La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– Pues… quizá no tanto como alterado, pero tuve la sensación de que algo le pasaba. Pensé que quizá hubiese discutido con Cia o con los niños.
– ¿Qué te hizo pensar de aquel modo? ¿Algo de lo que dijo? -quiso saber Paula, que intercambió una mirada con Patrik.
– No, a ver, la conversación no duró más de tres segundos. Magnus llamó y me dijo que se iba a retrasar y que me fuera si veía que tardaba mucho. Que ya iría al trabajo por su cuenta. Y luego colgó. Así que lo esperé un rato antes de irme. Eso fue todo. Supongo que fue el tono de voz lo que me hizo pensar en algún problema familiar o algo así.
– ¿Sabes si la pareja tenía problemas?
– Jamás le oí a Magnus una palabra más alta que otra sobre Cia. Al contrario, parecían estar muy bien. Claro que nunca se sabe lo que ocurre en el seno de otras familias, pero a mí siempre me dio la impresión de que Magnus estaba felizmente casado. Claro que no hablábamos mucho de ese tema, sino de cosas cotidianas y de la liga sueca.
– ¿Dirías que erais amigos? -preguntó Patrik.
Rosander se demoró con la respuesta.
– No, no diría tanto. Íbamos juntos al trabajo y a veces charlábamos a la hora del almuerzo, pero nunca nos visitamos ni salíamos juntos. Y no sé por qué, la verdad, porque nos llevábamos muy bien. Claro que cada uno tiene sus círculos de amistades y resulta difícil romperlos.
– Es decir, que si se hubiese sentido amenazado por alguien o si hubiese estado nervioso por algo, no te lo habría confiado, ¿no? -preguntó Paula.
– No, no lo creo. Pero lo veía cinco días a la semana, así que si hubiera estado preocupado por algo lo habría notado. Estaba como siempre. Alegre, tranquilo y seguro. Un tipo estupendo, sencillamente. -Rosander se miró las manos-. Siento no ser de más ayuda.
– Has sido muy solícito. -Patrik se levantó y Paula siguió su ejemplo. Le estrecharon la mano y le dieron las gracias.
Una vez en el coche, repasaron la conversación.
– ¿A ti qué te parece? -preguntó Paula mirando el perfil de Patrik, que estaba sentado a su lado, en el asiento del acompañante.
– ¡Eh, mira la carretera! -Patrik se agarró al asidero al ver que, en la cerrada curva que había antes de Mörhult, Paula evitaba por los pelos el choque frontal con un camión.
– ¡Ay! -exclamó Paula volviendo a dirigir la mirada a la luna delantera.
– Mujeres al volante -masculló Patrik.
Paula comprendió que quería chincharle y decidió hacer caso omiso del comentario. Además, había ido en el asiento del copiloto con Patrik al volante y, a decir verdad, que le hubieran dado el carné debía considerarse como un milagro.
– No creo que Ulf Rosander tenga nada que ver con esto -dijo Patrik, y Paula asintió.
– Estoy de acuerdo. Mellberg está totalmente desencaminado.
– Pues no tenemos más que convencerlo.
– De todos modos, ha estado bien hablar con él. A Gösta debió de pasársele en su momento. Existía una razón para que Magnus se retrasara por primera vez en cinco años. La impresión de Rosander es que se encontraba alterado o, al menos, no sonaba como de costumbre cuando llamó. Y no creo que fuera casualidad que desapareciera precisamente aquella mañana.
– Tienes razón, aunque no sé cómo vamos a proceder para rellenar esa laguna. Le hice a Cia la misma pregunta, si había ocurrido algo extraño aquella mañana, y asegura que no. Claro que ella se fue al trabajo antes que Magnus, pero ¿qué pudo suceder en el breve espacio de tiempo que estuvo solo en casa?
– ¿Alguien ha comprobado la lista de llamadas? -preguntó Paula procurando no apartar de nuevo la vista de la carretera.
– Varias veces. Nadie los llamó aquella mañana. Y nadie lo llamó al móvil. La única llamada que él hizo fue a Rosander. Y luego, nada.
– ¿Recibiría alguna visita?
– No creo -respondió Patrik meneando la cabeza-. Los vecinos veían perfectamente la casa, estaban desayunando cuando Magnus se marchó. Y claro que podría habérseles escapado, pero no lo creían.
