraña, ¿no te parece? Que tú lleves tiempo recibiendo amenazas y que hayan encontrado muerto a uno de tus amigos. Además, tenemos entendido que probablemente murió asesinado.

– ¿Asesinado? -preguntó Christian, escondiendo las manos debajo del mostrador: le temblaban muchísimo.

– Sí, el cadáver presenta lesiones que indican muerte violenta. ¿Sabes si Magnus Kjellner recibió también amenazas? ¿O quién te habrá enviado las cartas a ti? -El tono del periodista era acuciante y no le dio oportunidad a Christian de negarse a responder.

– No sé nada de ese asunto. No sé nada.

– Pero parece que alguien se ha obsesionado contigo, y no sería muy rebuscado pensar que pueda haber gente de tu entorno que también sufra las consecuencias. Por ejemplo, ¿han amenazado de alguna manera a tu familia también?

Christian no fue capaz sino de negar con la cabeza. Acudían a su mente imágenes que se apresuró a apartar. No podía permitir que se impusieran.

El periodista no se dio cuenta de que no deseaba responder a aquellas preguntas. O quizá sí, pero no lo tuvo en cuenta.

– Tengo entendido que empezaste a recibir las amenazas antes de que los medios de comunicación se fijaran en ti a raíz de la publicación del libro. Lo que indica que se trata de algo personal. ¿Algún comentario al respecto?

Una vez más, negó vehemente con la cabeza. Christian apretaba tanto los dientes que la cara parecía una máscara rígida. Sentía deseos de huir, de no tener que afrontar aquellas preguntas, de no tener que pensar en ella y en cómo, después de tantos años, le había dado alcance. No podía dejarla entrar de nuevo. Al mismo tiempo, sabía que ya era demasiado tarde. Ella ya estaba allí, y él no podía huir. Quizá no le hubiese sido posible nunca.

– Así que no tienes idea de quién está detrás de esas amenazas, ¿no es eso? ¿Ni de si existirá algún vínculo con el asesinato de Magnus Kjellner?

– Si no me equivoco, has dicho que teníais indicios de que lo habían asesinado, no la certeza de que fuera así.

– Ya, pero es una suposición razonable -respondió el periodista-. Y convendrás conmigo en que aquí, en Fjällbacka, es una coincidencia muy extraña que un hombre reciba amenazas y que un amigo suyo aparezca muerto. Es algo que induce a hacerse preguntas…

Christian sentía crecer la indignación. ¿Qué derecho tenían a meterse en su vida, a exigir respuestas y a que les diese algo que él no tenía?

– No tengo nada más que decir sobre este asunto -repitió Christian, pero el periodista no parecía dispuesto a irse.

Entonces, Christian se puso de pie. Salió de la biblioteca, se dirigió a los aseos y se encerró. Se espantó al verse en el espejo. Era como si fuese otra persona quien lo estuviese mirando desde el cristal. No se reconocía.

Cerró los ojos y apoyó las manos en el lavabo. Oía su respiración breve y superficial. Con un esfuerzo, intentó reducir el ritmo del pulso, recobrar el control. Pero le estaban arrebatando la vida. Lo sabía. Ella se lo arrebató todo una vez y había vuelto para hacerlo de nuevo.

Las imágenes bailaban en la retina, tras los párpados cerrados. Y oía voces. La de ella y la de ellos. Sin poder contenerse, echó la cabeza hacia atrás. Y luego la adelantó con todas sus fuerzas. Oyó el ruido del espejo al quebrarse, notó una gota de sangre en la frente. Pero no le dolía. Porque durante los pocos segundos que tardó el cristal en penetrarle la piel, callaban las voces. Y ese silencio era una bendición.

Acababan de dar las doce y había alcanzado un punto agradable de embriaguez. La justa medida. Relajada, adormecida, pero sin haber perdido el control de la realidad.

Louise puso un poco más de vino en la copa. La casa estaba vacía. Las niñas estaban en la escuela y Erik en la oficina. O en cualquier otro sitio, quizá con su puta.

