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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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La muchacha se apartó de los brazos de Rand.

—Tengo que ir a ayudarla, Rand.

—¡Egwene!

Le pareció oír un sollozo mientras ella se alejaba. Después se encontró solo junto a las parihuelas. Observó a Tam unos minutos, sin sentir nada salvo vacuidad. Su semblante reflejó una repentina determinación.

—El alcalde sabrá lo que hay que hacer —dijo. Levantó de nuevo los varales—. El alcalde lo sabrá.

Bran al’Vere siempre sabía cómo se debía obrar. Con fatigada obstinación, emprendió camino hacia la Posada del Manantial.

Se cruzó con otro de los sementales de su propiedad, con los arreos atados alrededor del extremo de un gran bulto envuelto con una manta sucia. Unos brazos peludos se arrastraban en la tierra junto a la manta y por uno de los lados asomaban unos cuernos de cabra. Dos Ríos no era el lugar idóneo para que tomaran tan horriblemente en él carta de realidad las historias. Si los trollocs poseían un marco propio, éste se encontraba en el mundo exterior, en los sitios donde tenían Aes Sedai y falsos Dragones y lo que sólo la Luz sabía había surgido de los relatos de los juglares. Pero no en Dos Ríos. No en el Campo de Emond.

Mientras caminaba hacia el Prado, la gente lo llamaba para ofrecerle ayuda, algunos desde los despojos de sus hogares; sin embargo, él oía murmullos procedentes de la lejanía, e incluso le ocurría con aquellos que caminaban un trecho a su lado mientras le hablaban. Sin pensar realmente en ello, lograba articular palabras, respondía que no necesitaba ayuda y que todo estaba en orden. Apenas apreciaba, tampoco, la preocupación en las miradas de sus interlocutores o los comentarios de algunos que consideraban la posibilidad de llevarlo a que lo viera Nynaeve. De todo cuanto se permitió tener conciencia fue del propósito que se había fijado. Bran al’Vere podría hacer algo para socorrer a Tam. No obstante, prefería no determinar en qué consistiría su asistencia. El alcalde sería capaz de hacer algo, de pensar en algo.

La posada había escapado casi por completo a la destrucción que había arrasado la mitad de la población. Algunas marcas de carbón manchaban las paredes, pero las tejas brillaban a la luz del sol con el mismo fulgor habitual. Pero del carruaje del buhonero no quedaban más que los ennegrecidos radios de las ruedas apoyados contra la carreta chamuscada. Los grandes aros que sostenían la cubierta de la lona estaban inclinados confusamente; cada uno de ellos apuntaba en distinta dirección.

Thom Merrilin se hallaba sentado con las piernas cruzadas encima de los viejos cimientos de piedra, recortando con cuidado los bordes tiznados de su capa con unas tijeras. Al acercarse Rand, dejó a un lado capa y tijeras y, sin preguntarle si necesitaba o deseaba ayuda, bajó de un salto y levantó la parte posterior de la camilla.

—¿Adentro? Desde luego, desde luego. No te preocupes, muchacho. Vuestra Zahorí se ocupará de él. La he visto trabajar desde ayer noche y tiene una gran habilidad y destreza. Hubiera podido ser mucho peor. Algunos han fallecido esta noche. No muchos, tal vez, pero uno solo es demasiado a mi entender. El viejo Fain ha desaparecido y eso es lo más grave. Los trollocs comen de todo. Deberías dar gracias a la Luz de que tu padre esté aquí y todavía vivo, de modo que pueda curarlo la Zahorí.

Rand pronunció las palabras «¡Es mi padre!» reduciendo la voz a un sonido ininteligible que no sonó con más fuerza que el zumbido de una mosca. No soportaba más muestras de compasión, más tentativas de levantarle el ánimo. No entonces. No hasta que Bran al’Vere le dijera de qué manera podía auxiliar a Tam.

De pronto, a la altura de sus ojos encontró una garabato marcado en la puerta de la posada, una línea curva trazada con un palo quemado, como una lágrima dibujada al revés. Habían ocurrido tantas cosas que casi no lo sorprendió ver el Colmillo del Dragón grabado en la puerta de la Posada del Manantial. Los motivos por los que alguien quería acusar al posadero o a su familia de prácticas diabólicas o de atraer la mala suerte sobre ellos, escapaban a su entendimiento, pero aquella noche le había aportado el profundo convencimiento de que todo era posible, de que cualquier cosa podía suceder.

Al sentir un empujón del juglar, accionó el picaporte y entró.

