Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
En aquella época de mi vida yo no bebía, no bebía nada. No sabía que se trataba de algo que una persona no puede controlar. Tampoco tenía idea de los estimulantes y los tranquilizantes. En realidad era muy ingenuo. Era un pardillo. Ni un solo trago. «Esto son negocios», le dije. Sí, sí…
Y empieza la fiesta, aparece un camarero con una bandeja con champán Dom Pérignon y ella coge una copa. Yo digo para mis adentros: «La puta». A nuestro alrededor hay trescientas personas. No tengo ganas de subirme a la parra y montar una escena.
Geri se acaba la copa. Yo no la pierdo de vista, pero ella no dice ni mu. Creo que ni siquiera se da cuenta de que la estoy mirando.
Alguien la invita a bailar. Se levanta y baila. Entonces veo que la copa ya le ha hecho efecto. Nadie más se da cuenta de ello, pero yo la conozco tan bien que advierto el impacto.
Después del baile, se sienta de nuevo, pasa otra vez el camarero con la bandeja y ella asiente con la cabeza. El camarero le deja una copa de champán delante.
– Oye, bruja, atrévete a acercar los labios a la copa y saltas de la silla del bofetón que te doy -le murmuro.
– No tienes cojones de hacerlo -responde mirándome a los ojos.
– Por supuesto que sí -digo.
Me doy cuenta de que Glick me está mirando, pero no oye lo que estamos diciendo.
– Me da exactamente igual el lío que se pueda montar, incluso soy capaz de jugarme el empleo, pero acerca los labios a la copa y verás como saltas de la silla -le digo.
Coge la copa con los dedos. La levanta. Me daba cuenta de la que se iba a armar, de forma que me incliné un poco hacia Glick y le dije que no tenía intención de molestarlo, pero que me hiciera el favor de intentar convencer a Geri para que dejara la copa pues de lo contrario tal vez obligaría a hacer algo de lo que tendría que arrepentirme durante el resto de mi vida.
– Si toca esa copa, Allen, tendré que darle un buen sopapo -le dije a Glick.
Glick palideció.
– Si me viene con evasivas -le dije-, la tumbo.
– ¿Me harás el favor de escuchar a tu marido, Geri? -le dice Glick.
Ella dejó la copa, se volvió hacia mí casi sin aliento y me dijo:
– Ésta me la vas a pagar hijoputa.
Podéis imaginaros cómo se estaba poniendo la fiesta, aunque no creo que nadie se diera cuenta. Geri era una gran actriz y una borracha. Supo llevarlo. No se tambaleaba.
Cuando me casé con Geri oí un montón de historias. Pero a mí me importaba un rábano lo que hubiera hecho. «Soy Frank Rosenthal -me dije-, y soy capaz de cambiarla».
En opinión de Barbara Stokich:
Tenían unas peleas terribles. Los dos eran testarudos y no cedían. Él la amenazaba con quitarle a Steven porque bebía, pero luego se reconciliaban y él le compraba una bonita joya.
Recuerdo que después de una de sus peleas ella me dijo que prefería morir antes que abandonar el alcohol. Le encantaba ver a Frank con una copa de vino en la mano. Él se tranquilizaba. Ella se tranquilizaba. Estoy segura de que Frank empezó a beber tan sólo para complacerla, pero tenía úlcera y no podía.
Como cuenta El Zurdo:
Un día Tony había venido a casa para una reunión. Estaba a punto de marcharse y se disponía a llamar por teléfono a uno de sus muchachos para que lo recogiera. Geri iba a llevar a Steven y a Stephanie a alguna parte y se ofreció para acompañarlo.
Tony me consultó si me parecía bien y le dije que claro, por supuesto. No me lo pensé dos veces.
Al cabo de una semana o así, Tony me llamó. Dijo que tenía que verme. Lo noté muy serio. Nos citamos entre las doce y la una de la madrugada. Lo recogí en la esquina en que habíamos quedado y seguí conduciendo. Era algo que hacíamos normalmente antes de que nos tuvieran tan controlados.
Me dijo que tenía algo que contarme. Algo que lo inquietaba mucho. Algo que había visto cuando había estado en el coche con Geri y los niños. No me imaginaba lo que iba a decirme. Ponía un aire muy solemne. Un tipo que había hecho de todo y ahora estaba afectado. Seguí conduciendo con el corazón en un puño. Tragándome los nervios.
Dijo que cuando se había metido en el coche con Geri y los niños, Steven había empezado a martirizar a Stephanie. Cosas de críos. Nada serio. Pero que luego, de repente, Stephanie se puso a gritar: «¡Socorro, mamá! ¡Socorro, mamá!». Tony miró hacia el asiento de atrás y vio que Steven estaba pegando unos puñetazos terribles a Stephanie.
