Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Lo único que funcionaba bien era la desviación de dinero. Y durante mucho tiempo, esto era lo único que les importaba a los jefes de la mafia de Chicago. Durante años, el dinero desviado procedía de los casinos Stardust y Fremont; el motivo por el cual la mafia necesitaba en el lugar a un ingenuo rigurosamente correcto como Allen Glick era que el dinero siguiera entrando.
La práctica de despistar dinero -el bombeo ilegal de dinero en efectivo del casino, dinero que no se declara ni como impuestos ni como ingresos de la empresa- es tan antigua como la primera cuenta de casino. Durante los últimos años de la década de los cuarenta y en los cincuenta, después de que Bugsy Siegel abriera el Flamingo, esta práctica se utilizó para reembolsar en secreto a los primeros inversores de la mafia, quienes querían sus dividendos en efectivo para evitar problemas con el FBI y el fisco.
Existen muchas maneras de desviar dinero de un casino, y la mayoría de ellas ya se llevaban a cabo antes de que se incorporaran Glick y Rosenthal. Había desviaciones de facturas, sobornos en la comida y la bebida, robo en la sala de cuentas. Pero, sorprendentemente, las máquinas tragaperras durante mucho tiempo habían sido intocables debido a un problema logístico grave: la dificultad de transportar las monedas. Un millón de dólares en monedas de veinticinco centavos, por ejemplo, pesa veintiuna toneladas. Ahora bien, como las máquinas tragaperras cada vez tenían más importancia en el total de beneficios del casino, tenía que haber un sistema de hacerse con ese dinero.
Así, contrataron a George Jay Vandermark para controlar las máquinas tragaperras de Argent. Vandermark estaba perfectamente cualificado para el empleo: se le conocía como el mayor tramposo en las tragaperras de la historia. Según Ted Lynch, un conocido de Vandermark:
Jay se iba cuatro meses al año y recorría el estado abriendo máquinas. Todo lo que tenía que hacer era mirar la máquina y ésta entregaba el contenido. Le encantaba hacerlo. Yo le he visto abrir máquinas de hielo en las gasolineras únicamente por el placer de ver caer las monedas.
Vandermark era tan conocido por sus timos y por hacer trampas en las tragaperras que aparecía en la lista negra de Bob Griffin: un quién es quién de los estafadores de casino utilizado principalmente por los casinos. De hecho, cuando uno de los ejecutivos del casino Fremont vio entrar por primera vez a Vandermark en el casino, intentó echarlo; dio marcha atrás cuando le comunicaron que Vandermark era su nuevo jefe.
Una de las primeras cosas que hizo Vandermark al incorporarse a Argent fue eliminar los controles que protegían el registro exacto de todo el dinero en efectivo en la sala de cuentas. Centralizó la supervisión de las tragaperras de los cuatro casinos Argent y hacía transportar las monedas del Fremont, el Hacienda y el Marina al Stardust, donde se recontaban a diario.
Vandermark redujo, asimismo, el número de interventores que se dedicaban a comprobar dos veces que el peso y el valor de las monedas empaquetadas y apiladas se correspondiera con la cantidad de monedas sueltas que habían entrado en la sala de cuentas.
Cuando uno de los interventores se quejaba a Vandermark de que se le estaba privando de una garantía fiscal extremadamente importante, se le decía que eso no era de su incumbencia.
Después, el interventor lo ponía en conocimiento del Departamento de Control del fuego que iba inmediatamente a quejarse al tesorero de Argent, Frank Mooney, de que sospechaba que Vandermark robaba. Según el interventor, Mooney le dijo simplemente: «Haga lo que considere mejor en estas circunstancias».
Entre las innovaciones que Vandermark introdujo en el Stardust se encontraba el sistema de amañar los contadores de monedas para que registraran un tercio más de ganancias de las que se pagaban en realidad.
Era un golpe excelente, ya que, cuando se vaciaban las máquinas y se llevaban las monedas a la sala de cuentas, la báscula electrónica utilizada para pesar las monedas se había manipulado para que redujera el peso de las monedas en una tercera parte.
Vandermark disponía entonces de una tercera parte del total de monedas procedentes de las máquinas tragaperras para despistar, puesto que se habían amañado las tragaperras con la finalidad de que indicaran que los jugadores se habían llevado a casa aquella cantidad en concepto de ganancias.
No obstante, había un problema: cómo sacar toneladas y toneladas de monedas de la sala de cuentas, tan vigilada, por no hablar del casino. Pero Vandermark tenía una solución: creó bancos auxiliares en la planta del casino, donde los empleados que se encargaban del cambio de las tragaperras cambiaban las monedas que se querían despistar por billetes. Los bancos auxiliares burlaban el procedimiento normal del casino: nunca se llevaban los billetes a la ventanilla del cajero para que se contaran junto con el resto de billetes del casino. Vandermark hizo instalar unas pequeñas puertas metálicas a uno de los lados de los bancos auxiliares, de modo que una vez el empleado había deslizado los billetes en un compartimiento cerrado dentro del banco, un colaborador de Vandermark abría la puerta desde fuera y se llevaba los billetes en unos grandes sobres.
Los sobres procedentes de los bancos auxiliares de cada uno de los casinos de Argent se llevaban al despacho de Vandermark. Después el dinero se entregaba a unos mensajeros especiales que efectuaban viajes regulares transportando el dinero en efectivo entre Las Vegas y Chicago, donde se distribuía hacia Milwaukee, Cleveland, Kansas City y Chicago.
La práctica de despistar dinero de Argent era descarada. Nadie se dedicaba a llevarse a hurtadillas el dinero escondido debajo de la camisa en mitad de la noche. La gente que trabajaba en la sala de cuentas y en la ventanilla del cajero lo sabían todo al respecto. En una ocasión, tras manipular las básculas electrónicas, se instalaron los dispositivos detrás, de modo que al accionarlos la báscula reduciría el peso del recuento de monedas en un treinta o bien un setenta por ciento. Un día especialmente agitado, uno de los chicos de Vandermark accionó el dispositivo equivocado, y de repente la báscula reducía el peso de las monedas en un setenta por ciento. Vandermark se dio cuenta en seguida de lo elevado que era el recuento final y se percató de lo que ocurría. Exclamó:
– Tú, hijo de puta, nos vas a meter a todos en un lío. No podemos robar tanto.
Los ejecutivos más expertos del casino, quienes sospechaban que se estaba llevando a cabo algún tipo de desviación, tenían la experiencia suficiente para saber que no les interesaba de ningún modo seguir la pista de esa clase de asuntos.