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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Ya sabía que en casa las cosas no iban a las mil maravillas, pero estuve mucho tiempo sin enterarme de hasta qué punto iban mal. Geri seguía siendo bastante imprevisible. Algunos días se levantaba contenta y otros era imposible estar cerca de ella. Todo lo que decías era motivo de pelea.

No le gustaba que me metiera con ella por la bebida, como tampoco le gustó cuando la regañé por dejar que Steven, que tenía siete años, pegara a Stephanie, que tenía sólo tres.

Geri adoraba a Steven. Lo malcriaba muchísimo. Era su trofeo, un muñeco precioso. Siempre lo trataba mejor que a su hermana.

Además, Geri era muy independiente. Le importaba un rábano lo que pensara o dijera la gente. Y la gente que nos conocía a los dos intentaba no hacer ningún comentario sobre lo que sabía de nosotros.

Yo no tenía idea, por ejemplo, de los poderes hipnóticos que seguía teniendo Lenny Marmor sobre ella mucho tiempo después de casarnos. Era consciente de que seguían en contacto a causa de Robin, pero lo que no sabía era que Geri, cuando iba a Berverly Hills de compras con Kathy, la mujer de Allen Glick, se citaba allí con Marmor.

Geri y Kathy cogían el Lear de Argent una o dos veces al mes. En el aeropuerto de Burbank les recogía una limusina y se iban a algunos almacenes a dar una vuelta. Al cabo de unos minutos, Geri desaparecía. Ni siquiera le decía a Kathy a dónde iba. Se marchaba y luego, tres o cuatro horas más tarde, encontraba a Kathy en algún sitio, ya fuera el aeropuerto u otro lugar, y volvían juntas. Ninguna explicación. Nada de nada.

Kathy Glick se lo contaba a su marido, pero Allen, por miedo a complicaciones o lo que fuera, jamás me comentó nada. De modo que yo no sabía lo que estaba sucediendo. Geri estaba convencida de que nadie la delataría, y estaba en lo cierto.

Dos de mis mejores amigos, Harry y Bibi Solomon, tal vez las personas más honradas que he conocido en mi vida, por fin me avisaron. De vez en cuando salían con Geri cuando yo estaba trabajando. Una noche les reservé mesa en el hotel Dunes. Era el restaurante más distinguido. Música, baile, platos de gourmet.

Más tarde, Harry se me acercó y me dijo que tenía que confesarme algo. Era un tipo así. Me dijo:

– Ya sé que no vas a perdonármelo, pero te lo diré de todas formas. Tenía que habértelo comentado antes. Es algo que me tiene alterado.

– Vamos, Harry, al grano -respondí.

– Voy a contarte lo que sucedió -dijo-. Estábamos cenando y sonaba la música. Aparece un individuo en la mesa, pregunta a Geri si quiere bailar y yo le digo que se vaya por ahí. «¿Estás loca?», le dije a ella. Y ella me respondió: «Tú a lo tuyo». Se levantó de la silla, se fue hacia el tipo y le dijo: «Encantada».

Harry se puso negro. No sabía qué hacer. Pidió la cuenta. Cuando acabó el baile, le dijo a Geri: «Oye, eso no se lo voy a contar a Frank. No pienso sentarme más en una mesa contigo si no está Frank». A Geri le dio igual. Pensó que estaban todos chalados.

Geri siempre había vivido su vida. No quería cambiar. Pensándolo bien, creo que siguió con Lenny Marmor todos aquellos años -y cabe recordar que el fulano jamás le mandó una tarjeta de cumpleaños- porque él nunca le impidió hacer lo que le apetecía.

Aquél era el poder que tenía sobre ella. Le daba igual lo que hiciera con tal de que sacara dinero. Y me da la impresión de que a Geri le gustaba más eso que alguien como yo, que siempre le estaba encima con esto, aquello y lo de más allá.

Cuando Geri se dedicaba a hacer la calle por ahí, Lenny no le decía: «¡Basta! Te quiero. No lo hagas más». Pues no. Lenny le dejaba hacer lo que quería. No le importaba. ¿Beber? Pues claro. ¿Tomar pastillas? Adelante. Lenny nunca le prohibió hacer nada porque Geri sacaba mucho dinero.