– Geri -dijo Tony-, ¿no puedes detenerlo?
– Lo hace en broma -respondió Geri.
Stephanie está chillando en el asiento de atrás. Tony se vuelve y ve que la niña ha caído del asiento y él sigue pegándole puñetazos mientras está en el suelo. Según Tony, por fin tuvo que obligar a Geri a detenerse y acabar con la pelea.
Tony me hizo jurar que no se lo diría a Geri, añadiendo, sin embargo, que le había parecido tan fuerte que me lo tenía que contar. Dijo que le daba náuseas. Que tuvo la impresión de que Geri disfrutaba viendo como le hacían daño a su propia hija.
Una noche, Rosenthal llevó a Geri a bailar al club. Estaba muy atractiva, encantadora. Según El Zurdo:
Estaba muy orgulloso de ella. Adonde quiere que fuera llamaba la atención. Era realmente una mujer de bandera. Es uno de los problemas que tiene el casarse con una mujer diez, incluso con una nueve. Son peligrosas.
En fin, nos hallamos en el club y se nos acerca un joven ejecutivo que yo había contratado, un chaval elegante, de muy buen ver, y me felicita por algo. Ni siquiera recuerdo el tema. Luego se vuelve hacia Geri y le dice:
– Señora Rosenthal, es usted la mujer más bella que he visto en mi vida.
Ella le agradeció el cumplido al chaval. Yo sonreí. También se lo agradecí. A veces Geri hacía estas cosas con la gente. Lo animó una pizca tan sólo. De todas formas, el chaval tuvo agallas. Lo despedí al día siguiente.
13
«Él no tenía ni idea de lo que estaban haciendo ni de cómo lo hacían.»
Allen Glick era en ese momento el propietario del segundo casino más grande de Las Vegas. Hacía el trayecto entre Las Vegas y su casa en La Jolla -una mansión de estilo normando con pista de tenis, piscina y una colección de coches entre los que se encontraban un Lamborghini y un Stutz Bearat con moqueta y tapicería de piel de visón- en un Beechcraft Hawker 600. Su despacho, en el ático del Stardust, estaba decorado en tono morado y blanco, y allí se sentaba para conceder entrevistas sobre su éxito como hombre de negocios. Incluso le hablaba a la prensa sobre su capacidad de mantenerse quieto, sin apenas moverse, durante largos períodos. «Soy muy disciplinado», decía.
Abajo en la sala, Frank Rosenthal era el ejecutivo en temas de juego más importante de la ciudad, independientemente de cuál fuera su cargo. Había negociado un contrato de 2,5 millones de dólares. Tenía la intención de introducir una sección de apuestas deportivas en el Stardust y compareció ante la asamblea legislativa del estado en calidad de testigo pericial. Fue el primero en permitir que trabajaran mujeres como croupiers de blackjack en el Strip y en un año dobló los ingresos de éste. Contrató a Siegfriedy Roy y a sus tigres blancos de la MGM y les ofreció construir un camerino para ellos siguiendo sus indicaciones; añadió un Rolls-Royce como gratificación. Según el propio Rosenthaclass="underline"
La verdad es que había comprado el Rolls para Geri, pero ella prefería el Mercedes deportivo pequeño, y estaba siempre allí en el garaje, así que se lo di a ellos.
Los dos extravagantes magos hicieron de su espectáculo el más estupendo y duradero de la historia de Las Vegas.
Pero la vida en Argent no era nada tranquila. La prensa, en vez de agasajarlo, ridiculizó a Glick como canal de circulación para el dinero del sindicato de camioneros. En lugar de felicitarle por su gestión innovadora del casino, a Frank Rosenthal lo tenían siempre entretenido con problemas en relación con su licencia. Crisis tras crisis. Glick y Rosenthal debían esperar que las cosas se normalizarían y mejorarían una vez solucionada la cotidiana, pero al día siguiente siempre surgía una nueva. La fricción constante entre los dos hombres era lo de menos. A Rosenthal le había seleccionado la mafia para que fuera el hombre que llevara los casinos; ahora bien, su lucha contra los problemas de la licencia implicaba un control más exhaustivo de lo que era de desear. Allen Glick fue escogido como el hombre de paja de la mafia porque se consideraba que estaba limpio; pero incluso los que están limpios tienen pasado. En 1975, la operación inmobiliaria en San Diego de Glick desencadenó la aplicación del Capítulo 11, y Glick no cumplió el pago de un préstamo de tres millones de dólares que había pedido para comprar el Hacienda. Después se presentó un antiguo socio de dicha operación de Glick para amenazar a toda la organización de Argent.