Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Sabían que incluso una amenaza implícita involuntaria a la seguridad de la desviación de dinero podría tener consecuencias fatales.
Edward Buccieri, Marty, un primo lejano de Fiore Buccieri, era jefe de mesas en el Caesar's Palace. Corredor de apuestas que había cumplido condena, conoció a Allen Glick cuando éste intentó comprar por primera vez el King's Castle en el lago Tahoe el año 1972. Buccieri presentó a Glick a Al Baron y a Frank Ranney, los gestores de fondos del sindicato de camioneros, que después contribuyeron en la compra del Stardust por parte de Glick en 1974. En 1975, después de que la práctica del desvío de dinero hubiera empezado a hinchar bolsas de la compra con dinero en efectivo para los capos de la mafia que habían dispuesto el préstamo, Buccieri empezó a agobiar a Glick. Quería una gratificación en concepto de su descubrimiento y pedía de 30.000 a 50.000 dólares. Según Beecher Avants, el jefe del departamento de homicidios local en ese momento:
Buccieri hacía años que tenía ojeriza a Glick. Buccieri le contaba a todo el que le escuchaba que primero él le consiguió a Glick los préstamos de la Caja de Pensiones y después Glick lo defraudó. Ahí estaba Glick como propietario de cuatro casinos, tres hoteles, aviones y casas por todas partes, mientras Marty seguía en las mesas del Caesar's en un turno de ocho horas.
Una tarde de mayo, Glick y Buccieri se encontraron en el hotel Hacienda. De nuevo, Buccieri sacó el tema de la gratificación. La conversación subió de tono, y Buccieri agarró a Glick por el cuello y lo amenazó. Los guardias de seguridad los separaron. Según Rosenthaclass="underline"
Recuerdo a Glick cuando volvió después al Stardust. Tenía el rostro totalmente enrojecido. Estaba nervioso.
– Tengo que hablar contigo -me dice-. Es urgente. ¿Conoces a Marty Buccieri?
Yo no conocía al tipo. Lo conocía de oídas, pero no personalmente. Sabía que era un pariente lejano de mi amigo Fiore Buccieri, tal vez primos lejanos o algo así. Pero no lo había visto nunca.
Glick está desquiciado. Muy raro en él.
– Frank, no dejaré que esto vuelva a suceder. Y tú tienes que ayudarme -dice.
Le pregunté qué había ocurrido y me explicó que Marty lo había agarrado por el cuello y lo había empujado. Le pregunté por qué Buccieri había hecho algo así, pero Glick sólo quería describir lo que había sucedido. Me respondió con una gilipollez pero la cosa no quedó demasiado clara. Más tarde tuve la sensación de que se debió a que Buccieri consideraba que lo había estafado.
Una semana después del incidente, Buccieri estaba a punto de poner el coche en marcha en el aparcamiento para empleados del Caesar's Palace cuando dos hombres armados con sendas automáticas del calibre 25 con silenciador le dispararon cinco tiros en la cabeza. Como cuenta el jefe del departamento de homicidios Beecher Avants:
Fui a hablar con Glick sobre el asesinato. Glick tenía uno de esos despachos ostentosos, con un montón de espejos. Por allí tenía los aparatos electrónicos más modernos. Estanterías con libros y placas por todas partes. Máquinas electrónicas que registraban las cotizaciones de la bolsa. Lámparas caras, jarrones con flores. Era el despacho de un presidente. En todos los sitios donde te podías sentar te veías reflejado en un espejo. Glick era uno de esos tipos pequeñajos que se esconden tras una mesa grandiosa.
Glick dijo que había tenido un «altercado» con Buccieri, pero negó que Buccieri le hubiera agredido físicamente.
Mientras hablaba, Glick se mantenía quieto en su sitio. Muy controlado. Los hombres de negocios te dan respuestas a todo lo que les preguntas. Era como un zombi. Un ser inexistente. Y todos los espejos de la estancia reflejaban el mismo ser inexistente. Al cabo de un rato, me empecé a preguntar cuál de ellos era realmente Glick.
