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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Por un instante Bran titubeó, reticente a recibir órdenes en su propia posada y reacio al mismo tiempo a desobedecer a una Aes Sedai. Luego se levantó y dio una palmada en el hombro a Rand.

—Vamos, hijo. Dejemos que Moraine Sedai se concentre en su… eh…, su… Hay muchas cosas que hacer abajo y puedes echarme una mano, antes de saber si Tam nos llamará para pedirnos la pipa y una jarra de cerveza.

—¿Puedo quedarme? —preguntó Rand a Moraine, si bien ésta no parecía advertir más presencia que la de Tam—. Por favor, no molestaré. Ni siquiera notaréis que estoy aquí. Es mi padre —añadió con una violencia que lo asombró a él mismo e hizo abrir desmesuradamente los ojos al alcalde.

Rand confió en que los demás atribuyeran su brusquedad al agotamiento o a la tensión producida por hablar con una Aes Sedai.

—Sí, sí —respondió Moraine con impaciencia.

Había dejado distraídamente la capa y el bastón sobre la única silla de la estancia y se estaba arremangando el vestido. Incluso cuando hablaba, no apartaba ni por un momento la vista de Tam.

—Siéntate por ahí, y tú también, Lan.

Hizo un gesto vago en dirección a un banco apoyado en la pared. Sus ojos recorrieron meticulosamente a Tam de los pies a la cabeza; sin embargo, Rand tenía la sensación de que, de algún modo, su mirada penetraba más allá de él.

—Podéis hablar si queréis —prosiguió con aire ausente—, pero en voz baja. Ahora, retiraos, maese al’Vere. Esta es la habitación de un enfermo, no una sala de reuniones. Ocupaos de que nadie me moleste.

El alcalde gruñó entre dientes, si bien no lo bastante alto como para llamar la atención; luego volvió a estrechar el hombro de Rand y, aunque con desgana, cerró obedientemente la puerta tras él.

La Aes Sedai se arrodilló junto a la cama murmurando para sí y posó las manos con suavidad sobre el pecho de Tam. Después cerró los ojos y permaneció inmóvil durante un rato.

En los relatos de las hazañas de las Aes Sedai, éstas siempre iban acompañadas de relámpagos y truenos u otros fenómenos que reflejaban grandes gestas e inconmesurables poderes. El poder, el Poder Único rescatado de la Fuente Verdadera que gobernaba la Rueda del Tiempo. No era aquello algo en lo que Rand deseara pensar, que Tam tuviera que estar en contacto con el Poder y él en la misma estancia donde éste fuera utilizado. No obstante, por lo que él alcanzaba a distingir, Moraine habría podido estar incluso dormida. Aún así, creyó advertir cómo la respiración de Tam se volvía menos trabajosa. Seguramente ella estaba haciendo algo. Se encontraba tan absorto que dio un respingo al oír la voz queda de Lan.

—Llevas una magnifica espada. ¿No tendrá también por azar una garza en la hoja?

Por un momento Rand miró embobado al Guardián, sin comprender de qué le hablaba. Había olvidado por completo la espada de Tam ante el hecho de tener que tratar con una Aes Sedai.

—Sí, sí la tiene. ¿Qué está haciendo?

—No había imaginado encontrar una espada con la marca de una garza en un lugar como éste —dijo Lan.

—Es de mi padre.

Miró de reojo la espada de Lan, cuya empuñadura asomaba bajo el borde de su capa; las dos armas presentaban un aspecto similar, con la excepción de que en la del Guardián no había ninguna garza. Volvió a centrar los ojos en el lecho. Tam parecía respirar con mayor facilidad, estaba seguro de ello.

—La compró hace mucho tiempo.

—Es muy extraño que un pastor comprara una cosa así.

Rand miró de soslayo a Lan. Era halagador que un forastero apreciara aquella espada, y que lo hiciera un Guardián… Con todo, se sintió en la obligación de añadir algo más.

—Nunca la había utilizado, que yo sepa. Dijo que no servía para nada, al menos hasta ayer noche, en todo caso. Yo ni siquiera sabía que la tenía hasta entonces.

—Dijo que era un objeto inútil, ¿eh? Acaso no siempre pensó así. —Lan tocó brevemente con un dedo la vaina situada a la altura del pecho de Rand—. Hay sitios en que la garza simboliza la maestría en la espada. Esta arma habrá recorrido insólitos caminos para caer en manos de un pastor de Dos Ríos.

