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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Protestó para sí, disgustado por no haber cogido ningún alimento en la granja. Unos minutos de tardanza no hubieran modificado la situación. Unos minutos para buscar un poco de pan y queso. Los tróllocs no habrían regresado al cabo de unos minutos. O sólo el pan. Por supuesto, la señora al’Vere insistiría en traerle algo de comida caliente cuando llegaran a la posada, quizás un plato de ese espeso estofado de cordero que preparaba. Y un pedazo de aquel pan que había horneado. Y té caliente en cantidad.

—Saltaron la pared del Dragón como una avalancha —dijo de pronto Tam, con voz recia y airada— y bañaron la tierra de sangre. ¿Cuántos murieron a causa de los pecados de Laman?

Rand estuvo a punto de caer de la sorpresa. Dejó reposar cansinamente la litera en el suelo y se liberó de la banda de manta, que había marcado ardientes surcos en sus hombros. Se arrodilló junto a Tam y, tras buscar a tientas la cantimplora, escudriñó entre los árboles, tratando en vano de percibir algo en la penumbra del camino que se encontraba a menos de veinte pasos de distancia. Nada se agitaba allí. Nada fuera de las sombras.

—No hay ninguna avalancha de trollocs, padre. No por ahora, al menos. Pronto estaremos a buen recaudo en el Campo de Emond. Bebe un poco de agua. Tam apartó a un lado la cantimplora con un brazo que parecía haber recuperado toda su fortaleza. Después agarró a Rand por el cuello y lo acercó tanto a sí que el muchacho sentía el calor de la fiebre de su padre en las mejillas.

—Los llamaron salvajes —exclamó Tam con apremio—. Los muy estúpidos decían que podían barrerlos como si fueran basura. ¡Cuántas batallas perdidas! ¡Cuántas ciudades quemadas, hasta que afrontaron la realidad, hasta que las naciones se unieron para combatirlos! —Soltó a Rand, al tiempo que su voz se impregnaba de tristeza—. El campo de Marath cubierto de una alfombra de cadáveres y ningún sonido aparte del graznido de los cuervos y el aleteo de las moscas. Las abatidas torres de Caithien ardiendo en mitad de la noche como antorchas. Todo el trecho hasta las Murallas Resplandecientes continuaron prendiendo fuego y asesinando hasta ser detenidos. Todo el trecho…

Rand tapó la boca a su padre con la mano. Volvía a escuchar aquel sonido, un choque rítmico, impreciso en la arboleda, que se desvanecía y volvía a ganar intensidad al soplar el viento. Con el rostro ceñudo, volvió la cabeza con lentitud intentando dilucidar de dónde provenía. Advirtió de soslayo un amago de movimiento y, al instante, se hallaba agazapado al lado de Tam. Se asombró al descubrir su mano cerrada con firmeza sobre la empuñadura de la espada, pero puso casi toda la atención en el Camino de la Cantera, como si aquel sendero fuera la única cosa vital en el mundo.

Del lado este, unas sombras ondulantes se materializaron en un caballo y un jinete seguidos por unas formas altas y abultadas que avanzaban al trote pata conformar su paso al del animal. La pálida luz de la luna destellaba en las puntas de las lanzas y las hojas de las hachas. Rand ni siquiera consideró la posibilidad de que fueran lugareños que acudían en su ayuda. Sabía qué eran. Lo sentía, como una arenisca que raspara la osamenta, incluso antes de que se acercaran lo suficiente para que la luna revelase la capa con capucha que envolvía al jinete, una capa que pendía inmóvil, impasible ante el impulso del viento. Todos los bultos parecían negros en la noche y las herraduras del caballo producían igual sonido que las otras monturas, pero Rand era capaz de reconocer aquel caballo entre un millar.

Tras el siniestro jinete caminaban horribles seres provistos de cuernos, hocicos y picos: eran trollocs que marchaban en doble fila, con sus botas o sus pezuñas que golpeaban el suelo al unísono, como si obedecieran a un mismo designio. Rand contó veinte al pasar. Se preguntó qué tipo de hombre osaría dar la espalda a tantos trollocs. O a uno solo, daba igual.

La columna desapareció por el oeste mientras se amortiguaba el sonido de sus pasos; sin embargo, Rand permaneció donde estaba, sin mover ni un músculo, excepto para respirar. Algo le decía que debía estar seguro, totalmente seguro de que se habían ido, antes de proseguir. Por fin inhaló profundamente y se dispuso a levantarse.

