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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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– Es más fácil decirlo que hacerlo -replicó Patrik-. Fjällbacka tiene unos mil habitantes. Y todos se conocen, más o menos.

– Sí, y que lo digas, yo ya he empezado a comprender cómo va esto -rio Paula. Se había mudado a Tanumshede hacía relativamente poco y aún trataba de acostumbrarse a la conmoción de haber perdido por completo el anonimato que le ofrecía la gran ciudad.

– Pero, en principio, tienes razón. Y por eso propongo que vayamos de dentro a fuera. Hablaremos con Cia en cuanto podamos. Incluso con los niños, si Cia lo consiente. Luego los amigos más íntimos, Erik Lind, Kenneth Bengtsson y, desde luego, Christian Thydell. Hay algo en esas amenazas…

Patrik abrió el primer cajón del escritorio y sacó la bolsa de plástico con la carta y la tarjeta. Le contó la historia de cómo las había conseguido Erica, mientras Paula lo escuchaba atónita. Luego leyó en silencio aquellas palabras amenazantes.

– Esto es grave -dijo-. Deberíamos enviarlas a analizar.

– Lo sé -respondió Patrik-. Y no podemos sacar conclusiones precipitadas. Pero tengo la sensación de que todo está relacionado.

– Sí -añadió Paula poniéndose de pie-. Yo tampoco creo en las casualidades. -Se detuvo antes de salir del despacho de Patrik-. ¿Quieres que hablemos hoy con Christian?

– No, preferiría dedicar el resto del día a reunir todo el material que tenemos de los tres: Christian, Erik y Kenneth. Mañana por la mañana lo revisamos y ya veremos si hay algo que pueda sernos útil. También quisiera que leyéramos detenidamente las notas de las conversaciones que mantuvimos con ellos inmediatamente después de la desaparición de Magnus, así captaremos enseguida si hay algo que no encaje con lo que han dicho esta última vez.

– Hablaré con Annika, ella podrá ayudarnos a localizar el material antiguo.

– Bien. Yo llamo a Cia y le pregunto cuándo puede vernos.

Cuando Paula se marchó, Patrik se quedó un buen rato abstraído mirando el teléfono.

– ¡Deja de llamar a esta casa! -gritó Sanna colgando de golpe. El teléfono llevaba sonando todo el día. Periodistas, preguntando por Christian. No decían qué querían, pero no resultaba difícil de adivinar. Naturalmente, el hecho de que hubiesen encontrado muerto a Magnus tan poco tiempo después del descubrimiento de las amenazas los tenía tras ellos como a buitres. Pero eso era absurdo. Eran dos sucesos independientes. Claro que corría el rumor de que Magnus había muerto asesinado, pero hasta que no lo oyera de fuentes más fidedignas que las chismosas del pueblo se negaba a creerlo. Y aunque algo tan impensable pudiera ser verdad, ¿por qué iba a guardar relación con las cartas que había recibido Christian? Eso le dijo él cuando intentó calmarla. A un perturbado se le había ocurrido tomarla con él, alguien que, seguramente, sería totalmente inofensivo.

Ella habría querido preguntarle que, si era así, por qué había reaccionado de aquella manera en el acto promocional. ¿Creía él mismo lo que decía? Pero las preguntas se le atascaron en la garganta cuando él le reveló de dónde había salido aquel vestido azul. A la luz de esa información, palideció todo lo demás. Fue horrendo y Sanna sintió un dolor físico al oír su relato. Aunque, al mismo tiempo, fue un consuelo, porque eso explicaba muchas cosas. Y le ayudaba a perdonar bastantes más.

Sus problemas palidecían también al pensar en Cia y en lo que estaba pasando en aquellos momentos. Echarían de menos a Magnus, tanto ella como Christian. Su relación no siempre fue espontánea, pero, en cierto modo, siempre fue indiscutible. Erik, Kenneth y Magnus habían crecido juntos y tenían una historia común. Ella los veía de lejos, pero, dada la diferencia de edad, nunca se relacionó con ellos hasta que Christian llegó y empezó a tratarlos. Y sí, ella había comprendido que las mujeres de los demás la consideraban demasiado joven y tal vez un tanto ingenua, pero siempre la acogieron con los brazos abiertos y, con el correr de los años, sus encuentros habían pasado a formar parte de su vida. Celebraban juntos las fiestas, ni más ni menos. Y a veces también celebraban cenas informales los fines de semana.