El Zurdo era otra historia. En su despacho no había espejos. Estaba limpio como una patena. Encima de la mesa no había nada. Detrás, tenía ese póster con un gran «¡NO!» que ocupaba el noventa por ciento del espacio y un pequeño «sí» apretujado en la parte de abajo.
El Zurdo estaba de pie detrás de la mesa, y lo único que movía era el lápiz, con el que siguió jugueteando. El Zurdo era uno de esos tipos que no quieren decirte nada, pero siempre te hacía saber que sabía mucho más de lo que revelaba.
Beecher Avants y el departamento de homicidios pasaron meses intentando acusar a Tony Spilotro del asesinato de Buccieri, al cual habían controlado una semana antes del asesinato hablando con los del sindicato de camioneros en la cafetería del Tropicana. Mientras tanto, el FBI sabía al cabo de unos días que Frank Balistrieri había ordenado el asesinato desde Milwaukee. Según un importante confidente de Milwaukee, Balistrieri estaba convencido de que Buccieri era un delator y se dirigió a los capos de Chicago en busca de la aprobación para llevar a cabo la acción. Se asignó el asesinato a Spilotro y su banda. Según el confidente, Spilotro insistió enfurecido a Balistrieri en que Buccieri no era un confidente; sin embargo, desempeñó la misión de todos modos. Hizo venir a dos asesinos: uno de California y otro de Arizona. A ninguno de ellos se le imputó jamás el crimen.
El FBI tenía gran parte de razón. Lo que no supieron en el momento, pero sí descubrieron más tarde, era que Marty Buccieri fue asesinado porque amenazó a Glick, y Glick era el hombre de paja de la mafia. Una amenaza a Glick se entendía como una amenaza a los capos y al desvío de dinero. Puesto que preservar la inviolabilidad y seguridad del desvío de dinero nunca supondría un motivo para asesinar a Buccieri, los capos que dieron la orden filtraron en la organización la historia de que se había convertido en confidente del gobierno. Ni siquiera Spilotro, el hombre a quien se asignó el asesinato desde Chicago, supo la verdadera razón que se escondía detrás del asesinato de Buccieri.
Seis meses después de la muerte de Buccieri, el 9 de noviembre de 1975, una acaudalada mujer de cincuenta y cinco años, llamada Tamara Rand, recibió cinco disparos en la cabeza y cayó muerta en la cocina de su casa en el barrio de Mission Hills de San Diego. Se trataba de una acción profesional. Los asesinos utilizaron un arma del calibre 22 con silenciador; no había señales de que hubieran forzado la entrada y no faltaba nada. El marido de Rand encontró el cadáver cuando volvía del trabajo. En palabras de Beecher Avants, del departamento de homicidios:
La mañana siguiente al asesinato, empecé a recibir llamadas de la prensa. Resultaba que Tamara Rand acababa de volver de Las Vegas y había discutido con Allen Glick.
¡Un gran parecido con lo de Marty Buccieri! No se puede discutir con este hombre y terminar sin que te asesinen. La cuestión era que Rand había reclamado determinadas acciones a Glick y había ido a los tribunales para exigir una parte del Stardust.
Era una mujer dura. Había volado hasta la ciudad en mayo para presentar la demanda y, al volver a San Diego, le contó a su sobrina que había discutido con Glick. También dijo que la habían amenazado, pero quién lo había hecho exactamente no quedó claro. Su sobrina dijo que no le dio importancia a la amenaza: «Lo que realmente le interesaba era poner en orden todas sus deducciones fiscales para el juicio».
Glick había luchado discretamente contra las reclamaciones de Rand de ser socia del Stardust durante años, pero el repentino asesinato al estilo mafioso provocó que el oscuro litigio pasara de las páginas de economía a la portada.
Glick se enteró de que habían asesinado a Tamara Rand al descender del avión de Argent en Las Vegas, y los periodistas y cámaras de televisión le dieron la bienvenida preguntándole por su reacción ante el asesinato. Tras mostrarse conmocionado, subió en una limusina de Argent y huyó del lugar. Al día siguiente, el departamento de relaciones públicas de Argent emitió un comunicado que decía que si bien Glick conocía a Rand y tenía gratos recuerdos de su amistad con ella, no había más comentarios.