Se había comportado de un modo extraño los últimos días. Más callado y apagado. Y el temor se había mezclado con la esperanza. Así era siempre que temía que Erik fuera a abandonarla. Como si fuera dos personas. Para una era una liberación acabar con la prisión en que se había convertido aquel matrimonio, los engaños y las mentiras. La otra sentía pánico ante la idea de verse abandonada. Sí, claro, se llevaría su parte del dinero de Erik, pero ¿para qué lo quería si estaba sola?

No es que en su vida actual se sintiera muy acompañada. Aun así, era mejor que nada. Por las noches tenía el calor de un cuerpo en la cama y alguien que leía el periódico sentado a la mesa de la cocina a la hora del desayuno. Tenía a alguien. Si él la dejaba, se quedaría totalmente sola. Las niñas empezaban a hacerse mayores, eran como huéspedes de paso, siempre yendo o viniendo de casa de sus amigas o de la escuela. Ya habían empezado a adoptar la actitud taciturna de las adolescentes y apenas respondían cuando se les dirigía la palabra. Cuando estaban en casa, lo que más se veía de ellas era la puerta cerrada de su habitación, cuyo único signo vital era el retumbar de la música de sus equipos.

Louise había apurado ya otra copa y la llenó de nuevo. ¿Dónde estaría Erik ahora? ¿Se encontraría en la oficina o con ella? ¿Estaría revolcándose con el cuerpo desnudo de Cecilia, penetrándola, acariciándole los pechos? De todos modos, en casa no hacía nada, a ella llevaba dos años sin tocarla. En alguna ocasión, al principio, ella intentó deslizar una mano bajo el edredón y acariciar a su marido. Sin embargo, tras algún que otro rechazo humillante, en el que él se dio la vuelta descaradamente para darle la espalda, terminó por rendirse.

Vio su imagen en el acero reluciente y abrillantado del frigorífico. Como de costumbre, mientras se miraba, levantó la mano y se tocó la cara. Tan mal no estaba, ¿no? Hubo un tiempo en que fue guapa. Y controlaba el peso, tenía cuidado con lo que comía y despreciaba a las mujeres de su edad que permitían que los bollos y las tartas rellenasen los michelines que creían poder ocultar en los vestidos estampados con forma de tienda de campaña que compraban en Lindex. Ella aún podía llevar un par de vaqueros ajustados con dignidad. Levantó la barbilla, escrutándose. Ya empezaba a colgarle un poco, la verdad. La levantó un poco más. Así, eso es. Ese era el aspecto que debía tener.

Bajó de nuevo la barbilla. Vio cómo caía la piel fláccida formando un pliegue y tuvo que contener el impulso de coger del soporte uno de los cuchillos de cocina y cortar aquel pellejo repugnante. De repente, sintió asco de su propia imagen. No era de extrañar que Erik no quisiera tocarla ya. Era comprensible que quisiera notar en las manos carne firme, que quisiera tocar a alguien que no estuviese ajándose y pudriéndose por dentro.

Alzó la copa y arrojó el contenido contra el frigorífico, borró la imagen de sí misma y la sustituyó por un fluido rojo brillante que chorreaba por la superficie lisa. Tenía el teléfono allí, en la encimera, y marcó el número de la oficina, que se sabía de memoria. Tenía que saber dónde estaba Erik.

– Hola, Kenneth, ¿está Erik ahí?

Se le aceleró el corazón mientras colgaba, pese a que debería estar acostumbrada a aquellas alturas. Pobre Kenneth. Cuántas veces no habría tenido que encubrir a Erik a lo largo de los años. Inventar una historia a toda prisa, decir que Erik estaba con algún papeleo, pero que seguramente no tardaría en volver al despacho.

Llenó la copa sin molestarse en limpiar el vino que había tirado y se dirigió resuelta al despacho de Erik. En realidad, no le estaba permitido entrar allí. Según decía, cuando otra persona usaba el despacho, alteraba su orden, así que le tenía terminantemente prohibido entrar allí. Y precisamente por eso, allí se encaminó.

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