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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Corriendo con los brazos llenos de vendas hechas con sábanas, Egwene miró a su alrededor sin aminorar el paso. Sus ojos observaban algo en la lejanía; las profundas ojeras que los circundaban los hacían parecer aún mayores de lo que eran en realidad. Entonces advirtió a Rand y se detuvo, exhalando un estremecedor suspiro.

—Oh, no, Rand, ¿no será tu padre? ¿Está…? Ven, te llevaré hasta Nynaeve. Rand se hallaba demasiado fatigado, demasiado estupefacto para hablar. Durante toda la noche el Campo de Emond había representado un refugio, un lugar donde él y Tam estarían a salvo. De todo cuanto parecía ser capaz ahora era de mirar con consternación su vestido ensuciado por el humo. Los botones de la parte posterior del vestido estaban mal abrochados, y tenía las manos limpias. Se preguntó por qué razón tenía las manos limpias cuando las mejillas estaban tiznadas.

Maese Luhhan pareció comprender el estado en que se encontraba. Tras depositar el hacha entre los varales, el herrero levantó la parte trasera de las parihuelas y empujó con suavidad, incitándolo a avanzar en pos de Egwene. Rand la siguió con torpeza, como si caminara dormido. De un modo vago, se extrañó de que maese Luhhan supiera que aquellas criaturas eran trollocs, pero aquél fue un pensamiento fugaz. Si Tam podía reconocerlos, posiblemente también podía hacerlo maese Luhhan.

—Todas las historias son reales —murmuró.

—Eso parece, muchacho —dijo el herrero—. Eso parece.

Rand apenas lo escuchó dado que todos sus esfuerzos se concentraban en seguir la esbelta silueta de Egwene. Había recuperado suficientes ánimos como para desear que fuera más deprisa, aun cuando en realidad ella ajustaba su paso a la marcha que podían mantener ellos con la carga. Los condujo a mitad de camino del Prado, a la casa de los Calder. Los aleros de paja estaban ennegrecidos y la cal de las paredes manchadas de hollín. De las casas contiguas únicamente quedaban los cimientos y dos pilas de cenizas y vigas requemadas. Una de ellas había sido el hogar de Berin Thane, uno de los hermanos del molinero, y la otra la morada de Abell Cauthon, el padre de Mat. Ni siquiera las chimeneas habían resistido al fuego.

—Esperad aquí —indicó Egwene.

Los miró como si aguardara una respuesta, pero, al ver que ambos permanecían en silencio, murmuró algo entre dientes y se precipitó en el interior.

—Mat —dijo Rand—. ¿Está…?

—Está vivo —respondió el herrero, antes de depositar el extremo de la camilla y enderezarse—. Lo he visto hace un rato. Es un milagro que hayamos salidos con vida de ésta. De la manera como irrumpieron en mi casa y en la herrería, se hubiera dicho que tenía oro y joyas dentro. Alsbet le ha abierto la cabeza a uno con una sartén y, después de echar un vistazo a las cenizas de nuestra casa, esta mañana, se ha ido a rondar por el pueblo con el martillo más grande que ha encontrado entre los restos de la forja, por si acaso alguno se había quedado escondido en lugar de huir. Casi podría apiadarme de la criatura, en caso de que tope con alguna. —Hizo un ademán en dirección a la morada de los Calder—. La señora Calder y algunos más han albergado a los heridos y a los que se han quedado sin hogar. Cuando la Zahorí haya examinado a Tam, buscaremos una cama disponible, en la posada tal vez. El alcalde ya la ha ofrecido, pero Nynaeve ha dicho que los heridos sanarían mejor si no estuvieran tan hacinados.

Rand se hincó de rodillas y, tras liberarse del arnés improvisado con la manta, comprobó con fatiga si Tam estaba bien tapado. Éste no se movió ni exhaló ningún sonido, incluso con el contacto de las rígidas manos de Rand. «Mi padre. El otro solamente hablaba bajo el influjo de la fiebre».

—¿Qué ocurrirá si vuelven? —preguntó.

—La Rueda gira según sus propios designios —repuso maese Luhhan con inquietud—. Si vuelven… Bueno, por el momento se han marchado. De modo que recogeremos los pedazos y reconstruiremos lo destruido.

Suspiró; sus facciones se relajaron al tiempo que se golpeaba la espalda con los nudillos. Por primera vez, Rand advirtió que el corpulento hombre se encontraba tan fatigado como él mismo, si no más. El herrero contempló el pueblo y sacudió la cabeza.

