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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Anna aparcó delante de aquella casa tan bonita y tan antigua.

– ¿Por qué? -preguntó, pero se arrepintió enseguida. La curiosidad de su hermana mayor lo superaba casi todo y a veces la ponía en unas situaciones de las que Anna prefería no saber nada.

– Comprendí que no sabía nada del pasado de Christian. Nunca ha contado nada de nada -dijo Erica saliendo del coche entre jadeos-. Y, además, a mí me parece que todo es un tanto extraño. A Magnus lo asesinaron y a Christian le envían amenazas. Y teniendo en cuenta que eran buenos amigos, no me trago que sea una coincidencia.

– Ya, pero ¿Magnus recibió alguna amenaza? -Anna entró en el recibidor después de Erica y se quitó el abrigo.

– No por lo que yo sé. De ser así, Patrik lo sabría.

– ¿Y estás segura de que, si hubiera averiguado algo durante la investigación, te lo habría dicho?

Erica sonrió.

– Lo dices por lo bien que se le da a mi querido esposo mantener la boca cerrada, ¿no?

– No, claro, en eso tienes razón -contestó Anna entre risas mientras se sentaba a la mesa de la cocina. Patrik no conseguía aguantar mucho tiempo cuando Erica se empeñaba en sonsacarle información.

– Además, le enseñé las cartas que ha recibido Christian y me di cuenta de que lo de las amenazas era para él una novedad. Si a Magnus le hubiera pasado algo parecido, habría reaccionado de otra manera.

– Ummm… sí, supongo que tienes razón. ¿Y entonces, averiguaste algo hablando con Kenneth?

– No, no mucho. Pero tuve la sensación de que mis preguntas le resultaban de lo más incómodas. Como si estuviera poniendo el dedo en alguna llaga, aunque no sé por qué exactamente.

– ¿Se conocen mucho?

– No lo sé. Me cuesta mucho imaginar qué puede tener Christian en común con Kenneth y Erik. Lo de Magnus lo entiendo mejor.

– Pues a mí siempre me ha parecido que Christian y Sanna forman una pareja un tanto extraña.

– Sí, la verdad… -Erica buscaba la palabra adecuada. No quería que sonara a crítica-. Sanna es un tanto «joven» -dijo por fin-. Además, creo que es muy celosa. Y hasta cierto punto, la comprendo. Christian es un hombre atractivo y no da la sensación de que tengan una relación muy igualitaria que digamos. -Erica había preparado una tetera y la colocó en la mesa junto con un poco de leche y un tarro de miel.

– ¿A qué te refieres con igualitaria? -preguntó Anna llena de curiosidad.

– Pues, no es que me haya relacionado mucho con ellos, pero tengo la sensación de que Sanna adora a Christian, mientras que él la trata con cierta condescendencia.

– Eso no suena nada bien -dijo Anna y tomó un sorbo de té, que estaba demasiado caliente. Dejó la taza en la mesa para que se enfriara un poco.

– No, y puede que sea una conclusión precipitada de lo poco que he podido ver, pero hay algo en su trato que recuerda más a la relación entre padre e hija que a la que cabe esperar entre dos adultos.

– Bueno, en cualquier caso, el libro ha tenido buena acogida.

– Sí, y bien merecida -respondió Erica-. Christian es uno de los escritores con más talento que he conocido y estoy muy contenta de que los lectores puedan descubrirlo.

– Y todos esos artículos de la prensa contribuirán lo suyo. No hay que subestimar la curiosidad de la gente.

– Es verdad, pero con tal de que lleguen al libro, me da igual cómo lo hagan -afirmó Erica poniéndose una segunda cucharada de miel. Había intentado abandonar la costumbre de tomar el té con tanta miel, tan dulce que se le quedaban los dientes pegajosos, pero siempre terminaba por rendirse.

– ¿Y cómo va eso? -Anna le señaló la barriga, sin poder ocultar la preocupación. Después del nacimiento de Maja, Erica pasó por una época muy difícil en la que Anna, que lidiaba a la sazón con sus propios problemas, no pudo apoyarla. Pero ahora estaba muy preocupada por su hermana. No quería ver cómo se hundía de nuevo en la bruma de la depresión.

