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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Pero vos no lo dejaréis así.

Sus palabras eran mitad imploración y mitad mandato. Se sintió estupefacto al darse cuenta de que había hablado de aquel modo a una Aes Sedai, pero ella no pareció advertir el tono de su voz.

—No lo haré —replicó simplemente—. Estoy muy cansada, Rand, y no he podido disponer de un instante de reposo desde anoche. Normalmente, ello carecería de importancia, pero con una herida de este tipo… —Extrajo del bolsillo un pequeño fardo de seda blanca—. Esto es un angreal. Veo que ya sabes qué es un angreal —agregó al percibir la expresión de Rand—. Bien.

Rand se inclinó hacia atrás de forma inconsciente, apartándose de ella y de aquel objeto. Pocas historias hacían mención de los angreal, aquellas reliquias de la Era de Leyenda que las Aes Sedai utilizaban para ejecutar sus mayores prodigios. Observó con estupor cómo desenvolvía una grácil figurilla de marfil que el tiempo había ido oscureciendo. Tenía una longitud no superior a la de su mano. Representaba una mujer ataviada con vaporosos vestidos, con una larga cabellera que le cubría la espalda.

—Hemos perdido la capacidad de producir tales sustancias —comentó—, al igual que otras tantas cosas que tal vez no logremos recuperar. Quedan tan pocas que la Sede Amyrlin estuvo a punto de prohibirme que me llevara ésta. No obstante, aun con ella, apenas puedo hacer más de lo que habría hecho sin ella ayer, y la infección es considerable. Ha tenido tiempo de extender su ponzoña.

—Vos podéis ayudarlo —afirmó con fervor Rand—. Sé que podéis.

Moraine esbozó una sonrisa, una mera curvatura en los labios.

—Veremos.

Después volvió a fijar su atención en Tam, dejando reposar una mano en su frente mientras retenía en el cuenco de la otra la figura de marfil. Con los ojos cerrados, su rostro adoptó un aire concentrado. Se hubiera dicho que apenas respiraba.

—Ese jinete del que hablabas —Lan retomó tranquilamente el hilo de la conversación—, aquel que te inspiró temor… era sin duda un Myrddraal.

—¡Un Myrddraal! —exclamó Rand—. Pero si los Fados tienen una estatura de más de cinco metros… —Sus palabras se interrumpieron ante la triste sonrisa del Guardián.

—En ocasiones, pastor, las historias magnifican las cosas, alejándolas de la realidad. Pero, puedes creerme, la realidad es lo suficientemente dura en lo que respecta a un Semihombre. Semihombre, Acechante, Fado, Hombre de las Sombras; el nombre depende de la región, pero todos hacen referencia a un Myrddraal.

»Los Fados son un derivado de los trollocs, casi un retroceso en la semejanza a la especie humana utilizada por los Señores del Espanto al crear a los trollocs. Casi, puesto que, si bien la apariencia humana ha adquirido mayor peso, lo mismo puede decirse de la degradación que impregna a los trollocs. Los Semihombres ostentan cierto tipo de poderes, que emanan del Oscuro.

»Únicamente la más débil de las Aes Sedai no alcanzaría a superar a un Semihombre en un enfrentamiento cara a cara, pero muchos y aguerridos hombres han sucumbido a ellos. Desde las guerras que pusieron fin a la Era de Leyenda, desde que los Renegados fueron recluidos, ellos han sido el cerebro que indica a los batallones de trollocs dónde deben atacar. En tiempos de las Guerras de los Trollocs, los Semihombres conducían a los trollocs a la batalla, bajo el mando de los Señores del Espanto.

—Me dio miedo —dijo quedamente Rand—. Sólo de mirarme y… Se estremeció.

—No es preciso avergonzarse, pastor. También me producen miedo a mí. He visto a hombres que han sido soldados durante toda su vida paralizarse como un pájaro a merced de una serpiente al encontrarse cara a cara con un Semihombre. En el norte, en las tierras fronterizas que lindan con la Gran Llaga, existe un dicho: «La mirada del Ser de Cuencas Vacías es la personificación del miedo».