—No creo que hoy sea un día de Bel Tine como los otros —dijo—. Sin embargo, saldremos adelante. Siempre hemos salido adelante. —Tocó el hacha con ademán resuelto—. Me espera mucho trabajo. No te preocupes, muchacho. La Zahorí se ocupará de él, y la Luz cuidará de todos nosotros. Y, si la Luz no interviene, nos las arreglaremos solos. Recuerda que somos gente de Dos Ríos. Mientras el herrero se alejaba, Rand, todavía de rodillas, observó el pueblo reparando en él por primera vez. Maese Luhhan estaba en lo cierto, pensó y le sorprendió no asombrarse de lo que sus ojos veían. La gente todavía rebuscaba entre las ruinas de sus casas, pero, aun en el corto período de tiempo que él había permanecido allí, la mayoría había comenzado a reaccionar con diligencia. Casi podía percibir una creciente decisión en sus movimientos. No obstante se preguntaba si habían visto a los trolloc; y al jinete de la capa negra. ¿Habían sentido el odio que lo impregnaba?

Al salir Nynaeve y Egwene de casa de los Calder, se incorporó y trató de ponerse en pie, y a punto estuvo de caer a causa de la debilidad.

La Zahorí se arrodilló junto a la camilla sin dedicarle ni una sola ojeada. Tenía la cara y el vestido aún más sucios que Egwene y los ojos ensombrecidos por las mismas ojeras, si bien sus manos estaban igual de limpias. Tocó la cara de Tam y le abrió los ojos con el pulgar. Con la preocupación pintada en el rostro, apartó las mantas y aflojó el vendaje para examinar la herida. Antes de que Rand alcanzara a ver lo que había debajo, ya había repuesto la tela. Con un suspiro, volvió a tapar con suavidad a Tam, como si acostara a un niño.

—No hay nada que yo pueda hacer —dijo. Hubo de llevarse las manos a la rodilla para enderezarse—. Lo siento, Rand.

Por un momento, permaneció inmóvil, sin comprender, mientras ella se disponía a regresar a la casa. Después se acercó a trompicones y la tomó del brazo para hacerla girar.

—¡Está muriéndose! —gritó.

—Lo sé —repuso simplemente Nynaeve.

Rand dejó caer los hombros ante el peso de la cruda realidad.

—Debes hacer algo. Tienes que hacerlo. Eres la Zahorí.

El dolor nubló el rostro de la joven por un instante; luego sus ojos adoptaron la dureza anterior y la voz sonó con igual firmeza.

—Sí, lo soy. Sé lo que puedo hacer con mis medicinas y sé cuándo es demasiado tarde. ¿Crees que no haría algo si estuviera en mis manos? Pero no puedo. No puedo, Rand. Y hay otros que me necesitan, gente a la que puedo ayudar.

—Lo he traído con la mayor rapidez posible —musitó.

Aun con el pueblo en ruinas, la idea de la Zahorí había mantenido encendida su esperanza. Desaparecida ésta, sólo le quedaba el vacío.

—Ya sé que lo has hecho —repuso, y le tocó con ternura la mejilla—. No es culpa tuya. Has actuado lo mejor que has podido. Lo siento, Rand, pero he de atender a los demás. Me temo que nuestros problemas no han hecho más que comenzar.

La siguió con la mirada perdida hasta cerrarse la puerta de la casa tras ella. Era incapaz de pensar en nada, excepto en que ella no iba a prestarle su ayuda. De improviso retrocedió un paso, al arrojarse Egwene contra él, rodeándolo con los brazos. En otra ocasión aquel abrazo lo hubiera hecho saltar de alborozo; ahora se limitó a mirar en silencio la puerta detrás de la cual se habían desvanecido sus esperanzas.

—Lo siento tanto, Rand —dijo la muchacha, con el rostro apoyado en su pecho—. Oh, Luz, desearía poder hacer algo. —La rodeó con sus brazos entumecidos.

—Lo sé. Yo…, yo tengo que hacer, Egwene. No sé qué, pero no puedo dejarlo así… —Se le quebró la voz y Egwene estrechó su abrazo.

—¡Egwene! —El grito de Nynaeve le produjo un sobresalto—. ¡Egwene ven enseguida! ¡Y lávate otra vez las manos!

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