Luego aparezco yo, y probablemente por primera vez en su vida se encuentra con un tipo que impone unas normas. La verdad es que Geri no siguió en su vida más normas que las suyas propias.

Tal como cuenta Tommy Scalfaro, el chófer de El Zurdo:

Geri era una bruja del arroyo colgada. Su actitud dependía de lo que se había tomado aquel día. Cuando iba de Percodan, era simpática y cariñosa. Te ofrecía dinero. Se veía obligada a actuar así. Se había ocupado ella misma de los niños y de que no les faltara detalle.

Cuando le faltaba el Percodan, era detestable. Todo era a tomar por culo esto, a tomar por culo lo otro. Le montaba el cirio a El Zurdo. Era capaz de ponerse realmente odiosa.

Empezaba a chillar diciendo que El Zurdo jodía con ésta y con la otra y que ella empezaría a salir y a hacer lo mismo. «Te he visto con Donna -gritaba-. Te he pillado tocando el culo a Mary -decía-. Tú sigue así y verás lo que hago yo.»

¿Quién demonios sabía lo que hacía ella? En definitiva, El Zurdo paraba poco en casa. Llevaba los casinos e intentaba tener bajo control lo de su licencia. Él era muy exigente. Todo tenía que ser perfecto. Tenía la obsesión de que las americanas y los trajes le cayeran impecablemente. Una vez a la semana iba al sastre, y éste cuando lo veía, temblaba. Siempre le estaba chinchando con medio centímetro o veinte milímetros en el lado izquierdo. Durante todo el día se iba ajustando el cuello, las mangas y los puños.

Nadie puede imaginarse la cantidad de trajes que tenía. Tenía un armario de doce metros de largo con todos los trajes colgados. Aparte de los pantalones, camisas y jerseys, que todos tenían que ajustársele a la perfección.

Y hete aquí que se había casado con una adicta a las pastillas. Él tenía receta para el Percodan, como remedio para su úlcera, y Geri me mandaba a la farmacia cada quince días a buscar más provisiones. El Zurdo prácticamente no tocaba el medicamento.

Cuando conocí a Geri, enseguida me di cuenta de que sería una fuente de problemas. Se refería a El Zurdo llamándolo «señor R.» y me acribillaba a preguntas. Enseguida tuve la sensación de que me estaba preparando para los recados que surgirían más tarde. La verdad es que tardó muy poco en mandarme al Burger King a comprar hamburguesas para los niños, a recoger la ropa de la tintorería. No sólo te mandaba a hacer recados sino que te daba las órdenes con desprecio.

De no haberme plantado un poco, me habría tenido todo el día recorriendo la ciudad. Me quejé de ello a El Zurdo y a partir de entonces ella me odió, pero me importaba un bledo.

Geri frecuentaba los centros comerciales. Se iba de compras a California. La criada y la hija de la criada se ocupaban de los niños.

El Zurdo ocupaba todo su tiempo en el casino o en reuniones con gente del casino. Un par de veces tuve que recogerlo a las tres de la madrugada y llevarlo a un 7-Eleven, donde iba a encontrarse con gente de Chicago.

En pijama, saltaba de nuestro coche y se metía en el de otro individuo. Yo no quería observar muy de cerca, pero muchas veces me dio la impresión de que El Zurdo era quien daba las órdenes y otras que se las daban a él.

En palabras de El Zurdo:

Un año después de que Allen Glick se hiciera cargo de la empresa, organizó una fiesta en su residencia, en La Jolla, y Geri yo acudimos a ella. Allí había tres o cuatrocientas personas.

Organizó seis vuelos en Lear que recogieron a los de Las Vegas y los llevaron a San Diego. Todo eso lo hizo un personaje que nada más hacerse cargo de la empresa tuvo que pedirme prestados siete mil dólares porque no se había formalizado el préstamo. Me los devolvió enseguida, todo hay que decirlo.

Para la fiesta, me ofreció dos jets, tan sólo para mí y mis amigos.

Al llegar allí, descubrimos que Glick había dispuesto que yo me sentara entre él y Geri.

De camino hacia San Diego dije a Geri:

– Ni una puta gota de alcohol.

Llevábamos una temporada peleando por su problema con el alcohol, pero yo no sabía a qué me estaba enfrentando.

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