La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– Mientes. -Sanna dejó escapar un sollozo. Bajó la cabeza y se frotó la nariz con el puño de la rebeca. Luego levantó la vista-. Sé que estás mintiendo. Hay alguien, o lo ha habido. Hoy me he pasado el día recorriendo la casa como una loca en busca de algo que me dé la menor pista de con quién estoy casada en realidad. ¿Y sabes qué? No hay nada. ¡Nada! ¡No tengo ni idea de quién eres!
Sanna le gritaba y él se dejó bañar en aquella ira. Porque claro, ella tenía razón. Él lo había dejado todo atrás, la persona que era y la que había sido. A ellos y a ella. Pero debería haber comprendido que ella no iba a dejarse relegar al olvido, al pasado. Él debería haberlo sabido.
– ¡Pero di algo!
Christian dio un respingo. Sanna se había inclinado y le escupió al gritarle, y Christian levantó el brazo despacio para secarse la cara. Luego, ella bajó la voz y acercó la cara más aún a la de él. Y en un tono rayano en el susurro, le dijo:
– Pero seguí buscando. Todo el mundo tiene algo de lo que le cuesta deshacerse. De modo que lo que quiero saber es… -Sanna hizo una pausa y Christian sintió que el desasosiego le hormigueaba bajo la piel. La expresión de Sanna irradiaba satisfacción, aquello era algo nuevo y aterrador. No quería oír más, no quería seguir jugando a aquel juego, pero sabía que Sanna continuaría hacia su objetivo.
Alargó el brazo para coger algo que había en una de las sillas, en el otro extremo de la mesa. Le brillaban los ojos de tantos sentimientos acumulados durante todos los años que llevaban juntos.
– Lo que quiero saber es a quién pertenece esto -dijo sacando algo de color azul.
Christian vio enseguida de qué se trataba. Tuvo que contener el impulso de arrancárselo de las manos. ¡No tenía ningún derecho a tocar aquel vestido! Quería decírselo, gritárselo y hacerla comprender que había sobrepasado el límite, pero tenía la boca seca y era incapaz de emitir un sonido. Extendió el brazo para coger la tela azul, cuya suavidad al roce con las mejillas tan bien conocía y cuyo tacto era tan delicado y tan liviano. Entonces ella lo apartó, lo sostuvo lejos de su alcance.
– ¿A quién pertenece esto? -Hablaba con voz aún más baja, apenas audible. Sanna desplegó el vestido, lo sostuvo en el aire, como si estuviera en una tienda y quisiera comprobar si le sentaba bien el color.
Christian ni siquiera la miraba, solo tenía ojos para el vestido. No soportaba que lo mancillaran otras manos. Al mismo tiempo, su cerebro trabajaba con una frialdad y una eficacia inauditas. Los dos mundos que tanto cuidado había puesto en mantener separados estaban a punto de colisionar y era imposible revelar la verdad. Nunca podría pronunciarla en voz alta. Pero la mejor mentira era aquella que contenía cierta dosis de verdad.
Se serenó de repente. Le daría a Sanna lo que quería, le daría unos fragmentos de su pasado. De modo que empezó a hablar y, al cabo de un rato, ella se sentó también a la mesa. Lo escuchaba con atención, pudo oír su historia, pero solo una parte.
Tenía una respiración irregular. Hacía varios meses que no dormía en la cama de matrimonio, en el piso de arriba. Al cabo de un tiempo de enfermedad, dejó de ser práctico que durmiera arriba, así que él había dispuesto la habitación de invitados, que quedó preciosa. Tan preciosa como una habitación tan pequeña podía quedar. Por mucho que intentara hacerla acogedora, no dejaba de ser una habitación de invitados. Solo que, en esta ocasión, el invitado era el cáncer. Ocupaba toda la estancia con su olor, su omnipresencia y el presagio de la muerte.
El cáncer no tardaría en dejarlos, pero, mientras oía la respiración irregular y entrecortada de Lisbet, Kenneth deseaba que el invitado pudiera quedarse. En efecto, bien sabía él que no se marcharía solo, sino que se llevaría al partir a la persona que más quería.
En la mesita de noche estaba el pañuelo amarillo. Se tumbó de lado, apoyó la cabeza en la mano y observó a su mujer a la luz débil de las farolas que había al otro lado de la ventana. Extendió la mano y acarició despacio la pelusilla que cubría la cabeza de su mujer. Esta se estremeció y Kenneth retiró la mano enseguida, por temor a despertarla de aquel sueño que tanto necesitaba pero del que rara vez podía disfrutar el tiempo suficiente.
