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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Intentó lavar y vendar con sumo cuidado la hendidura en las costillas de su padre, pero los imperceptibles murmullos de Tam se convirtieron en quedos gruñidos. El desnudo ramaje proyectaba sus sombras sobre ellos, amenazadoras al desplazarse al compás del viento. Sin duda los trollocs seguirían su camino al no encontrarlos, cuando fueran a la casa y la hallaran vacía. Trataba de convencerse de aquello, pero la crueldad y la inutilidad de la destrucción llevada a cabo allí, dejaba poco margen para expectativas halagüeñas. Era azaroso pensar que renunciarían de pronto a matar a todo aquel a quien pudieran dar caza y sería insensato correr el más mínimo riesgo.

«Trollocs. ¡Que la Luz me proteja! Criaturas salidas del cuento de un juglar que han venido a aporrear la puerta. Y un Fado. ¡Luz bendita, un Fado!» De improviso, advirtió que sostenía los cabos del vendaje con las manos paralizadas. «Petrificado como un conejo que ha visto la sombra de un halcón», pensó con sarcasmo. Molesto consigo mismo, terminó de atar la venda en torno al pecho de Tam.

El hecho de saber lo que debía hacer, e incluso hacerlo, no mitigaba su temor. Cuando los trollocs regresaran, sin duda inspeccionarían el bosque que circundaba la casa en busca de las huellas de las presas que habían escapado. El cadáver de aquel que había apuñalado les indicaría que aquella gente no estaba lejos. ¿Quién sabía lo que era capaz de hacer un Fado? Además, los comentarios de su padre acerca de la agudeza auditiva de los trollocs estaban tan presentes en su mente como si estuviera escuchándolos entonces. Hubo de resistir el impulso de taparle la boca a Tam para acallar sus gemidos y murmullos. «Algunos siguen el rastro por el olfato. ¿Qué puedo hacer yo para impedirlo? Nada». No debía perder el tiempo preocupado por problemas cuya resolución se hallaba fuera de su alcance.

—Tienes que estar callado —musitó al oído de su padre—. Los trollocs van a regresar.

Tam hablaba con voz ronca y calmada.

—Todavía eres hermosa, Kari. Hermosa como una muchacha.

Rand esbozó una mueca. Habían transcurrido quince años desde la muerte de su madre. Si Tam pensaba que aún estaba viva, aquello era indicio de que la fiebre era peor de lo que le había parecido. ¿Cómo podía acallarlo entonces, cuando sus vidas dependían del silencio guardado?

—Madre quiere que estés tranquilo —susurró Rand. Se detuvo para aclararse la garganta, de súbito atenazada. Su madre tenía las manos suaves, recordó—. Kari quieres que estés callado. Bebe.

Tam bebió sediento el agua de la cantimplora, pero, después de tomar unos tragos, giró la cabeza a un lado y comenzó de nuevo a murmurar con un tono demasiado bajo para que Rand pudiera entenderlo. Confió en que también fuera demasiado bajo para ser oído por los trollocs.

Realizó deprisa los preparativos. Unió tres mantas entre los varales del carro y compuso unas rudimentarias parihuelas, que debería arrastrar tirando de un extremo. Con el cuchillo, cortó una larga tira de una de las mantas y luego ató los cabos en los dos varales.

Depositó a Tam sobre la litera con la mayor suavidad posible, sobresaltado con cada uno de sus gemidos. Su padre había parecido siempre indestructible. Nada podía hacer mella en él; nada podía detenerlo, ni siquiera hacerle aminorar el paso. El hecho de verlo en aquellas condiciones casi desposeía a Rand del coraje que había logrado reunir. Sin embargo, debía conservar la firmeza. No podía cejar.

Cuando Tam yacía ya sobre la camilla y tras unos segundos de duda, desprendió la correa de la espada del pecho de su padre. Después de atársela, experimentó una rara sensación. El cinto, la vaina y la espada juntos eran una carga liviana, pero, cuando envainó la hoja, se sintió presionado por su peso.