– Te mentiría si te dijera que no estoy asustada -respondió Erica pensativa-. Pero esta vez me siento más preparada mentalmente. Sé lo que me espera, lo duros que son los primeros meses. Al mismo tiempo, resulta imposible imaginar cómo será todo cuando son dos a la vez. Puede que sea mil veces peor, por muy preparada que crea que estoy.

Aún recordaba a la perfección cómo se sentía después de que naciera Maja. No se acordaba de los detalles, de ningún instante concreto del día a día de los primeros meses. Así que aquella existencia se le presentaba como una mancha negra cuando intentaba rememorarla. Sin embargo, la sensación que le provocaban sus circunstancias había permanecido intacta en la memoria y la embargaba el pánico ante la sola idea de volver a caer en la desesperación infinita y en la resignación total de aquellos meses.

Anna se imaginó lo que estaba pensando. Alargó el brazo y le cogió la mano.

– Esta vez no será igual. Claro, será más trabajo que cuando solo tenías a Maja, eso no puedo negarlo, pero yo estaré pendiente de ti, Patrik estará pendiente de ti, y te pescaremos si vemos que vas a caer de nuevo en ese agujero profundo. Te lo prometo. Erica, mírame. -Obligó a su hermana a levantar la cabeza y a mirarla a los ojos. Una vez que consiguió captar toda su atención, repitió con calma y con firmeza-: No permitiremos que vuelvas a caer en eso.

Erica parpadeó para disimular unas lágrimas y apretó la mano de su hermana. Tanto había cambiado la relación entre ellas que Erica no era ya una especie de madre para Anna. Ni siquiera una hermana mayor. Eran hermanas, pura y simplemente. Y amigas.

– Tengo en el congelador una tarrina de Ben & Jerry’s Chocolate Fudge Brownie. ¿Lo traigo?

– ¿Y ahora lo dices? -preguntó Anna con expresión ofendida-. Venga aquí el helado ahora mismo, si no quieres que deje de ser tu hermana.

Erik exhaló un suspiro cuando vio entrar el coche de Louise en el aparcamiento de la oficina. No solía presentarse allí y el que ahora lo hiciera no presagiaba nada bueno. Además, no hacía mucho que había llamado preguntando por él. Kenneth se lo comunicó en cuanto él volvió de una breve salida a la tienda. Por una vez, su colega no tuvo que mentir.

Se preguntaba por qué tenía tanto interés en localizarlo. ¿Se habría enterado de su aventura con Cecilia? No, saber que él se acostaba con otra no era para ella motivo suficiente como para sentarse en el coche y salir a la calle con la nevada. De repente, se quedó helado. ¿Sabría Louise que Cecilia estaba embarazada? ¿Habría roto Cecilia el acuerdo al que habían llegado y que ella misma había propuesto? ¿Acaso el deseo de perjudicarlo y de vengarse de él pudo más que el de recibir una mensualidad para ella y para su hijo?

Vio a Louise salir del coche. La idea de que Cecilia lo hubiese descubierto lo tenía paralizado. No había que subestimar a las mujeres. Cuanto más lo pensaba, más verosímil le parecía que su amante hubiese renunciado al dinero por el placer de destrozar su vida.

Louise entró en el local. Parecía alterada. Cuando se le acercó, notó el olor pestilente a vino flotando como una niebla densa a su alrededor.

– ¿Estás en tu sano juicio? ¿Has cogido el coche borracha? -masculló Erik. Vio con el rabillo del ojo que Kenneth fingía estar concentrado en la pantalla del ordenador, pero por mucho que Erik quisiera, no podía evitar oír lo que dijeran.

– Y a ti qué te importa -balbució ella-. De todos modos, yo conduzco mejor borracha que tú sobrio. -Louise perdió el equilibrio y Erik miró el reloj. Las tres de la tarde y su mujer ya estaba completamente borracha.

– ¿Qué quieres? -Lo único que quería era acabar cuanto antes. Si Louise iba a destrozar su mundo, cuanto antes mejor. Él siempre había sido un hombre de acción, nunca había rehuido las situaciones desagradables.

Sin embargo, en lugar de estallar en acusaciones contra Cecilia y decirle que sabía lo del niño, mandarlo al cuerno y decirle que pensaba quitarle todo lo que poseía, Louise metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó algo blanco. Cinco sobres blancos. Erik los reconoció enseguida.

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