Ya ni siquiera podía dormir a su lado, así, pegados, una costumbre que les encantaba a los dos. Al principio lo intentaron, se acurrucaban en la cama bajo el edredón, y él le pasaba el brazo por encima, como siempre, desde la primera noche que pasaron juntos. Pero la enfermedad les arrebató incluso aquella alegría. Le dolía demasiado que la tocara y cada vez que la rozaba ella se encogía con un sobresalto. Entonces colocó una cama hinchable al lado del lecho matrimonial. La idea de no dormir en la misma habitación se le hacía insoportable. Y dormir en la primera planta, en la cama que había sido de los dos, era algo que ni se planteaba.
Dormía mal en aquella cama hinchable. Se le resentía la espalda y por las mañanas tenía que estirar las articulaciones con cuidado. Había sopesado la posibilidad de comprar una cama normal y colocarla a su lado, pero por más que su voluntad se rebelase, sabía bien que no merecía la pena. Dentro de poco no habría necesidad de esa otra cama. Pronto dormiría solo en la primera planta.
Parpadeó para contener las lágrimas y observó la respiración superficial y fatigada de Lisbet. Se le movían los ojos debajo de los párpados, como si estuviera soñando. Se preguntó qué ocurriría en sus sueños. ¿Se imaginaría sana? ¿Se vería corriendo con el pañuelo amarillo sujetándole la larga melena?
Kenneth volvió la cara. Debería dormirse de nuevo, después de todo, tenía un trabajo del que ocuparse. Pasaba demasiadas noches en vela, dando vueltas y mirándola, por miedo a perderse un solo minuto. Y había acumulado un cansancio que no parecía fácil de atenuar.
Tenía ganas de orinar. Más valía levantarse. De lo contrario, no podría conciliar el sueño. Se giró con esfuerzo para poder levantarse. Tanto la espalda como la cama crujieron en señal de protesta, y se quedó un instante sentado para estirar los músculos que se le habían encogido. Notaba el frío del suelo en las plantas de los pies cuando se levantó camino del recibidor. El baño estaba allí mismo, a la izquierda, y parpadeó medio cegado al encender la luz. Subió la tapa del váter, se bajó el pantalón del pijama y cerró los ojos mientras disminuía la presión.
De repente notó una corriente de aire en las piernas y levantó la vista. La puerta del baño estaba abierta y era como si hubiese entrado en la casa un viento frío. Intentó volver la cabeza para ver qué era, pero no había terminado y no quería arriesgarse a apuntar fuera de la taza si se giraba demasiado. Cuando hubo terminado y tras haber sacudido las últimas gotas, se subió el pantalón del pijama y se encaminó a la puerta. Seguramente habrían sido figuraciones suyas, ya no notaba aquella corriente fría. Aun así, algo le decía que debería tener cuidado.
El recibidor estaba en semipenumbra. La lámpara del baño solo alumbraba unos pasos por delante de donde se encontraba, y el resto de la casa estaba a oscuras. Lisbet solía poner en las ventanas velas de Adviento ya en noviembre, y allí permanecían hasta marzo, porque le encantaba la luz que daban. Pero este año no había tenido fuerzas y a él no se le había ocurrido.
Kenneth salió de puntillas al recibidor. No eran imaginaciones suyas, la temperatura era allí algo más baja, como si la puerta hubiese estado abierta. Fue a comprobar el picaporte. No estaba echado el pestillo, pero tampoco era nada extraño, no siempre se acordaba de echarlo, ni siquiera por las noches.
Por si acaso, giró el pestillo para asegurarse de que la dejaba bien cerrada. Se dio media vuelta dispuesto a volver a la cama, pero era como si notara un cosquilleo por todo el cuerpo. La sensación de que algo no iba bien. Dirigió la mirada hacia la puerta abierta de la cocina. No había ninguna luz encendida, solo el resplandor de la farola de la calle. Kenneth entornó los ojos y dio un paso al frente. Algo blanco relucía sobre la mesa, algo que no estaba allí cuando quitó la mesa antes de irse a dormir. Avanzó otro par de pasos con el miedo recorriéndole el cuerpo en oleadas.