– ¿Y el correo electrónico?
Una vez más, Patrik negó con la cabeza.
– Cia nos permitió revisar el ordenador y no había un solo mensaje que despertase el menor interés.
Durante unos minutos se hizo el silencio en el coche. Ambos reflexionaban acerca de todo aquello. ¿Cómo era posible que Magnus Kjellner hubiese desaparecido un buen día sin dejar ni rastro, para luego aparecer tres meses más tarde atrapado en el hielo? ¿Qué habría ocurrido aquella mañana?
Por absurdo que pudiera parecer, había decidido ir paseando. La distancia entre su casa de Sälvik y el objetivo de su paseo se le antojaba a un tiro de piedra. Pero un tiro de piedra de récord mundial.
Erica se llevó la mano a la espalda y se paró a recobrar el aliento. Miró hacia las oficinas de Havsbygg, que aún se hallaban demasiado lejos. Pero igual de lejos estaba su casa, así que o bien se tumbaba allí mismo sobre un montón de nieve, o bien seguía arrastrándose hacia la meta.
Diez minutos después entraba exhausta por la puerta de la oficina. No había llamado de antemano, pensó que llegar por sorpresa le daría ventaja. Se había cerciorado de que el coche de Erik no estuviese en la entrada. Con quien quería hablar era con Kenneth. Y sin que nadie los molestase.
– ¿Hola? -Nadie pareció oírla cuando cerró la puerta al entrar, de modo que continuó hacia el interior. Se notaba que era una casa normal y corriente, remodelada como oficina. La mayor parte de la planta baja era diáfana y las paredes estaban cubiertas de estanterías con archivadores y grandes fotografías de los edificios que construían, y en cada extremo de aquel amplio espacio había un escritorio. Ante uno de ellos se hallaba Kenneth. Se lo veía totalmente ajeno a la presencia de Erica, porque miraba al vacío y estaba completamente inmóvil.
– ¿Hola? -repitió Erica.
Kenneth se sobresaltó.
– ¡Hola! Lo siento, no te he oído entrar. -Se levantó y se encaminó hacia ella-. Eres Erica Falck, si no me equivoco.
– Exacto -dijo al tiempo que, sonriente, le daba un apretón de manos. Kenneth se dio cuenta de que miraba de reojo una silla y la invitó a sentarse.
– Pero siéntate, debe de ser muy pesado llevar esa carga todo el día. Ya no te quedará mucho, ¿no?
Erica apoyó la espalda agradecida y notó que se le aligeraba la presión en los riñones.
– Bueno, todavía me queda un poco, pero es que son gemelos -contestó casi sorprendida al oírse.
– Vaya, pues vais a estar ocupados -contestó Kenneth amablemente al tiempo que se sentaba a su lado-. ¿En busca de casa nueva?
Erica se sorprendió al verlo de cerca, a la luz de la lámpara que tenían al lado. Parecía cansado y demacrado. O desesperado, más bien. De pronto recordó haber oído contar que su mujer estaba gravemente enferma. Erica contuvo el impulso de poner la mano encima de la suya, pues sospechaba que él no lo interpretaría correctamente, pero no pudo por menos de decirle algo. Eran tan evidentes el dolor, el agotamiento; tan profundamente grabados en aquel rostro.
– ¿Cómo está tu mujer? -preguntó con la esperanza de que no se lo tomase a mal.
– Mal. Se encuentra muy mal.
Guardaron silencio unos instantes. Luego, Kenneth se irguió e intentó esbozar una sonrisa, con la que no pudo disimular el dolor latente.
– En fin, pues dime, ¿estáis buscando casa? La que tenéis es muy bonita, desde luego. En cualquier caso, con quien tenéis que hablar es con Erik. Yo me encargo de las cuentas y los archivos, pero el discurso de venta no es lo mío. Creo que Erik vendrá después del almuerzo, así que si vuelves luego…
– No, no he venido a comprar casa.
– Ajá. ¿Entonces?
Erica vaciló un instante. Mierda, ¿por qué tenía que ser tan curiosa y meter las narices en todas partes? ¿Cómo iba a explicárselo?
– Habrás oído lo de Magnus Kjellner, ¿verdad? Que lo han encontrado y eso… -preguntó indecisa.