El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—Sólo me preguntaba —empezó a decir Thom, mientras golpeaba su larga pipa con el pulgar—si el alcalde sabía quién ha grabado el Colmillo del Dragón en su puerta. —Miró la cazoleta, luego a Tam y después volvió a colocarse la pipa entre los dientes sin encenderla—. Parece que alguien le ha retirado el aprecio, o tal vez no les guste alguno de sus huéspedes.
Rand le dirigió una mirada de desagrado y volvió a contemplar el fuego. Sus pensamientos danzaban como las llamas y, al igual que ellas, se concentraban con obstinación en un punto: no podía permanecer impasible viendo cómo moría Tam. «Mi padre», pensó con dureza. «Mi padre». Una vez que hubiera cesado la fiebre, podría esclarecer aquello. Pero la fiebre era lo primero. El problema era cómo hacerla bajar.
Bran al’Vere contrajo la mandíbula al echar una ojeada a la espalda de Rand, y la mirada que asestó al juglar no hubiera dejado margen a aclaraciones, pero Thom se limitó a aguardar expectante, como si no hubiera reparado en ella.
—Es probable que sea obra de uno de los Congar o un Coplin —aventuró por fin el alcalde—, aunque sólo la Luz sabe cuál de ellos. Son una extensa familia, y, si hay algo malo que decir de alguien, o incluso si no lo hay, ellos se encargan enseguida de propagarlo. A su lado, la lengua de Cenn Buie sonaría azucarada.
—¿Aquel carro que ha llegado justo antes del amanecer? —inquirió el juglar—. No habían siquiera notado el olor de los trollocs y todos querían saber cuándo comenzarían los festejos, como si no pudieran ver que la mitad del pueblo se había convertido en cenizas.
Maese al’Vere asintió con pesar.
—Una rama de la familia. Pero los otros no son muy distintos. El estúpido de Dag Coplin se ha pasado la mitad de la noche exigiéndome que echara a la señora Moraine y a maese Lan de la posada, y del pueblo, olvidando que no hubiera quedado ningún resto del pueblo sin su intervención.
Rand apenas había prestado atención a la conversación, pero aquel último comentario lo impulsó a hablar.
—¿Qué han hecho?
—Ella provocó tremendos relámpagos en un cielo completamente despejado —repuso maese al’Vere— y los descargó sobre los trollocs. Ya has visto árboles partidos por los rayos. Pues los trollocs no salieron mejor parados.
—¿Moraine? —inquirió con incredulidad Rand.
—La señora Moraine —asintió el alcalde—. Y maese Lan era un torbellino blandiendo esa espada. ¿Qué digo una espada? Él mismo era un arma, que ataba en diez sitios distintos a la vez, o al menos eso parecía. Que me aspen si lo hubiera creído de no haber salido afuera y visto… —Se pasó la mano sobre la calva coronilla de la cabeza—. Las visitas de la Noche de Invierno acababan de comenzar, íbamos cargados de regalos y de pastelillos de miel, algo achispados por el vino, y entonces los perros empezaron a gruñir y de pronto ambos salieron de estampida de la posada, y empezaron a correr por el pueblo mientras gritaban que había trollocs. Primero pensé que habían bebido demasiado vino. Después de todo… ¿trollocs? Luego, cuando nadie estaba aún al corriente de lo que pasaba, esas… esas cosas estaban ya en medio de las calles y acuchillaban a la gente con las espadas, prendían fuego en las casas y aullaban de un modo como para helársele a uno la sangre. —Emitió un sonido gutural de desagrado—. No hacíamos más que correr como las gallinas cuando entra un zorro en el corral hasta que maese Lan nos animó con su coraje.
—No es preciso ser tan severo —intervino Thom—. Hicisteis cuanto pudisteis. Ellos dos no acabaron solos con todos los trollocs que yacen afuera.
—Humm… sí, claro —Un estremecimiento recorrió el cuerpo de maese al’Vere—. Todavía no puedo creerlo. Una Aes Sedai en el Campo de Emond. Y maese Lan es un Guardián.
