Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Allen Glick me pidió que inspeccionara el Hacienda. Quería que hiciera una evaluación completa. Lo hice y el informe que le presenté era muy negativo. Se incurría en hechos delictivos y había mala gestión. El incumplimiento de las normas del Departamento de Juego era evidente.
El Zurdo decidió que había que deshacerse del ejecutivo del Hacienda. El Zurdo no sabía nada de la amistad del ejecutivo con Pete Echeverría, el director de la Comisión del Juego.
Como afirma El Zurdo:
Debería haberlo sabido, pero lo desconocía. Cuando despidieron al tipo, le dijo a todo el mundo que Pete Echeverría se encargaría de Frank Rosenthal de manera adecuada y rápida. Me enteré de la amenaza después de los hechos. No le di importancia.
Pete Echeverría era un abogado de cincuenta años que se enorgullecía de «no haber lanzado nunca los dados, jugado una mano a la veintiuna, ni puesto un dólar en la ruleta» en toda su vida, pero sabía que «el juego era una parte esencial de la economía de nuestro estado y se tenía que llevar como un negocio verdaderamente claro y honrado».
Ex senador del estado que había trabajado en el Departamento de Planificación estatal, Echeverría había crecido en Ely, Nevada, se había licenciado en la Universidad de Nevada y en la Facultad de derecho de Stanford, y durante veinticinco años había ejercido como abogado especializado en temas inmobiliarios cuando, en octubre de 1973, el gobernador Mike O'Callaghan le eligió para el cargo superior en temas de juego.
Según Rosenthaclass="underline"
Sabía que Echeverría iba a ser mi verdugo, y localicé a Phil Hannifin. Nos encontramos en la cafetería del Stardust. Le pregunté qué posibilidades tenía de obtener una licencia de juego como empleado clave. Le hablé de mi pasado, de todo. Si se trataba de algo imposible, le dije que yo no tenía problema en retirarme. Adoptaría otra posición. Le dije: «Te hablo como amigo». Añadí que sentía un gran respeto por él. ¿Puedo presentarme ante el Departamento de Control y que se me haga justicia teniendo en cuenta mi pasado?
Era todo lo que quería saber: si podía contar con un empujoncito Hannifin era un tipo duro y me dijo, mirándome fijamente a los ojos:
– Te diré una cosa. Votaré en tu favor con la conciencia tranquila.
Tenía delante un regalo de Navidad. La licencia clave me permitiría estar en la cima de la empresa de manera oficial. Tendría la posibilidad de aprovechar las opciones de acciones. Todo.
Hannifin me proporcionó una posibilidad de éxito al cincuenta por ciento. Echeverría había estado presionando a Hannifin y al Departamento de Control para que me presentara a solicitar la licencia.
Si tenía una oportunidad, tenía que ir a por ello. La ocasión era demasiado maravillosa. Argent contrató una empresa de detectives privados -todos ex agentes del FBI- y recibieron cien mil dólares para que descubrieran todo lo posible sobre mí. Yo deseaba saber todo lo que los detectives del Departamento de Control sabían por si tenían la intención de hundirme.
Los chicos del FBI hicieron un trabajo increíble. Eran tipos duros. No hubieran aceptado la misión si yo no les hubiera dado mi aprobación de que si encontraban algo grave contra mí, podían presentarlo a las autoridades.
Empecé a sentirme bastante bien. Incluso el Departamento de Justicia finalmente había llegado a desestimar los cargos de la Rose Bowl contra nosotros, y se remontaban a 1971. Fui a ver a Glick y le dije que iba a solicitar una licencia para un empleo clave.
Pero un par de semanas antes de la vista, Hannifin dejo de pasar por allí. No tenía noticias suyas. No conseguía localizarle por teléfono. Le llamaba dos veces a la semana y nunca estaba. Una noche, hablé con su esposa. Me dijo que él me llamaría, pero no lo hizo. Tenía la sensación de que me iban a traicionar.