La sala principal estaba vacía, a excepción de Bran al’Vere, y fría también, pues éste no había tenido tiempo de encender el fuego. El alcalde estaba sentado a una de las mesas. Con expresión de concentración en el rostro mojaba la pluma en un tintero, la cabeza cana inclinada sobre un rollo de pergamino. Llevaba el camisón de noche introducido precipitadamente en los pantalones, abultándole en su prominente pecho. Se frotaba distraído un pie descalzo con los dedos del otro, ambos tan sucios como si hubiera salido a la calle más de una vez sin preocuparse de ponerse las botas a pesar del frío.

—¿Qué problema tienes? —preguntó sin elevar la mirada—. Sé breve en la exposición. Tengo dos docenas de asuntos que atender ahora mismo y otros más de los que debería haberme ocupado hace una hora. De modo que dispongo de poco tiempo y de escasa paciencia. ¿Y bien? ¡Contesta ya!

—Maese al’Vere —dijo Rand—, se trata de mi padre. El alcalde levantó la cabeza de golpe.

—¿Rand? ¡Tam! —Dejó la pluma y tropezó con la pata de la silla al incorporarse de un salto—. Quizá la Luz no nos haya abandonado del todo. ¡Temía que hubierais muerto los dos! Bela llegó galopando al pueblo una hora después de que se hubieron ido los trollocs, empapada y sin resuello como si hubiera corrido todo el trecho desde la granja, y creí… No hay tiempo para eso. Lo llevaremos arriba. —Tomó los varales de manos del juglar—. Vos, maese Merrilin, id en busca de la Zahorí y decidle que le ordeno que se apresure, yo no sé que qué demonios voy a hacer! Descansa tranquilo, Tam. Pronto te pondremos en una confortable cama. ¡Deprisa, juglar, deprisa!

Thom Merrilin se esfumó por el umbral sin darle tiempo a expresar ninguna objeción.

—Nynaeve no hará nada. Ha dicho que no podía ayudarlo. Sabía…, tenía la esperanza de que vos propondríais algo.

Maese al’Vere observó a Tam con más atención y después agitó la cabeza.

—Ya veremos, muchacho. Ya veremos. —No obstante, su tono había perdido la confianza—. Llevémoslo a la cama. Al menos podrá reposar mejor. Rand se dirigió a las escaleras obedeciendo al impulso del alcalde. Se empeñaba en mantener la certeza de que de algún modo Tam mejoraría, pero el comienzo había sido demasiado duro y la súbita vacilación en la voz de maese al’Vere le produjo un estremecimiento.

En el segundo piso de la posada, en la parte delantera, había media docena de agradables y aseadas habitaciones con ventanas que daban al Prado. En su mayoría eran utilizadas por los buhoneros o la gente que venía de la Colina del Vigía o de Deven Ride, pero los mercaderes que los visitaban cada año a menudo quedaban sorprendidos al encontrar tan cómodos aposentos. Tres de ellas estaban ocupadas entonces, y el alcalde instó a Rand a entrar en una de las que permanecían libres.

Levantaron deprisa el edredón y las mantas del amplio lecho y depositaron a Tam sobre el tupido colchón de plumas, dejando reposar su cabeza en almohadas de pluma de oca. Al moverlo, no exhaló ningún sonido, aparte de una respiración más trabajosa, ni siquiera un gemido, pero el alcalde mitigó la preocupación de Rand indicándole que encendiera el fuego para caldear la estancia. Mientras Rand sacaba leños y astillas de una caja situada junto a la chimenea, Bran descorrió las cortinas de la ventana para que penetrara la luz de la mañana, y luego se dispuso a lavar con cuidado el rostro de Tam. Cuando el juglar estuvo de regreso, las llamas del hogar calentaban ya la habitación.

—No va a venir —anunció Thom Merrilin al entrar. Miró fijo a Rand—. No me has dicho que ya lo había examinado. Por poco me parte la cabeza.

—Creía…, no sé…, que quizás el alcalde podría hacer algo, podría hacerle ver… —Con los puños apretados, ansioso y tenso, Rand se volvió hacia Bran—. Maese al’Vere, ¿qué puedo hacer? —El corpulento posadero sacudió la cabeza con impotencia y puso un paño empapado en la frente de Tam, al tiempo que evitó así mirar directamente a Rand—. No puedo quedarme sentado mientras él se muere, maese al’Vere. Debo hacer algo. —El juglar hizo ademán de hablar y Rand se giró con ansiedad hacia él—. ¿Tenéis vos alguna idea? Intentaré todo lo posible.

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