El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
Slade, sentado en una silla en la pequeña sala de espera, soltó una revista y se levantó.
– Quería ver a vuestra hermana antes de irme a casa.
– No ha habido ningún cambio -dijo Slade-. Cuando estaba dentro, los doctores estaban hablando sobre tratarle los huesos que tiene rotos ahora que la hinchazón ha bajado -se miró a las manos, que rodeaban el ala de su sombrero-. Tiene un aspecto honible.
– Pero está mejorando -le respondió Nicole-. Estas cosas llevan tiempo.
– Ojalá despierte -la frente de Matt estaba surcada por profundas arrugas de preocupación. Señaló hacia las puertas cerradas-. Thorne está con ella ahora.
– ¿Sí? -¿por qué había reaccionado así su corazón ante la sola mención de su nombre?
– Sí -Slade miró al reloj-. No creo que tarde en salir, si es que quieres hablar con él.
La boca de Matt se alzó en una media sonrisa.
– Bueno… ¿qué hay entre Thorne y tú?
– ¿Es que hay algo? -dijo ella, devolviéndole la sonrisa.
– Yo diría que sí -intervino Slade-. Nunca he visto a Thorne tan… contento.
– No está contento -dijo Matt sacudiendo la cabeza-. Él no conoce el significado de esa palabra, pero sí que se le ve menos nervioso y tenso, más distraído.
– ¿Sí?
Las puertas se abrieron y Thorne, con pantalones y cazadora vaqueros, salió como una flecha. Su expresión era sombría y tenía los ojos entrecerrados hasta que los posó con toda su fuerza en Nicole.
– ¿Ocurre algo? -preguntó ella.
– Sí, ocurre algo. Sigue en coma y tiene un aspecto horrible. Los médicos siguen diciendo que está progresando tan bien como se esperaba, pero no sé si creerlos. Ya ha pasado una semana desde que la trajeron aquí.
– Se está haciendo todo lo que…
– ¿Sí? ¿Y eso cómo lo sé?
– Pensaba que ya habíamos hablado de esto… de lo competente que es el personal, de la eficiencia del hospital, del tiempo que llevan estas cosas…
– Ya basta -la miró y se pasó la mano por el pelo con frustración-. ¡Maldita sea!
– ¿Qué quieres? -le preguntó ella.
– ¿Te refieres aparte de que mi hermana y su hijo se recuperen, aparte de encontrar al padre del niño, de descubrir la verdad sobre el accidente y de conseguir la paz en el mundo?
– ¿Eso es todo? -ella enarcó una ceja con gesto arrogante y le sostuvo esa irresistible mirada.
– No, ¡también me vendría bien una taza de café!
– Bueno, pues eso puedo conseguírtelo en cuanto cure a tu hermana y remate unos últimos detalles en el asunto de la paz en el mundo -respondió bruscamente y, al oír una risita detrás de ella, se volvió para encontrar a Slade intentando ocultar una sonrisa-. ¿Te hace gracia?
– En absoluto, pero estoy disfrutando mucho del espectáculo. No suele verse cómo alguien pone al viejo Thorne en su sitio.
– ¿Es eso lo que está haciendo? -preguntó Thorne y después, antes de que Nicole pudiera protestar, la agarró por el codo y la sacó al pasillo-. Vosotros -gritó mirando hacia atrás- podéis iros. Luego os veo.
– Espera un minuto. ¿Qué crees que estás haciendo? -le preguntó Nicole cuando él la llevó por el pasillo hasta una pequeña alcoba con un asiento empotrado bajo la ventana y unas macetas.
– Esto -no perdió el tiempo; bajó la cabeza y la besó con tanta intensidad que ella no podía respirar.
Sintió cómo sus huesos comenzaban a derretirse y se dijo que era una locura, que él no tenía derecho a arrastrarla a ninguna parte, y menos allí, en el hospital donde trabajaba. Sin embargo, había una parte de ella que respondió a su espontaneidad, a la intensidad de un hombre que la deseaba tanto como para llevarla casi a rastras hasta la relativa intimidad de esa pequeña habitación.
La boca de Thorne era pura magia: cálida e insistente. Ella lo besó también a él, separó los labios para aceptar su lengua, mientras el corazón le latía con una cadencia frenética y salvaje.
En ese momento sonó su busca y se apartó bruscamente ante la divertida mirada de él.
– No he podido resistirme -dijo Thorne mientras Nicole se metía la mano en el bolsillo para sacar el busca.
