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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Rand se preguntó qué soñaría Tam entonces. Avendesora. El Árbol de la Vida tenía fama de poseer toda suerte de cualidades milagrosas, pero las historias nunca mencionaban ningún ejemplar joven y tampoco sabía quiénes podían ser «ellos». Sólo aparecía uno, que era propiedad del Hombre Verde.

Aquella mañana, sin ir más lejos, había considerado una tontería aquellas cavilaciones sobre el Árbol de la Vida y el Hombre Verde, que sólo existían en los relatos. «¿Sólo? Los trollocs también eran personajes ilusorios esta mañana». Tal vez todas las historias eran tan reales como las noticias que traían los buhoneros y los mercaderes, todos los cuentos de los juglares y todas las gestas narradas por la noche junto al hogar. Sólo le faltaba encontrarse con el Hombre Verde, un Ogier gigante y un Aiel con velo negro.

Advirtió que Tam volvía a hablar, a veces con un susurro y otras con voz lo bastante alta para entenderlo. De tanto en tanto, se detenía para recobrar aliento y luego continuaba como si creyera que había seguido hablando todo el tiempo.

—… las batallas son siempre calurosas, incluso con nieve. El calor del sudor, el calor de la sangre. La ladera de la montaña…, el único sitio que no apestaba a muerte. Tenía que alejarme de su dolor…, de su vista… Oí llorar a un niño. Sus mujeres peleaban junto a los hombres, pero por qué le habían permitido ir, no… Dio a luz allí sola, antes de fallecer a causa de las heridas… Cubrí al niño con la capa, pero el viento… se llevó volando la capa… El niño, amoratado por el frío. Se hubiera muerto también… llorando allí, llorando en la nieve. No podía dejar a un niño… Sin hijos propios…, siempre supe que deseabas un hijo. Sabía que le darías todo tu amor. Sí, muchacha. Rand es un bonito nombre, un bonito nombre.

Las piernas de Rand perdieron de improviso la poca fuerza que les quedaba. Se tambaleó y cayó de rodillas. Tam soltó un gemido con el vaivén y la tira de tela se rasgó en el hombro de Rand, pero él no lo advirtió. Si un trolloc se hubiera abalanzado sobre él en aquél momento, se habría limitado a mirarlo.

Observó por encima del hombro a Tam, que había vuelto a adoptar un murmullo ininteligible. «Alucinaciones de la fiebre», pensó aliviado. La temperatura alta siempre ocasionaba pesadillas y aquélla era una noche que las propiciaba sin necesidad de fiebre.

—Eres mi padre —dijo en voz alta, alargando una mano para tocar a Tam y yo soy… —La fiebre era ahora mucho más alta.

Lúgubremente, se puso en pie. Tam musitó algo, pero Rand rehusó seguir escuchando. Apoyó su peso contra el improvisado arnés e intentó concentrar sus esfuerzos en mover fatigosamente los pies para alcanzar el resguardo de Campo de Emond. Sin embargo, no podía contener el eco en lo más recóndito de su cerebro. «Es mi padre. Sólo era una alucinación producida por la fiebre. Es mi padre. Sólo era una alucinación. Oh, Luz, ¿Quién soy yo?»

7

A la salida del bosque

Rand todavía caminaba pesadamente entre los árboles cuando apareció la primera luz grisácea del amanecer. Al principio no reparó en ello, pero cuando por fin lo advirtió, contempló asombrado que la oscuridad se desvanecía. A pesar de lo que le indicaban sus ojos, apenas podía creer que hubiera tardado toda una noche en recorrer la distancia que separaba la granja de Campo de Emond. El Camino de la Cantera, de día, aun con sus piedras no era, desde luego, comparable con el bosque por la noche.