—¿El Ser de Cuencas Vacías? —inquirió Rand. Lan asintió con la cabeza.

—El Myrddraal ve como un águila, tanto de día como de noche, pero no tiene ojos. Pocas cosas conozco que sean más peligrosas que un Myrddraal. En vano Moraine Sedai y yo intentamos varias veces acabar con el que estuvo aquí anoche, pero los Semihombres son partícipes de la propia buena suerte del Oscuro.

Rand tragó saliva.

—Un trolloc dijo que el Myrddraal quería hablar conmigo. No sabía qué significado darle.

Lan levantó bruscamente la cabeza, con una dureza en sus ojos azules similar a la de una piedra.

—¿Hablaste con un trolloc?

—No exactamente —balbució Rand, aprisionado por la mirada del Guardián—. Él me habló a mí. Dijo que no me haría ningún daño y que el Myrddraal quería hablar conmigo. Después intentó matarme. —Se mojó los labios, apretando con las manos el cuero de la empuñadura de la espada. Con frases breves y entrecortadas refirió su regreso a la granja—. …pero yo le di muerte —concluyó—. Fue en verdad algo accidental. Él saltó sobre mí y yo tenía la espada en la mano.

La expresión de Lan se suavizó levemente, si acaso puede decirse que las piedras pierden dureza.

—Aun así, es algo fuera de lo común, pastor. Hasta anoche pocos eran los hombres que viven al sur de las tierras fronterizas que pudieran decir que habían visto a un trolloc, y mucho menos que hubieran matado a uno.

—Y muchos menos aún que hubieran dado cuenta de un trolloc solos y sin ningún tipo de auxilio —añadió con fatiga Moraine—. He acabado, Rand. Lan, ayúdame a levantarme.

El Guardián se acercó diligentemente, pero Rand se le adelantó, precipitándose junto al lecho. Tam tenía la piel fresca y, sin embargo, su rostro se hallaba pálido y macilento, como si no hubiera estado en contacto con el sol durante largo tiempo. Los ojos permanecían cerrados, pero su respiración era regular.

—¿Se pondrá bien ahora? —preguntó ansioso Rand.

—Con reposo, sí —repuso Moraine—. Con unas cuantas semanas en la cama recobrará toda su fortaleza.

La Aes Sedai caminaba con paso inseguro, pese a apoyarse en el brazo de Lan. Éste apartó la capa y el bastón de la silla y la mujer se desplomó en ella con un suspiro. Entonces volvió a envolver con sumo cuidado el angreal y se lo llevó al bolsillo.

A Rand le temblaban los hombros y hubo de morderse los labios para contener la risa, mientras se enjugaba los ojos anegados de lágrimas.

—Gracias.

—En la Era de Leyenda —explicó Moraine—, algunas Aes Sedai podían despertar la llama de la vida con tal de que quedara el más mínimo rescoldo. No obstante, aquellos días pertenecen al pasado… Y tal vez no regresen nunca. Se perdieron tantas cosas; no solamente la elaboración de los angreal. Entonces eran capaces de realizar tantos prodigios que nosotros no osamos ni imaginar, y tantos otros de los que no hemos conservado la memoria. Ahora somos menos numerosas. Cierta clase de talento está extinguiéndose y lo que resta parece afectado de debilidad. En la actualidad es preciso que la voluntad y la fuerza confluyan para conseguir algo; de lo contrario, ni la más poderosa de nosotras logra efectuar una curación. Por fortuna tu padre es un hombre animoso, tanto en el aspecto físico como en el espiritual. Con todo, su lucha por la vida ha agotado buena parte de su vigor, aunque se repondrá con el que ha quedado en él. Eso llevará tiempo, pero la infección ha desaparecido.

—Nunca podré pagaros esto —le dijo sin apartar la vista de Tam—, pero haré por vos cuanto esté en mis manos. Cualquier cosa. —Recordó entonces haber hablado de precios y la promesa formulada. Arrodillado al lado de Tam, su disposición era más firme que nunca, pero todavía le resultaba difícil mirarla a los ojos—. Cualquier cosa. Siempre que no tenga malas consecuencias para el pueblo o para mis amigos.

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