– A lo mejor deberías aprender a no perder el control -miró la pantalla digital y reconoció la extensión de la doctora Oliverio.
– ¡Ja! -lanzó una breve carcajada-. Cuando estoy contigo, lo pierdo completamente -admitió-. Igual que le pasa a usted, doctora.
– Me has sorprendido. Eso es todo. Tengo que irme.
– ¿Una urgencia?
– No lo sé, pero será mejor que vaya a ver.
Thorne esbozó una traviesa sonrisa cuando la atrajo hacia él y volvió a besarla.
– Te llamo luego.
– Vale -al darse la vuelta, Nicole se topó con dos auxiliares que fingieron no haber visto nada, pero las sonrisas que intentaron ocultar y el brillo de sus ojos le dijo todo lo contrario.
Se aclaró la garganta, recorrió el pasillo en dirección a su despacho y se recordó, por enésima vez, que no iba a tener nada con Thorne McCafferty.
Pero una pequeña voz dentro de su cabeza tuvo la audacia de insinuar que ya era demasiado tarde para eso.
Once
– Ya le daré una respuesta -le dijo Thorne, intentando mostrar una sonrisa, a la mujer que estaba sentada en el sillón favorito de su padre. Se llamaba Peggy, se había mudado a Missoula desde Las Vegas el año anterior y ahora vivía en Grand Hope. Por lo que podía saber, su experiencia con bebés se basaba en el tiempo que había criado a sus propios hijos y en los años que había pasado como auxiliar en una guardería. Sus otros trabajos habían incluido el puesto de supervisora en una fábrica de conservas en California y el de camarera de hotel en Nevada. Era bastante agradable, pero no estaba seguro de que fuera la mujer adecuada para vivir en el rancho y cuidar de J.R.-. Aún estoy haciendo entrevistas.
La mujer sonrió al ponerse de pie y se atusó su enmarañado pelo gris.
– Bien, ya me dirá algo. Tiene mi número.
– Sí, lo tengo en el curriculum.
Se dieron la mano y al hacerlo, él se fijó en que llevaba un anillo en cada dedo. Tenía una espesa capa de maquillaje y las uñas largas y pintadas de rojo intenso.
– Gracias -salió del salón sacudiendo sus esbeltas caderas bajo unos vaqueros ajustados. En la puerta, él le entregó su estropeado abrigo de ante y un pesado bolso de flecos que la mujer se echó al hombro antes de salir.
– ¿Ha ido bien? -preguntó Matt mientras aún se oían las botas pisando las escaleras-. ¿Has encontrado a alguien?
– Aún no -Thorne miró por la ventana y vio a Peggy subirse en una enorme ranchera con tanta porquería encima que algún chaval había escrito Lávame en la luna trasera. Ella se detuvo a encenderse un cigarrillo y echó un geiser de humo antes de arrancar. No, Peggy Sentra no le serviría. Y tampoco las otras dos mujeres que había conocido.
– Has entrevistado a tres.
– Y tendré que entrevistar a una docena más -las tres mujeres que había visto le habían parecido totalmente incapaces de cuidar a su sobrino y no eran ni mucho menos lo que buscaba-. Ya he dejado un mensaje en el contestador de la agencia.
– El pequeño J.R. vuelve a casa mañana.
– Lo sé, lo sé -respondió Thorne con brusquedad- y me parece que los tres y Juanita vamos a tener que hacer malabarismos para ocupamos de todo hasta que encontremos a alguien.
– Ey, para el carro -dijo Matt alzando las manos-. Yo tengo que salir mañana, tengo que arreglar la valla antes de que movamos la manada. Slade, Adam Zolander y Larry Todd van a ayudarme. Y pasado mañana tengo que ir a mi finca, así que será mejor que no contéis conmigo hasta que vuelva.
Thorne frunció el ceño, pero no dijo nada. Matt tenía su propio rancho en la frontera con Idaho, un lugar que apenas había podido permitirse. Aun así, había reunido suficiente dinero para la entrada y había hablado con el anterior propietario para pagarle el resto. Se sabía que Matt trabajaba entre dieciséis y dieciocho horas al día, y todo por un pedacito de tierra empinada y una pequeña granja. Thorne nunca había entendido la conexión que Matt tenía con la tierra, su necesidad de tener su propio rancho, pero allí estaba. Él, en cambio, había aprendido a muy temprana edad que una superficie en acres tenía más valor porque podías explotarla o sacarle beneficio vendiéndola,