—¿Una Aes Sedai? —musitó Rand—. No es posible. Yo hablé con ella y no es…, no…
—¿Pensabas que llevaban anunciada su condición? —dijo con sarcasmo el alcalde—. ¿«Aes Sedai» pintado en la espalda, o tal vez «Peligro, no acercarse»? —De pronto se dio una palmada en la frente—. Aes Sedai. Soy un viejo idiota que empieza a chochear. Existe una posibilidad, Rand, si estás dispuesto a correr el riesgo. Yo no puedo decirte que lo hagas y no sé si me atrevería en tu caso.
—¿Una posibilidad? —inquirió Rand—. Arriesgaré lo que sea si ha de servir de algo.
—Las Aes Sedai pueden curar, Rand. Hombre, chico, ya has escuchado las historias. Pueden sanar a un hombre sobre el que no surten efecto los medicamentos. Juglar, vos debisteis haber recordado eso antes que yo. ¿Por qué no me lo habéis dicho en lugar de dejarme divagar de esa manera?
—Aquí soy un forastero —respondió Thom, mirando con avidez su pipa apagada—y el compadre Coplin no es el único que no quiere tener ningún tipo de contacto con las Aes Sedai. Es mejor que la propuesta saliera de vos.
—Una Aes Sedai —murmuró Rand, tratando de ajustar la imagen de la mujer que le había sonreído con los personajes de los relatos.
A decir de las historias, la ayuda proporcionada por ellas era a veces peor que la falta de asistencia, como el veneno en un pastel, y sus regalos siempre representaban una trampa, un anzuelo en el que picar. De improviso, la moneda que llevaba en el bolsillo, la pieza que le había dado Moraine, le pareció un carbón ardiente y hubo de contenerse para no sacarla de la chaqueta y arrojarla por la ventana.
—Nadie quiere tener tratos con las Aes Sedai —dijo lentamente el alcalde—. Es la única alternativa que veo, pero no es ésta una decisión fácil de tomar. Yo no puedo hacerlo por ti, aunque no he percibido nada en la señora Moraine que no sea digno de alabanza… Moraine Sedai, debería llamarla, supongo. A veces, hay que tentar la suerte, aunque ésta sea azarosa.
—Algunas de las historias son un tanto exageradas —añadió Thom, como si alguien le arrancara las palabras de la boca—. Como mínimo, algunas. Además, muchacho, ¿qué opciones tienes?
—Ninguna —respondió con un suspiro Rand. Tam aún no había movido ni un músculo y tenía los ojos hundidos como si llevara enfermo una semana —Voy, voy a ir a buscarla.
—Al otro lado del puente —le informó el juglar—, donde están… disponiendo de los cadáveres de los trollocs. Pero ten cuidado, chico. Las Aes Sedai actúan obedeciendo a unas motivaciones particulares, que no coinciden siempre con lo que los demás son capaces de prever.
Lo último que oyó fue un grito exhalado después de cruzar el umbral. Debía aguantar el puño de la espada con la mano para que no se le enredara entre las piernas al correr, pero no quería perder el tiempo en desabrochársela. Bajó con estrépito las escaleras y salió como una exhalación de la posada, olvidando por el momento la sensación de fatiga. Una esperanza de vida para Tam, aun remota, era suficiente para superar, al menos de forma pasajera, el cansancio producido por una noche en vela. Prefería no tomar en cuenta el hecho de que la alternativa estuviera personificada en una Aes Sedai, ni el precio que ello podría costar. Y, respecto a la perspectiva de encontrarse frente a frente con una Aes Sedai… Aspiró profundamente e intentó correr más deprisa.
Las fogatas se elevaban un trecho más allá de las últimas casas del lado norte, en la margen del Bosque del Oeste que daba a la carretera de la Colina del Vigía. El viento todavía alejaba las grasientas y negras columnas de humo del pueblo, pero, pese a ello, el aire estaba impregnado de un repugnante hedor dulzón, como de carne dejada demasiado tiempo en el asador. Rand sintió náuseas al percibir aquel olor y luego hubo de tragar saliva al caer en la cuenta de dónde emanaba. Un bonito uso para las hogueras de Bel Tine. Los hombres que vigilaban el fuego llevaban la nariz y la boca tapadas con trapos, pero las muecas de sus caras indicaban a las claras que el vinagre que los empapaba no era suficiente. Aun cuando contrarrestara la pestilencia, sabían que ésta continuaba allí y eran asimismo conscientes de aquello que la originaba.