Las vistas del Departamento de Control se llevaban a cabo en Carson City, lo cual era habitual e incómodo. Teníamos que desplazarnos hasta allí en avión con dos o tres Lears para poder llevar a mis abogados y a la mayor parte de mis testigos, que vivían y trabajaban en Las Vegas.
Las vistas se realizaron en una sala enorme. Me acuerdo de contemplar a Linda Rogers, la secretaria de Oscar Goodman, empujando un carrito con montones de informes míos y demás material.
Las vistas duraron dos días en la segunda planta del edificio estatal de Carson City. El Zurdo fue interrogado a fondo: sobre Eli El Zumos, sobre su presunto soborno al jugador de fútbol americano de Carolina del Norte, sobre su relación con Tony Spilotro. «El Zurdo respondió las preguntas del Departamento con todo detalle -dijo Don Diglio, un periodista del Las Vegas Review Journal-, a veces con demasiada profusión de detalles.»
Según Diglio, cuando El Zurdo respondía las preguntas, se ponía tan nervioso que no podía parar de seguir dando más explicaciones y justificaciones. Cuando le preguntaron por su relación con Spilotro, por ejemplo, El Zurdo inició un monólogo plagado de divagaciones: dijo que conocía a Spilotro desde su nacimiento, que sus padres se conocían, pero que desde que se habían instalado en Las Vegas no habían tenido nada que ver ni a nivel social ni profesional.
Según declaró El Zurdo:
Admito que con toda la publicidad negativa y las acusaciones contra Tony… y manifiesto que no estoy de acuerdo con ello. He leído que el señor Spilotro estaba aquí para vigilarme, controlarme, y otras cosas. Admito que me estaba introduciendo en una zona delicada de juego, y me familiaricé con el Departamento de Control, la Comisión, y el negocio como una rama punta.
Pero también me di cuenta de mi derecho o del derecho de mi familia, del hecho de que estaba casado y de que era afortunado de tener dos hijos sanos, de que era mejor ser consciente de ello.
Lo intenté desde el primer día en que entré en el Stardust. Pienso en mis antecedentes, pienso que la autoridad -y ahí, según Diglio, Rosenthal miró intencionadamente a Hannifin- estaría de acuerdo en que mi historial señala que soy casi perfecto o que estoy cerca de la perfección.
Creo que Tony era consciente de ello. Tony vino a Nevada por su cuenta. Tenía el derecho de elegir vivir con su familia donde deseara. Yo respeto ese derecho. Creo que él respeta el mío.
Tony evitó a Frank Rosenthal y yo evité a Tony, hasta el punto de que no recuerdo que Tony Spilotro haya entrado en ningún establecimiento Argent. No puedo recordarlo. Si me preguntan: «Frank, ¿tenías algún plan o llegaste a algún acuerdo con Tony para no encontraros?», la respuesta es un no rotundo. Creo que había respeto, y yo valoro ese respeto.
Rosenthal se defendió durante cinco horas; el total de las vistas duró dos días. Allen Glick también declaró, y afirmó que no conocía los detalles del pasado de Rosenthal cuando lo contrató. Pero, dijo, estaba satisfecho con el trabajo de Rosenthal y volvería a tomar la misma decisión. «Si se niega la licencia a todo el mundo que tiene algo en su pasado -dijo Glick a la Comisión-, seguramente habrá que tachar al cincuenta por ciento de la gente de esta ciudad.»
«Durante el segundo día de interrogatorio -dijo Jeff Silver, el asesor jefe del Departamento de Control-, quedó patente que El Zurdo no tenía suficientes respuestas para las preguntas que se le formulaban. Le pregunté a uno de los miembros del Departamento, Jack Straton, que si iban a denegar la licencia al pobre tipo de todos modos, ¿por qué lo sometían a todas esas preguntas? Detuvimos las vistas.»