Rand hizo caso omiso de aquella pregunta inexpresada. Moraine continuaba parada. ¿Estaría haciendo realmente algo la Aes Sedai? Se estremeció, friccionándose los brazos, inseguro respecto a su deseo de desentrañar la actuación de la mujer. Una Aes Sedai.

Entonces afloró a su boca una pregunta propia, que no quería formular, pero cuya respuesta necesitaba conocer.

—El alcalde… —Se aclaró la garganta y respiró profundamente—. El alcalde ha dicho que no hubiera quedado nada en el pueblo a no ser por vos y por ella. —Superó el apuro que le daba mirar de frente al Guardián—. Si os hubieran dicho que había un hombre en el bosque…, un hombre que atemorizaba a la gente sólo con la mirada…, ¿os habría puesto ello sobre aviso? Un hombre cuyo caballo no hace el menor ruido y cuya capa no se agita con el viento. ¿Habríais previsto lo que iba a ocurrir? ¿Habríais podido, vos y Moraine, impedir la destrucción si hubierais tenido conocimiento de su presencia?

—No sin la ayuda de media docena de mis hermanas —repuso Moraine, lo que provocó un sobresalto en Rand.

Todavía estaba arrodillada al lado de la cama, pero ya no tenía las manos encima de Tam y se había vuelto hacia ellos. Pese a su voz calmada, sus ojos taladraron a Rand.

—Si hubiera sabido que encontraría trollocs y a un Myrddraal aquí, habría traído conmigo media docena, una docena, aunque hubiera tenido que arrastrarlas. Estando yo sola, un mes de anticipación apenas habría modificado algo, tal vez nada. Una persona tiene serias limitaciones, aunque invoque el Poder Único, y quizás había un centenar largo de trollocs diseminados por la comarca anoche, un escuadrón completo.

—De todas maneras hubiera venido bien saberlo —dijo Lan, con dureza dirigida exclusivamente a Rand—. ¿Cuándo y dónde lo viste exactamente?

—Eso no sirve de nada ahora —atajó Moraine—. No consentiré que des a entender al muchacho que ha tenido una conducta censurable cuando ello no es así. Yo misma soy en parte culpable. La manera como se comportó aquel maldito cuervo de ayer debiera haberme hecho sospechar algo. Y a ti también, mi viejo amigo. —Frunció la boca con enfado—. Mi confianza ha sido rayana en la arrogancia al abrigar la certeza de que las garras del Oscuro no podrían haber llegado a un sitio tan remoto, no con esta potencia. Estaba tan segura…

—¿El cuervo? —preguntó perplejo Rand—. No comprendo.

—Devoradores de carroña. —Los labios de Lan dibujaron un rictus de repugnancia—. Los secuaces del Oscuro suelen utilizar como espías a las criaturas que se alimentan con despojos. Cuervos y grajos principalmente, y a veces ratas en las ciudades.

Un brusco estremecimiento recorrió el cuerpo de Rand. ¿Cuervos y grajos que actuaban como espías del Oscuro? ¡Si había cuervos y grajos por todas partes…! Las garras del Oscuro, había dicho Moraine. El Oscuro siempre se encontraba presente, pero si uno intentaba seguir la senda de la Luz, llevaba una vida correcta y no mencionaba su nombre, no podía sufrir ningún daño. Aquélla era una creencia común a todas las personas, algo que se aprendía en la más tierna niñez. Sin embargo, lo que se desprendía de las palabras de Moraine…

Su mirada cayó sobre Tam, apartando de su cabeza cualquier pensamiento ajeno a él. El semblante de su padre estaba perceptiblemente menos congestionado y su respiración parecía más reposada. Rand se habría puesto en pie de un salto si Lan no lo hubiera cogido del brazo.

—Lo habéis conseguido.

—Todavía no —contestó Moraine, sacudiendo la cabeza al tiempo que exhalaba un suspiro—. Espero que pueda llegar a buen fin. Las armas de los trollocs se fabrican en las forjas de un valle llamado Thakan’dar, en las mismas laderas del propio Shayol Ghul. Algunas de ellas están impregnadas de una capa infecciosa, un halo maligno en el metal. Dichas hojas infectadas producen heridas que no sanan normalmente, o provocan fiebres mortíferas, extrañas enfermedades contra las que no sirven los medicamentos. Yo he aliviado el dolor a tu padre, pero la marca, la contaminación aún no lo ha abandonado. Si la dejáramos proseguir su curso, volvería a ganar terreno para acabar por consumirlo.

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