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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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La cara de Kenneth cobró un tono más grisáceo si cabe. El hombre asintió en silencio.

– Por lo que tengo entendido, os veíais bastante, ¿no?

– ¿Por qué lo preguntas? -dijo Kenneth mirándola con recelo.

– Es que… -Erica rebuscaba en su cabeza una buena explicación, pero no se le ocurría ninguna. Tendría que recurrir a una mentira-. ¿Has leído en la prensa lo de las amenazas que ha recibido Christian Thydell?

Kenneth asintió de nuevo con expresión grave. Un destello afloró a sus ojos, pero fue tan breve que Erica no estaba segura de haberlo visto realmente.

– Christian es mi amigo y quiero ayudarle. Creo que existe una conexión entre las amenazas que él recibe y lo que le ocurrió a Magnus Kjellner -continuó.

– ¿Qué tipo de conexión? -preguntó Kenneth inclinándose hacia ella.

– No puedo entrar en detalles -respondió evasiva-. Pero sería de gran ayuda que me hablaras un poco de Magnus. ¿Tenía enemigos? ¿Alguien que pudiera desearle algún mal?

– No, eso no me cabe en la cabeza. -Kenneth se retrepó en una actitud que dejaba traslucir cuánto lo incomodaba el tema.

– ¿Desde cuándo sois amigos? -Erica orientó la conversación por derroteros menos delicados. A veces el mejor camino era un rodeo.

Y funcionó. Kenneth pareció relajarse.

– En principio, toda la vida. Teníamos la misma edad, así que estábamos en la misma clase en la escuela primaria y luego en el instituto. Siempre estábamos juntos los tres.

– ¿Los tres? ¿Tú, Magnus y Erik Lind?

– Exacto. Si nos hubiéramos conocido de adultos, seguramente no habríamos encajado, claro, pero Fjällbacka es tan pequeño que siempre terminábamos por coincidir y, bueno, seguimos viéndonos. Cuando Erik vivía en Gotemburgo no lo veíamos mucho, pero desde que volvió nos hemos visto con bastante frecuencia, nosotros y nuestras familias. Por costumbre, me imagino.

– ¿Dirías que sois amigos íntimos?

Kenneth reflexionó un instante. Miró por la ventana y, contemplando el hielo, respondió:

– No, no diría tanto. Erik y yo trabajamos juntos, así que tenemos mucho contacto, pero no somos amigos íntimos. No creo que Erik tenga amigos íntimos. Y Magnus y yo también éramos muy distintos. No tengo nada malo que decir de Magnus, ni creo que lo tenga nadie. Siempre lo pasábamos bien juntos, pero no nos hacíamos demasiadas confidencias. Más bien eran Magnus y el nuevo del grupo, Christian, quienes tenían más en común.

– ¿Cómo apareció Christian?

– Pues no lo sé, la verdad. Fue Magnus quien los invitó a él y a Sanna, poco después de que Christian se mudara a Fjällbacka. A partir de ahí, se convirtió en habitual.

– ¿Sabes algo de su pasado?

– No -dijo, y guardó silencio un instante-. Ahora que lo dices… No sé prácticamente nada de lo que hacía antes de venir aquí. Nunca hablábamos de eso. -Kenneth parecía extrañado de su propia respuesta.

– ¿Y qué tal os lleváis Erik y tú con Christian?

– Pues es bastante reservado y, a veces, muy sombrío. Pero es un buen tipo y, con un par de copas de vino en el cuerpo, se relaja y lo pasamos muy bien juntos.

– ¿Has tenido la impresión de que estuviera presionado por algo? ¿O preocupado?

– ¿Te refieres a Christian? -De nuevo aquel destello en los ojos de Kenneth, tan fugaz como el de hacía unos minutos.

– Bueno, lleva aproximadamente un año y medio recibiendo esas amenazas.

– ¿Tanto? No lo sabía.

– ¿No habíais notado nada?

Kenneth meneó la cabeza.

– Como te decía, Christian es un poco… complicado, podríamos decir. No es fácil saber qué tiene en la cabeza. Por ejemplo, yo no me enteré de que estaba escribiendo un libro hasta que no lo tuvo listo para publicar.

– ¿Lo has leído? Es espantoso lo que cuenta -dijo Erica.

Kenneth volvió a negar con un gesto.

