La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– ¿Qué pasa? -La voz de su madre en la puerta-. En cuanto va una y se echa un rato a descansar y a relajarse, estalla un episodio de pura histeria. ¿Qué le pasa a la niña? ¿Le ha hecho algo? -preguntó volviéndose hacia él, que seguía sentado en el suelo.
Durante unos segundos, la única respuesta que se oyó fue el llanto de Alice. Luego su padre se levantó con ella en brazos y le dijo:
– No, es solo que he tardado un poco en taparla con la toalla al sacarla de la bañera. Lo que está es más bien irritada.
– ¿Seguro que no le ha hecho nada? -Su madre lo miraba fijamente, pero él bajó la cabeza y fingió estar entretenido tironeando de los flecos de la alfombra.
– Bueno, me ha estado ayudando. Lo ha hecho fenomenal con ella. -Con el rabillo del ojo, vio que su padre le lanzaba una mirada de advertencia.
Su madre pareció dispuesta a dejarse convencer. Extendió los brazos con impaciencia y, al cabo de unos segundos de vacilación, su padre le entregó a Alice. Cuando se fue con paso lento para calmar a la niña, él y su padre se miraron. Los dos guardaron silencio, pero en los ojos de su padre vio que pensaba hacer lo que había dicho: jamás hablarían de lo ocurrido.
– ¡Kenneth! -Se le quebró la voz al intentar llamar a su marido.
Nadie respondió. ¿Habrían sido figuraciones suyas? No, estaba segura de haber oído que la puerta se abría y luego se cerraba de nuevo.
– ¿Hola?
Seguían sin responder. Lisbet intentó incorporarse, pero se le habían mermado las fuerzas a tal velocidad los últimos días que fue incapaz. La fuerza que le quedaba la reservaba para las horas que Kenneth pasaba en casa. Y todo para convencerlo de que se encontraba mejor de lo que en realidad estaba y así poder estar en casa algo más de tiempo. No tener que aguantar el olor a hospital y la sensación de las sábanas rasposas en la piel. Conocía tan bien a Kenneth. La llevaría como un rayo al hospital si supiera lo mal que se encontraba. Y lo haría porque aún se aferraba convulsamente a cualquier atisbo de esperanza.
Pero a ella el cuerpo le decía que el final ya estaba cerca. Se le habían terminado las reservas y la enfermedad había tomado el mando. Había vencido. Y nada deseaba más que morir en casa, tapada con su propio edredón y con la cabeza descansando en su propia almohada. Y con Kenneth durmiendo a su lado por la noche. Muchas veces se quedaba despierta escuchando, intentando memorizar el sonido de su respiración. Sabía lo incómodo que estaba en aquella destartalada cama hinchable. Pero no era capaz de decirle que se fuera a dormir arriba. Quizá fuese una actitud egoísta, pero lo quería demasiado como para tenerlo lejos el tiempo que le quedaba.
– ¿Kenneth? -Lo llamó una tercera vez. Acababa de convencerse de que se lo había imaginado todo cuando oyó el ruido familiar del tablón suelto de la entrada, que protestaba ruidosamente siempre que alguien lo pisaba.
»¿Hola? -Empezaba a asustarse. Miró a su alrededor en busca del teléfono, que Kenneth siempre se acordaba de dejarle cerca, pero últimamente se levantaba tan cansado que a veces se le olvidaba. Como hoy.
»¿Hay alguien ahí? -Se agarró al borde de la cama y trató de incorporarse de nuevo. Se sentía como el protagonista de una de sus novelas favoritas, La metamorfosis, de Franz Kafka, en la que Gregor Samsa se convierte en un escarabajo y es incapaz de darse la vuelta cuando se queda boca arriba, y así permanece tumbado sin poder hacer nada.
Ya se oían pasos en el recibidor. Pasos cautelosos, pero que se acercaban cada vez más. Lisbet notó que el pánico le hormigueaba por dentro. ¿Quién sería aquella persona, que no respondía a sus preguntas? Porque a Kenneth no se le ocurriría bromear con ella de aquel modo, claro. Jamás había recurrido a bromas pesadas ni a sorpresas inesperadas, ¿cómo iba a hacerlo ahora?
