La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
En medio de la mesa había una carta. Una carta más. Y junto al sobre blanco, alguien había colocado primorosamente uno de los cuchillos de cocina. El acero lanzaba destellos a la luz de la farola. Kenneth miró a su alrededor, aun sabiendo que, quienquiera que fuese el intruso, ya se habría marchado de allí. Y no quedaban más que la carta y el cuchillo.
A Kenneth le habría gustado entender cuál era el mensaje.
Ella le sonreía. Con una sonrisa amplia, sin dientes, solo encías. Pero él no se dejó engañar. Lo que quería era acaparar, acaparar hasta que a él no le quedase nada.
De repente, notó el olor en las fosas nasales. Aquel olor dulzón, repugnante. Antes flotaba en el aire y ahora se hacía más presente. Debía de emanar de ella. Contempló aquel cuerpecito mojado, reluciente. Todo en ella le causaba repulsión. La barriga hinchada, la raja que tenía entre las piernas, el pelo, que era oscuro y no le crecía de forma homogénea.
Le puso una mano en la cabeza. La sangre bombeaba bajo la piel. Próxima y frágil. La mano siguió empujando más fuerte y ella se deslizó más hacia el fondo. Aún seguía riendo. El agua le envolvió las piernas, se oyó un chapoteo cuando ella agitó los pies dando con los talones en el fondo de la bañera.
Abajo, en la puerta, lejos, muy lejos, él oía la voz de su padre. Subía y bajaba y parecía que aún tardaría un rato en acercarse. Seguía notando el pulso en la palma de la mano y ella empezó a gimotear un poco. Ya sonreía, ya se le borraba la sonrisa, como si no estuviera segura de cómo se sentía, si alegre o triste. Pudiera ser que, a través de su mano, ella notara lo mucho que la odiaba, lo mucho que detestaba todos y cada uno de los segundos que pasaba cerca de ella.
Todo sería mucho mejor sin ella, sin su llanto. Él no tendría que ver la felicidad en la cara de su madre cuando la miraba a ella ni la ausencia de felicidad cuando su madre se volvía contra él. Era tan evidente… Cuando su madre apartaba la vista de Alice y lo miraba a él, era como si se le apagara una lámpara. La luz se extinguía.
Aguzó el oído tratando de distinguir la voz de su padre. Alice parecía resuelta a no romper a llorar todavía, y él le devolvía la sonrisa. Luego colocó la mano con mucho cuidado debajo de la cabeza de Alice, para que sirviera de apoyo, tal y como le había visto hacer a su madre. Y, con la otra mano, fue soltando la hamaquita en la que ella descansaba medio tumbada. No fue del todo fácil. Alice estaba resbaladiza y se movía sin parar.
Finalmente, consiguió soltar la hamaquita y la retiró despacio. Todo el peso de Alice descansaba ahora en su brazo izquierdo. Aquel olor dulzón y asfixiante se hacía cada vez más intenso y él volvió la cara mareado. Notaba la mirada de Alice quemándole la mejilla y tenía la piel mojada y escurridiza. La odiaba porque lo obligaba a apreciar aquel olor otra vez, porque lo obligaba a recordar.
Muy despacio, fue retirando el brazo sin dejar de mirarla. La cabeza de Alice se desplomó hacia atrás en la bañera y, poco antes de que alcanzase el agua, ella tomó aire para empezar a llorar. Pero ya era demasiado tarde y aquella carita suya desapareció por debajo de la superficie. Ella lo miraba bajo los movimientos del agua. Agitaba brazos y piernas, pero no lograba incorporarse y salir, era demasiado pequeña, demasiado débil. Ni siquiera tuvo que sujetarle la cabeza debajo del agua. Descansaba sobre el fondo y lo único que ella podía hacer era moverla de un lado a otro.
Él se acuclilló y apoyó la mejilla en el borde de la bañera para observar la lucha de Alice. No debería haberse apropiado de aquella madre suya tan hermosa. La pequeña merecía morir. Él no tenía la culpa.