– No soy muy dado a leer libros pero, al parecer, ha tenido buenas críticas.

– Fenomenales -confirmó Erica-. Pero, entonces, a vosotros no os había hablado de las cartas, ¿no?

– No, Christian jamás mencionó nada al respecto. Aunque, ya te digo, siempre nos hemos visto en reuniones más o menos numerosas, cenas con las parejas respectivas, en Año Nuevo y en el solsticio de verano y cosas así. Magnus era el único con el que habría hablado, creo yo.

– ¿Y Magnus tampoco os dijo nada sobre ese tema?

– No, en ningún momento. -Kenneth se puso de pie-. Si me perdonas, creo que debería trabajar un poco. ¿Seguro que no vais a lanzaros a comprar una casa nueva? -Sonrió y, con un movimiento del brazo, abarcó todos los anuncios que había en la pared.

– Nos encanta la casa en la que vivimos, gracias, pero esas son muy bonitas. -Erica hizo un intento de levantarse, pero sin mucho éxito, como de costumbre. Kenneth le tendió una mano y le ayudó a ponerse de pie.

– Gracias. -Erica se enrolló en el cuello la amplia bufanda-. Lo siento muchísimo, de verdad -dijo-. Lo de tu mujer. Espero… -No encontró más palabras que decir y Kenneth asintió en silencio.

Erica empezó a tiritar en cuanto salió de nuevo al frío de la calle.

A Christian le costaba concentrarse. Por lo general, disfrutaba del trabajo en la biblioteca, pero hoy le resultaba imposible centrarse, imposible obligar al pensamiento a seguir una dirección.

Todos los que acudían a la biblioteca tenían algún comentario que hacerle sobre La sombra de la sirena. Que lo habían leído, que tenían pensado leerlo, que lo habían visto en el programa Nyhetsmorgon. Y él respondía educadamente. Les daba las gracias si lo elogiaban y, a quienes preguntaban por el argumento, les refería brevemente de qué trataba. Pero en realidad solo tenía ganas de gritar.

No podía dejar de pensar en lo terrible que era lo que le había sucedido a Magnus. Había empezado el hormigueo en las manos otra vez y amenazaba con extenderse. De los brazos al abdomen y de ahí a las piernas. De vez en cuando, notaba como si le ardiese de escozor todo el cuerpo y le costaba quedarse quieto en la silla. Por eso andaba entre las estanterías, devolviendo a su sitio los libros que habían ido a parar al lugar equivocado, colocando los lomos de los libros para que formasen hileras perfectas.

Se detuvo un momento. Estaba con la mano en alto sobre los libros y no se sentía en condiciones de moverla ni de bajarla. Y acudieron los recuerdos, aquellos que cada vez lo sorprendían con más frecuencia. ¿Qué hacía él allí? ¿Por qué se encontraba precisamente allí, en aquel lugar? Meneó la cabeza para ahuyentar aquellas preguntas, pero cada vez las sentía más dentro.

Alguien pasó ante la puerta de la biblioteca. Solo tuvo tiempo de atisbar a la persona en cuestión, el movimiento, más que otra cosa. Pero experimentó la misma sensación que cuando conducía hacia casa la noche anterior. La sensación de algo amenazador y, al mismo tiempo, familiar.

Se dirigió a la entrada apremiando el paso y miró por el pasillo, en la dirección por la que se había alejado aquella persona. Estaba vacío. No se oían pasos ni ningún otro ruido, no se veía a nadie. ¿Se lo habría imaginado todo? Christian se presionó la sien con los dedos. Cerró los ojos y recreó la imagen de Sanna. Su expresión cuando le contó aquella media verdad, aquella media mentira. La boca entreabierta, la compasión mezclada con el horror.

Ya no le haría más preguntas. Y el vestido azul había vuelto al desván, donde debía estar. Con una pequeña porción de verdad había comprado un poco de tranquilidad. Pero ella no tardaría en empezar a cuestionarlo todo de nuevo, a buscar respuestas y esa otra parte de la historia que él no le había contado. Esa parte debía permanecer enterrada. No existía alternativa.

Seguía con los ojos cerrados cuando oyó un carraspeo.

– Perdona, me llamo Lars Olsson. Soy periodista. Me preguntaba si no podríamos hablar un rato. He intentado localizarte por teléfono, pero no lo cogías.

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