La que mejor le cayó siempre de las tres mujeres era Lisbet. Era tranquila, con un humor relajado y siempre le hablaba como a una igual. Además, adoraba a Nils y a Melker y a Sanna le parecía un verdadero desperdicio que Kenneth y ella no tuviesen hijos. Sin embargo, la atormentaban los remordimientos, porque no podía ir a visitar a Lisbet. Lo intentó la Navidad anterior. Fue a verla con una flor de pascua y una caja de bombones Aladdin, pero en cuanto la vio en la cama, más muerta que viva, le entraron ganas de salir corriendo cuanto antes. Lisbet notó su reacción. Y Sanna se lo vio en la cara, vio su comprensión, mezclada con cierto grado de decepción. Y no tenía fuerzas para ver de nuevo aquella decepción, no tenía fuerzas para ver a la muerte vestida de persona y fingir que quien yacía en la cama aún era su amiga.

– ¡Hola! ¿Estás en casa? -Se sorprendió al ver que Christian entraba y se quitaba el abrigo con gestos silenciosos.

– ¿Estás enfermo? Hoy trabajabas hasta las cinco, ¿no?

– No me siento del todo bien -murmuró.

– Pues no, no tienes muy buena cara -confirmó ella observándolo preocupada-. ¿Y qué te has hecho en la frente?

Él le quitó importancia con un gesto de la mano.

– Bah, no es nada.

– ¿Te has cortado?

– Déjalo ya. No soporto tus interrogatorios. -Respiró hondo y, algo más calmado, añadió-: Hoy se ha presentado un periodista en la biblioteca y ha estado preguntándome por Magnus y las cartas. Estoy tan harto de todo…

– Ya, pues aquí han estado llamando todo el día. ¿Y qué le dijiste?

– Tan poco como pude. -Se calló de pronto-. Pero seguro que mañana cuenta algo en el periódico. Siempre escriben lo que quieren.

– Pues por lo menos Gaby se pondrá contenta -dijo Sanna en tono agrio-. ¿Qué tal fue la reunión con ella, por cierto?

– Bien -respondió Christian secamente, pero algo en su tono de voz le dijo a Sanna que aquella no era toda la verdad.

– ¿Seguro? Comprendería que estuvieras enfadado con ella, después de haberte vendido a la prensa de ese modo…

– ¡Ya te he dicho que me ha ido bien! -bufó Christian-. ¿Es que siempre tienes que cuestionar todo lo que digo?

Allí estaba de nuevo la ira bullendo a borbotones y Sanna se quedó quieta, mirándolo. Cuando Christian se le acercó, tenía la mirada sombría y continuó gritándole.

– ¡Tienes que dejarme en paz, joder! ¿No lo comprendes? Deja de perseguirme las veinticuatro horas. Deja de husmear en lo que no te incumbe.

Sanna miró a su marido, a aquellos ojos que ella debería conocer tan bien después de tantos años juntos. Pero quien ahora la miraba era un extraño. Y, por primera vez, Sanna tuvo miedo de él.

Anna entrecerró los ojos al dar la curva después de Segelsällskapet, en dirección a Sälvik. La figura que se movía a unos metros de allí guardaba cierto parecido con su hermana, si se guiaba uno por el color del pelo y por la ropa. El resto recordaba más bien a Barbamamá. Anna frenó y bajó la ventanilla.

– Hola, precisamente iba para tu casa. Parece que necesitas que te lleven.

– Pues sí, gracias -dijo Erica, que abrió la puerta del acompañante y se desplomó en el asiento-. He sobrevalorado excesivamente mi capacidad para pasear. Estoy muerta y empapada de sudor.

– ¿Y adónde has ido? -Anna metió primera y puso rumbo a casa de sus padres, donde Erica y Patrik vivían ahora. La casa estuvo a punto de venderse, pero Anna ahuyentó los recuerdos de Lucas y del pasado. Aquel tiempo había quedado atrás. Para siempre.

– He estado en Havsbygg, hablando con Kenneth, ya sabes.

– ¿Por qué? ¿No iréis a vender la casa?

– No, no -se apresuró a tranquilizarla Erica-. Solo quería hablar un poco con él de Christian. Y de Magnus.

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