Al cabo de un rato, Alice dejó de mover los brazos y las piernas y se hundió, despacio, hasta el fondo. Él notó que lo inundaba la calma. Había desaparecido el olor y ya podía respirar de nuevo. Todo volvería a ser como siempre. Con la cabeza ladeada y apoyada sobre la fría porcelana de la bañera, él observaba a Alice, que ya se había quedado totalmente inmóvil.
– Adelante, adelante. -Ulf Rosander parecía aún adormilado, pero estaba vestido e invitó a Patrik y a Paula a pasar.
– Gracias por recibirnos con tan poco margen -dijo Paula.
– No pasa nada, simplemente he llamado al trabajo para avisar de que llegaré un poco más tarde. Teniendo en cuenta las circunstancias, lo comprenden perfectamente. Hemos perdido a un colega. -El hombre entró en la sala de estar y ellos dos lo siguieron.
Se diría que hubiese caído una bomba allí dentro. Había juguetes y chismes por todas partes y Ulf tuvo que apartar una montaña de ropa de niño para que pudieran sentarse en el sofá.
– Por las mañanas, cuando salen para la guardería, esto se queda hecho un caos -explicó excusándose.
– ¿Qué edad tienen? -preguntó Paula mientras Patrik la dejaba tomar la iniciativa. Un policía jamás debía menospreciar el valor de comenzar dando palique.
– Tres y cinco años. -A Rosander se le iluminó la cara al responder-. Dos niñas. De un segundo matrimonio. También tengo dos hijos de catorce y dieciséis, pero ahora están con su madre, de lo contrario habría sido mucho peor.
– ¿Y se llevan bien los hermanos? Teniendo en cuenta la diferencia de edad… -intervino Patrik.
– Pues sí, más de lo que cabía esperar. Los chicos son como suelen ser los adolescentes, así que la cosa no siempre va como una seda, pero las pequeñas los adoran y es un amor correspondido. De hecho, los llaman los hermanos alce.
Patrik se echó a reír, pero Paula no parecía comprender.
– Es un cuento -le explicó-. Espera y verás, dentro de unos años te lo sabrás de memoria.
Se puso serio de nuevo y se dirigió a Rosander.
– En fin, como ya sabes, hemos encontrado el cuerpo de Magnus.
A Rosander se le borró la sonrisa. Se pasó la mano por el pelo, que ya tenía alborotado.
– ¿Sabéis cómo murió? ¿Bajó al fondo de las aguas?
Utilizó una expresión un tanto anticuada, pero muy familiar entre quienes vivían cerca del mar.
Patrik negó con un gesto.
– Aún no tenemos mucha información, pero ahora lo más importante es aclarar qué sucedió la mañana que desapareció.
– Lo comprendo, aunque no sé cómo puedo ayudar. -Rosander hizo un gesto de impotencia-. Lo único que sé es que llamó para decirme que se retrasaría un poco.
– ¿Era algo insólito? -preguntó Paula.
– ¿Que se retrasara? -Rosander frunció el entrecejo-. Pues ahora que lo pienso, creo que no había ocurrido jamás.
– ¿Desde cuándo ibais juntos al trabajo? -preguntó Patrik apartando discretamente una mariquita de plástico sobre la que se había sentado sin darse cuenta.
– Desde que empecé a trabajar en Tanumsfönster, hace cinco años. Antes, Magnus solía coger el autobús, pero enseguida entablamos conversación y le dije que podía venirse conmigo en el coche, y así él contribuía un poco con la gasolina.
– Y en esos cinco años no te llamó nunca para avisar de que llegaba tarde, ¿no es eso? -insistió Paula.
– No, ni una sola vez. En tal caso, me acordaría.
– ¿Cómo lo encontraste cuando te llamó? -preguntó Patrik-. ¿Tranquilo? ¿Alterado? ¿No mencionó la razón por la que no iba a llegar a tiempo?
– No, no me dijo nada de los motivos. Y no podría afirmarlo con seguridad, ya ha pasado algún tiempo, pero la verdad es que no sonaba como de costumbre.
– ¿En qué sentido? -preguntó Patrik inclinándose.