Los pasos no se oían muy lejos. Clavó la mirada en la vieja puerta de madera que ella misma había lijado y pintado hacía ya lo que a ella le parecía toda una vida. Al principio no se movía y volvió a pensar que tal vez el cerebro le estuviese jugando una mala pasada, que quizá el cáncer se hubiese extendido y ya no pudiera pensar con claridad y percibir la realidad tal y como era.
Pero, al cabo de unos minutos, la puerta empezó a moverse despacio hacia dentro. Había alguien al otro lado que la empujaba. Lisbet gritó pidiendo ayuda, gritó tanto como pudo para acallar aquel silencio aterrador. Cuando la puerta se abrió del todo, guardó silencio. Y la persona que allí apareció empezó a hablar. La voz le sonaba familiar y, al mismo tiempo, extraña, y Lisbet entornó los ojos para ver mejor. La larga melena oscura la impulsó a llevarse la mano a la cabeza para comprobar que seguía llevando el pañuelo amarillo.
– ¿Quién? -dijo Lisbet, pero aquella persona se llevó el dedo a los labios y ella enmudeció.
De nuevo se oyó la voz. Ahora desde el borde de la cama, hablándole muy cerca de la cara, diciéndole cosas que la movían a taparse los oídos con las manos. Lisbet meneaba la cabeza, no quería escuchar, pero la voz continuaba. Era cautivadora e implacable. Empezó a contarle una historia y hubo algo en el tono y en el movimiento del relato, hacia delante y hacia atrás, que le hizo comprender que era verdad. Y aquella verdad era más de lo que podía soportar.
Paralizada, oyó que la historia continuaba. Cuanto más averiguaba, tanto más débil se volvía el hilo delicado que la había mantenido en pie. Había vivido de prestado y gracias a un esfuerzo de voluntad, por amor y por su confianza en el amor. Y ahora que le arrebataban esa confianza, se dejó ir. Lo último que oyó fue aquella voz. Luego, le falló el corazón.
– ¿Cuándo crees que podremos hablar con Cia otra vez? -Patrik miraba a su colega.
– Por desgracia, me temo que no podemos esperar -respondió Paula-. Seguro que comprenderá que debemos seguir con la investigación.
– Ya, sí, supongo que tienes razón -dijo Patrik, aunque no sonó del todo convencido. Siempre resultaba una elección difícil. Hacer su trabajo e importunar quizá a alguien que estaba de luto o ser considerado y asumir que el trabajo podía esperar. Al mismo tiempo, la propia Cia había demostrado claramente a qué daba prioridad al ir a verlo todos los miércoles.
– ¿Qué podemos hacer? ¿Qué es lo que aún no hemos hecho? ¿O lo que podemos hacer de nuevo? Se nos ha debido escapar algo.
– Sí, pues para empezar, Magnus vivió en Fjällbacka toda su vida, de modo que si hay algún secreto en su presente o en su pasado, tiene que estar aquí. Y eso debería facilitar las cosas. Pero, aunque los chismorreos suelen ser de lo más efectivo, no hemos conseguido averiguar lo más mínimo sobre él por el momento. Nada que pueda considerarse un móvil por el que alguien quisiera causarle daño, y mucho menos algo tan drástico como asesinarlo.
– No, da la impresión de que era un tipo verdaderamente familiar. Matrimonio estable, niños bien educados, relaciones sociales normales. Aun así, alguien se empleó con él cuchillo en ristre. ¿Tú crees que puede ser obra de un loco? ¿Algún perturbado mental al que se le hayan cruzado los cables y haya elegido a su víctima al azar? -Paula no expuso su teoría con demasiado convencimiento.
– Bueno, no podemos descartarlo, pero yo no lo creo. Lo que más contradice esa hipótesis es el hecho de que Magnus llamara a Rosander para decirle que iba a retrasarse. Además, no sonaba como de costumbre. No, aquella mañana ocurrió algo, estoy seguro.
– En otras palabras, deberíamos centrarnos en personas a las que él conocía.