Aquella vez el caballo no hizo ningún ruido. En medio del más absoluto silencio, el oscuro jinete regresó, deteniendo su fantasmagórica montura a cada metro, mientras retrocedía lentamente por la carretera. El viento arreciaba sus rachas, aullando entre los árboles; no obstante, la capa del jinete conservaba su pétrea inmovilidad. Cuando el caballo se paraba, la cabeza encapuchada oscilaba de un lado a otro, al tiempo que el jinete escrutaba el bosque. El caballo se detuvo de nuevo, exactamente frente a Rand, y la indistinguible apertura de la capucha se volvió hacia donde estaba agazapado.

Rand aferraba convulsivamente el puño de la espada. Volvió a sentir aquella mirada, la misma que la de aquella mañana, y se estremeció de nuevo al captar el odio, aun cuando no pudiera verlo. Aquel hombre misterioso odiaba a todos los seres por igual, a todo ser viviente. A pesar del frío viento, el sudor perlaba la cara de Rand.

Entonces el caballo volvió a caminar, unos pocos pasos silenciosos, y a detenerse alternativamente hasta que Rand únicamente alcanzó a ver una mancha borrosa en la noche que se alejaba por el camino. Podría haber sido cualquier cosa, pero no había despegado los ojos de ella ni por espacio de una fracción de segundo. Si la perdía, temía que la próxima vez que viera al jinete de capa negra, su lúgubre montura se echaría encima de él.

De improviso, la sombra retrocedió de nuevo y se alejó al galope. El jinete miraba hacia adelante mientras se precipitaba en la noche en dirección oeste, hacia las Montañas de la Niebla. Hacia la granja.

Rand jadeó sin resuello, secándose el frío sudor del rostro con la manga. Ya no le interesaba averiguar la causa del ataque de los trollocs. No le importaría no llegar a conocer nunca el motivo, con tal de no volverlos a ver.

Después de recobrar aliento, se apresuró a observar a su padre, que aún murmuraba, aunque tan bajo que Rand no podía entender las palabras. Intentó hacerlo beber, pero el agua se le derramó por la barbilla. Tam se atragantó con el hilillo de líquido que le había entrado en la boca y tras un acceso de tos continuó susurrando como si no hubiera habido interrupción alguna.

Rand empapó otra vez el paño que cubría la frente de Tam, dejó la cantimplora en la camilla y se deslizó entre los varales.

Reemprendió camino como si hubiera disfrutado de un sueño reparador, pero aquel nuevo vigor lo abandonó pronto. Al principio el miedo disimulaba la fatiga pero, si bien éste persistía, el cansancio iba ganando terreno. Al poco rato se tambaleaba de nuevo, mientras intentaba olvidar el hambre y el dolor que oprimía sus músculos. Concentró la atención en apoyar un pie delante del otro sin tropezar.

Imaginó el Campo de Emond, con los postigos abiertos y las casas iluminadas con ocasión de la Noche de Invierno mientras la gente intercambiaba saludos al cruzarse de ida y regreso de sus visitas, y los violines interpretando las melodías de El desatino de Jaem y La garza en el ala. Haral Luhhan se tomaría demasiadas copas de licor y se pondría a cantar El viento en la cebada con voz destemplada —cada año hacía lo mismo—hasta que su mujer lograra acallarlo, Cenn Buie querría demostrar que bailaba tan bien como siempre, y Mat habría tramado algo que no saldría como había planeado y todo el mundo sabría que había sido él el responsable aunque nadie tuviera pruebas de ello. Esbozó una sonrisa al anticipar todo aquello.

Al cabo de un momento, Tam volvió a hablar.

—Avendesora. Dicen que no produce semillas, pero llevaron un brote a Cairhien, un árbol joven. Un maravilloso regalo para el rey. —Aunque parecía enfadado, su voz era apenas lo bastante alta para que Rand pudiera comprenderlo. Cualquiera que fuese capaz de oírlo, oiría también el roce de la litera sobre el suelo. Rand prosiguió, sin prestarle demasiada atención—. Nunca hacen las paces. Nunca. Pero trajeron un arbolito como señal de paz. Creció durante cien años, un siglo de paz con aquellos que nunca firman la paz con forasteros. ¿Por qué tuvo que cortarlo? ¿Por qué? La sangre fue el precio pagado por Avendoraldera. La sangre fue el precio pagado por el orgullo de Laman. —Sus palabras volvieron a convertirse en un murmullo.

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