Por otra parte, se le antojaba que habían transcurrido días desde que había visto al jinete de la capa negra en el sendero, y semanas desde que él y Tam se habían sentado a la mesa para cenar. Ya no notaba la banda de tejido que se hundía en sus hombros, aunque entonces ya no sentía allí más que entumecimiento, al igual que en los pies. El resto del cuerpo era otra cuestión. Su respiración era un jadeo afanoso que hacía rato le quemaba la garganta y los pulmones; el hambre, además, le provocaba espasmos en el estómago.

Tam guardaba silencio. Rand no hubiera sabido determinar cuánto tiempo había pasado desde que cesaron los murmullos; no obstante no osaba detenerse ahora para ver el estado en que se hallaba Tam. Si se paraba, sería incapaz de volver a emprender camino. Con todo, aun cuando Tam estuviera peor, él no podía hacer más de lo que estaba haciendo. La única esperanza consistía en seguir adelante, hasta el Campo de Emond. Intentó con denuedo acelerar el paso, pero sus piernas agarrotadas continuaron moviéndose lentas y pesadas. Apenas si notaba el frío o el viento.

Percibió un vago olor a madera quemada. Al menos estaba cerca, ya que le llegaba ese olor, procedente sin duda de las chimeneas del pueblo. Había comenzado a dibujarse una cansada sonrisa en su rostro cuando, de súbito, se convirtió en una mueca. Había un humo demasiado denso en el aire. Con aquel frío, a buen seguro que ardería una fogata en todos los hogares de la población, pero, aun así, el humo era demasiado espeso. Rememoró la visión de los trollocs en la carretera, procedentes del este, la dirección donde se hallaba el Campo de Emond. Miró adelante, tratando de distinguir las primeras casas, dispuesto a gritar para pedir ayuda a la primera persona que viese, aunque se tratara de Cenn Buie o uno de los Coplin. Una vocecilla interior lo inducía a conservar la esperanza de que hubiera alguien allí en condiciones de ayudarlo.

De pronto una casa se hizo visible a través de las desnudas ramas de los últimos árboles y apenas logró que los pies le obedecieran. Con las expectativas truncadas, se adentró tambaleante en el pueblo.

La mitad de los edificios de Campo de Emond no eran más que montañas de escombros calcinados. Entre las vigas ennegrecidas sobresalían, como dedos manchados, las chimeneas de ladrillo remozadas de hollín. Las ruinas todavía despedían ligeras volutas de humo. Parroquianos de rostro ensombrecido, muchos de ellos aún en camisón, removían las cenizas; algunos recuperaban un puchero, otros revolvían simplemente con tristeza los restos con un palo. Los pocos enseres que habían rescatado de las llamas se hallaban diseminados en las calles; altos espejos, cómodas y vitrinas barnizadas permanecían en el suelo en medio de sillas y mesas enterradas bajo utensilios de cocina y exiguos montones de ropa y objetos de uso personal.

La destrucción parecía haber afectado arbitrariamente el lugar. En una hilera había cinco casas intactas, mientras que en otra una única edificación superviviente se alzaba rodeada por la desolación.

Del otro lado del arroyo del manantial, las tres enormes hogueras de Bel Tine rugían, atendidas por un grupo de hombres. Las gruesas espirales del humo negro se inclinaban hacia el norte con el impulso del viento, salpicadas de un tumultuoso chisporroteo.

Uno de los sementales de maese al’Vere acarreaba algo que Rand no acertaba a distinguir en dirección al Puente de los Carros y las llamas.

No bien hubo salido de la arboleda, Haral Luhhan se encaminó hacia él con la cara cubierta de hollín y un hacha de leñador en la mano. El fornido herrero llevaba puesto un camisón manchado de ceniza, a través de uno de los jirones del cual se percibía la marca rojiza de una quemadura. Hincó una rodilla en el suelo, junto a la camilla. Tam tenía los ojos cerrados y la respiración leve y trabajosa.

—¿Trollocs, muchacho? —inquirió maese Luhhan con voz enronquecida por el humo—. Aquí también. Hemos tenido más suerte de la que cabía esperar, créeme. Tiene que examinarlo la Zahorí. ¿Dónde diablos se habrá metido? ¡Egwene!

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