«Éstos no son momentos ni éste es lugar para estupideces e imaginaciones. Es sólo un cuchillo de mayores dimensiones», se regañó para sus adentros. ¿Cuántas veces había soñado poseer una espada y vivir grandes aventuras? Si había dado cuenta de un trolloc con ella, podría asimismo ahuyentar a otros. El único inconveniente era que debía reconocer que lo ocurrido en la casa había sido una pura cuestión de suerte. Y en sus aventuras imaginarias nunca había incluido los detalles de que le castañetearan los dientes, que hubiera de escapar corriendo de noche o que su padre estuviera a punto de agonizar.

Se apresuró a envolver a Tam con la última manta y dejó la cantimplora y las telas restantes en la camilla junto a él. Respiró profundamente, se arrodilló entre los varales y se pasó la franja de manta por encima de la cabeza para ajustarla después sobre sus hombros y hacerla descender bajo las axilas. Al agarrar los varales e incorporarse, la mayor parte del peso descansaba sobre sus hombros. Le pareció que podía llevarlo. Partió hacia el Campo de Emond con el propósito de mantener un paso regular.

Tenía decidido avanzar paralelamente al Camino de la Cantera hasta el pueblo. A buen seguro, aquello entrañaba mayor peligro, pero de aquel modo no correría el riesgo de perderse en el bosque.

Con la oscuridad, estuvo a punto de abandonar sin darse cuenta el refugio de la arboleda para salir al camino. Al advertir dónde se hallaba, se le hizo un nudo en la garganta. Hizo girar la litera y la adentró a toda prisa entre los árboles; luego se paró para recobrar aliento y apaciguar los latidos de su corazón. Todavía jadeante, se volvió al este en dirección al Campo de Emond.

Caminar por la floresta era más complicado que acarrear a Tam por el camino, y además a oscuras, pero habría sido una locura tomar el sendero. Se suponía que debía llegar al Campo de Emond sin toparse con ningún trolloc; sin ver a uno siquiera, si le fuera dado escoger. Debía contar con la probabilidad de que las criaturas aún podían estar persiguiéndolos, y tarde o temprano caerían en la cuenta de que habían huido hacia el pueblo. Aquél era el lugar más idóneo para buscar refugio y la carretera la vía de paso natural que llevaba allí. A decir verdad, se había aproximado al camino más de lo que había pretendido. La noche y las sombras de los árboles se le antojaban un resguardo demasiado inhóspito a las eventuales miradas de quien lo transitara.

La luz de la luna que se filtraba entre las ramas aportaba sólo el brillo suficiente para hacerle creer que percibía de veras lo que había a sus pies. Las raíces le hacían dar traspiés, las zarzas resecas le arañaban las piernas y los súbitos desniveles del terreno amenazaban con derribarlo cada vez que su pie no encontraba más que aire en lugar de la tierra prevista o cuando sus dedos chocaban con un saliente al avanzar. Los murmullos de Tam daban paso a agudos gemidos al topar con demasiada brusquedad los varales contra piedras y raíces.

La incertidumbre lo impelía a escrutar la oscuridad hasta escocerle los ojos, a escuchar de un modo como nunca lo había hecho antes. Cada roce de una rama, cada susurro de las agujas de pino lo inducía a detenerse, con el oído atento, sin apenas atreverse a respirar por miedo a no oír algún sonido que pudiera alertarlo. Únicamente proseguía su marcha tras haberse cerciorado de que sólo era el viento.

Poco a poco el cansancio se fue acusando en sus brazos y piernas, azotados por un viento nocturno que parecía burlarse de su capa y su chaqueta. El peso de la camilla, tan liviano al comienzo, intentaba ahora abatirlo contra el suelo. Sus tropiezos ya no se producían sólo por la orografía del sendero. La denodada lucha por mantenerse erguido le representaba tanto esfuerzo como la propia tarea de arrastrar las parihuelas. Aquella mañana se había levantado antes del alba para atender la granja e, incluso con el viaje al Campo de Emond, había realizado casi el trabajo que implicaba la totalidad de una jornada. Por lo general, a aquella hora de la noche estaría descansando junto al fuego entretenido en la lectura de uno de los libros de Tam. EL intenso frío penetraba hasta sus huesos y su estómago le recordaba que no había comido nada desde que había tomado los pastelillos de la señora al’Vere.

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